Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Palabras ancladas 11

Cuentos tradicionales de Japón

Palabras ancladas (XI)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 11" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 12, nº 54, enero-febrero de 2018). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Desde 1635, con la promulgación del "edicto de cierre" (sakoku-rei) de Tokugawa Iemitsu, entonces líder del bakufu o shogunato Tokugawa, Japón cerró sus puertas a la creciente presencia e influencia de los exploradores, conquistadores y mercaderes occidentales. Los comerciantes de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales eran de los pocos europeos que podían acercarse a sus costas —a través de una isla artificial, Dejima, ubicada en el puerto de Nagasaki— y eso, bajo fuertes restricciones.

Llamada sakoku ("país cerrado"), esta línea de acción fue una de las políticas más significativas de los Tokugawa y de la época en la que ese clan gobernó: el periodo Edo (1603-1868).

La tendencia aislacionista se fue incrementando progresivamente, pero también lo hizo el interés de los extranjeros por Japón, lo cual produjo una enorme tensión dentro del shogunato: si bien sus mandatarios querían mantener el aislamiento, no contaban con el suficiente poder militar como para defenderlo en caso de amenaza o de invasión.

La llegada a las costas japonesas, en julio de 1853, de la potente armada del Comodoro estadounidense Matthew C. Perry, con fines intimidatorios, empujó al shogun Tokugawa Ieyoshi a firmar, en 1854, la Convención de Kanagawa: el primer tratado entre Japón y EE.UU., que abría a los norteamericanos los puertos de Shimoda y Hakodate. A ese tratado siguieron otros con el resto de las grandes potencias de Occidente.

Comenzó así el periodo conocido como kaikoku ("país abierto"), que se afianzó a partir de la Restauración Meiji (1868).

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Desde el inicio del periodo Meiji hasta el del periodo Showa (es decir, en pleno proceso de kaikoku) se publicaron traducciones a idiomas europeos, ilustradas, de leyendas tradicionales y narraciones populares japonesas. Originalmente, esos textos fueron pensados para que los locales tuvieran una mayor exposición a las lenguas foráneas en un contexto de "apertura al mundo". Sin embargo, los libros terminaron convirtiéndose en meros omiyage, suvenires para visitantes extranjeros, o, con suerte, en productos de exportación.

La idea de publicar cuentos tradicionales ilustrados no era nueva. Al menos desde inicios del periodo Edo (1603) y hasta principios de la era Meiji se imprimieron numerosas kusazōshi, obras de géneros literarios variados —casi siempre dentro del ámbito de la ficción— profusamente ilustradas con xilografías. Entre ellas se contaban los akahon (literalmente, "libro rojo", por el color de su cubierta principal), de literatura infantil, que tuvieron su época dorada antes de 1775.

Uno de esos akahon fue una versión resumida de una historia muy popular del periodo Muromachi (1336-1573), titulada Hachikazuki hime ("La joven que porta un cuenco en la cabeza") o simplemente Hachikazuki ("La que lleva un cuenco en la cabeza").

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Un hombre rico vivía en la provincia de Kawachi (actual prefectura de Osaka). Sus plegarias y las de su esposa, que pedían hijos a Kannon —la deidad budista de la misericordia— en el famoso templo de Hase-dera o Hase-Kannon de Kamakura, tuvieron respuesta en el nacimiento de una niña, que creció hasta convertirse en una hermosa muchacha. Al cumplir 13 años, su madre, gravemente enferma, le colocó una caja sobre la cabeza y la cubrió con un cuenco invertido, que quedó mágicamente adherido (de ahí el nombre que recibió la protagonista). Tras la muerte de su progenitora, su padre volvió a casarse, y Hachikazuki fue forzada por su celosa madrastra a abandonar su propia casa. Decidida a acabar con su vida, se arrojó al agua, pero el cuenco en su cabeza evitó que se ahogara. Fue rescatada por un noble, y ambos acordaron que trabajaría como su sirvienta, manteniendo el fuego en su casa de baños. El hijo menor de ese noble, Saishō, se enamoró de la muchacha y le propuso matrimonio, a pesar de su particular "problema". La fuerza de ese amor hizo caer el cuenco, revelando la belleza de Hachikazuki... y el contenido de la caja, que estaba llena de tesoros. La historia termina con la boda de la chica y el emotivo reencuentro con su padre en el templo de Hase-Kannon.

