Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecario

De gentes y fotos perdidas

Crónicas galapagueñas (II)


 

[El trabajo bibliotecario no se limita a la aplicación de técnicas, la puesta en marcha de servicios o el debate de ideas. Hay una dimensión humana, personal, mucho más básica (y, por eso mismo, mucho más importante) y que es ignorada sistemáticamente. Precisamente el texto de esta entrada corresponde a una selección de crónicas del autor en las que recoge algunos de los pequeños detalles cotidianos que componen su experiencia de vida personal en isla Santa Cruz (islas Galápagos), donde trabaja como bibliotecario].

 

Fotos perdidas

[Viernes, 18 de mayo]

 

Acá en Puerto Ayora son incontables, las fotos perdidas.

Así llamo a esas imágenes —potenciales fotos perfectas— que me encuentro justo cuando no llevo ni cámara ni ningún artilugio equivalente encima (léase "teléfono móvil"), o esos momentos fugaces en los que no me vale ni siquiera la pena echar mano de la cámara, aunque la lleve conmigo: sé que no me dará tiempo de tomar la fotografía.

Como digo, son incontables.

Un par de barcas de madera, dadas vuelta en el patio de una casa, bajo la sombra de unos papayos, iluminadas por los rayos tiernos de un sol recién nacido. Las tablas estuvieron pintadas de azul vivo en algún momento, pero el tiempo se ha ido comiendo el color, y el clima ha ido convirtiendo el material en un manojo de astillas. Sobre una ellas, una mama gata de tres colores —blanco, caramelo y negro— da de mamar a dos cachorritos...

Una pared de piedra con paneles de cañas de bambú aplastadas. En esa pared, una puerta, de madera, cubierta con varias manos de pintura plástica de un verde tirando a oscuro. La puerta está abierta, dejando ver un patio de tierra y dos bancos de madera. Y justo en el quicio de la puerta, tan en el medio que podría jurarse que está colocada con regla, una enorme lagartija de lava mira hacia afuera. Parece que alguien hubiese llamado y el reptil hubiera salido a atender.

Otra puerta, esta de barras de metal trenzadas con cierto buen gusto. Un día estuvo pintada de rojo, pero el bermejo que la cubre ahora es de pura herrumbre. Atado a los fierros oxidados hay un cartel, escrito a mano en un folio colocado dentro de una funda plástica y asegurado con fino cable eléctrico verde. Es un clásico cave canem: "Cuidado, perro bravo". Exactamente debajo, asomado a la calle, mirando la gente pasar para matar el comprensible aburrimiento de mascota en pueblo chico, hay un cachorrito todo despeinado —¿el hijo del can bravo, el aprendiz, el pasante en prácticas?— con dos ojitos que parecen dos goterones de melaza y una terrible cara de no ser capaz siquiera de chumbar.

Fotos perdidas, sí. Aunque no tan perdidas. Quedaron grabadas en mis retinas. Tanto como para ser capaz de describirlas aquí, con palabras. Y, ahora que lo pienso, capaz que sea el mejor destino que esos momentos puedan tener.

 

* * *

 

La fauna humana

[Jueves, 7 de junio]

 

Salgo de casa y recorro las dos cuadras que me separan de la farmacia. Tengo que comprar un jarabe expectorante: el catarro que me acabo de pescar, amén de hacerme doler la garganta de forma inmisericorde, ya me está haciendo picar el pecho y escupir flema. No pinta bien, y prefiero atajarlo, si tal cosa es posible.

Apenas doy vuelta la esquina, dejo el almorzadero de mi cuadra atrás —un par de mujeres están trabajando allá adentro, en la cocina, seguramente preparando el menú del día siguiente— y paso por el salón de una casa, abierto de par en par. Hay un montón de sillas de plástico ordenadas frente a una televisión; sobre esta, un cartel que va de pared a pared y dice "Felicidades, mamita". Sentado entre tanta silla, blanca, de plástico, un niño de unos 8 años, de traje y corbata, parece aburrirse solemnemente esperando el acto principal, que, con semejante disposición de elementos, no puedo imaginar siquiera cual puede llegar a ser.

Más allá, a media cuadra, unos hombres bajan sacos de arpillera de 20 kilos de hielo molido, y cajas de pescado fresco, albacoras y wahoos y peces brujos. Descargan todo en una casa con el patio del frente poblado de enormes heladeras portátiles, de telgopor y plástico y metro y medio de largo, que una mujer va llenando primero de hielo y luego de pescado.

Compro el jarabe, que no necesita receta, me dará un buen resultado —eso me indica la farmacéutica— y me costó diez dólares nada más. En la ruta de vuelta, los hombres siguen descargando pescado y el niño sigue esperando el misterioso evento. Y cuando paso frente a la panadería, una niña pregunta desde la puerta que cuánto cuesta el agua, y la panadera le responde desde dentro que un dólar, y la niña replica si no se la puede dejar a noventa céntimos, porque es todo lo que lleva. La niña no tendrá ni ocho años.

Llego a casa, pensando que el que vino a Galápagos a estudiar los animales se equivocó de objeto de investigación. Lo mejorcito, lo más jugoso, está en los seres bípedos que llenan de ruidos este rincón del mundo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 09.10.2018.

Foto: Detalle de mural en Puerto Ayora, isla Santa Cruz, islas Galápagos, por Edgardo Civallero.

 


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