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Las versiones de historias tradicionales japonesas escritas en lenguas europeas comenzaron a aparecer en 1871, cuando el diplomático británico Algernon Freeman-Mitford, barón de Redesdale, tradujo al inglés 9 cuentos clásicos nipones; le siguió un oftalmólogo austríaco, Ferdinand A. Junker von Langegg, que hizo lo propio volcando al alemán 31 cuentos, y el periodista greco-irlandés Lafcadio Hearn, que recogió historias de fantasmas (kwaidan) de la tradición oral (que más tarde compilaría en un único volumen, titulado precisamente Kwaidan). Al mismo tiempo, el naturalista británico Richard Gordon Smith y el escritor checo Jan Havlasa viajaron por Japón recogiendo tradición oral.

Sin embargo, sería un japonés, Hasegawa Takejirō, el que popularizaría las traducciones (y un formato, el chirimen-bon) cuando comenzó a publicar su serie Nihon no mukashibanashi / Japanese Fairy Tales en 1885.

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Nacido en 1853, Hasegawa Takejirō fue un editor innovador y visionario que se especializó en un tipo concreto de publicaciones: libros en idiomas europeos sobre temas japoneses. Empleó a residentes extranjeros como traductores y a notables artistas locales como ilustradores, y se convirtió en el principal proveedor de volúmenes para extranjeros y for export en Japón. Entre 1885 y 1889 publicó bajo el sello Kobunsha; luego lo hizo con su propio nombre.

En 1885 lanzó los 6 primeros volúmenes de su serie sobre cuentos tradicionales, empleando al misionero presbiteriano estadounidense David Thomson como traductor. El segundo título de dicha serie fue Shita-kiri Suzume: "El gorrión de la lengua cortada".

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Una anciana odiosa que lavaba la ropa vio como el almidón que usaba para la tarea era comido por el gorrión que sus vecinos criaban como mascota. Atrapándolo, le cortó la lengua y lo echó a las montañas. Preocupados, sus cuidadores (una pareja de ancianos) lo buscaron hasta dar con él en la "posada de los gorriones", en donde fueron cálidamente bienvenidos por la comunidad alada. Antes de partir de allí les hicieron elegir entre dos obsequios omiyage: una canasta grande y una pequeña. Los ancianos eligieron la pequeña, más fácil de cargar. Al llegar a casa encontraron tesoros dentro. La vecina, al descubrir el secreto de la riqueza ajena, fue a ver al gorrión, que le propuso la misma elección; la canasta grande que tomó la malvada mujer estaba llena de demonios, que la hicieron pedazos.

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Dado que la tanda inicial reportó buenos beneficios económicos, Hasegawa fue sumando nuevos títulos, y buscó la colaboración de traductores renombrados, como el estadounidense James Curtis Hepburn, el inglés Basil Hall Chamberlain, o el ya mencionado Lafcadio Hearn. Los libros fueron ilustrados por el pintor de ukiyo-e Kobayashi Eitaku hasta su muerte en 1890; la tarea sería continuada luego por otros artistas igualmente talentosos.

Para 1903 la colección contaba con 28 volúmenes organizados en dos series; algunos de los últimos libros no reproducían cuentos tradicionales, sino creaciones originales o fusiones de varias historias populares.

Las traducciones (generalmente al inglés, aunque también las hubo al francés, al alemán, al español y al portugués) fueron publicadas en varios formatos. Probablemente uno de los más utilizados fue una creación del propio Hasegawa: el chirimen-bon o "libro de papel crepé". Las hojas de papel washi, una vez impresas mediante xilografía, se arrugaban hasta que adquirían una textura similar a la tela y se encuadernaban luego usando el tradicional sistema watoji, aún hoy conocido como "encuadernación japonesa".

El cuarto título de la serie, publicado en 1885, fue un chirimen-bon titulado Hanasaki Jiijii (o Jiisan) y traducido como "El viejo que hacía florecer los árboles muertos".

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Una pareja de ancianos tenía un perro como mascota. Una vez, al cavar en un lugar indicado insistentemente por el animal, encontraron una fortuna en monedas de oro. Sus avariciosos vecinos, al presenciar el hecho, pidieron prestado el perro, y lo forzaron a buscar otro sitio similar, pero cuando cavaron solo hallaron porquerías. Los vecinos se enfadaron, mataron al perro y lo enterraron bajo un pino. El árbol creció fuerte, y el anciano usó su madera para hacer un mortero; cuando molía cebada en él, los granos se multiplicaban mágicamente. Cuando los vecinos de marras vieron el milagro, pidieron prestado el mortero, pero lo único que obtuvieron fueron granos partidos y comidos por los gusanos. Llenos de rabia, hicieron pedazos el artefacto y usaron las astillas como leña para el fuego. Cuando el anciano esparció las cenizas del mortero sobre varios árboles muertos, estos florecieron, y fue por ello recompensado por el príncipe del país. Cuando los vecinos envidiosos hicieron lo propio, llenaron de cenizas los ojos del noble, y recibieron una golpiza.

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Además de las fábulas y las leyendas, Hasegawa imprimió otros materiales, particularmente dirigidos al público extranjero. Algunos, como sus calendarios con versos humorísticos, fueron efímeros. Pero otros tuvieron mayor recorrido. Buenos ejemplos fueron sus traducciones de poesía japonesa, incluyendo la serie Sword and Blossom: Poems from Japan ("Espada y flor: Poemas de Japón", 1907-1910), y libros ilustrados sobre la vida cotidiana y las costumbres niponas, como Japanese Pictures of Japanese Life ("Imágenes japonesas de la vida japonesa", 1895).

Las publicaciones de Hasegawa no jugaron, a la postre, un rol demasiado importante en el aprendizaje de lenguas extranjeras en Japón. Sin embargo, sí permitieron que aquella nación —que se abría a la comunidad internacional tras más de dos siglos de aislamiento— fuera un poco mejor conocida más allá de sus fronteras y allende los mares. Y que su tradición oral, sus leyendas y fábulas y su literatura popular llamaran poderosamente la atención y ocuparan el lugar que les correspondía en las estanterías del patrimonio intangible mundial.

El interés que provocan las fábulas y narraciones tradicionales japonesas no ha desaparecido: una reciente serie de dibujos animados (Manga Nihon Mukashi Bakashi, "Viejas leyendas japonesas"), emitida a nivel internacional, alcanzó los 1400 episodios unitarios. Y los libros, recopilaciones y traducciones que las recogen, sobre todo si están ilustrados, no dejan de venderse.

 

Referencias

Ashliman, D. L. (2008). The Tongue-Cut Sparrow. University of Pittsburgh. [En línea].

Chigusa, Steven (1977). Hachikazuki. A Muromachi Short Story. Monumenta Nipponica, 32 (3), Autumn, pp. 303-331.

Dix, Monika (2009). Hachikazuki: Revealing Kannon's Crowning Compassion in Muromachi Fiction. Japanese Journal of Religious Studies, 36 (2), pp. 279-294.

Guth, Christine M. E. (2008). Hasegawa's fairy tales. Toying with Japan. RES / Anthropology and aesthetics, 53-54, Spring, pp. 266-281.

Languagehat (2010). Chirimen-bon. [En línea].

Lebedová, Elishka (2016). The Opening of Japan. West Bohemian Historical Review, 6 (1), pp. 31-55. [En línea].

National Diet Library (2012). Folktales and Chirimen Bon. Children Books Going Overseas from Japan (Exhibition) . [En línea].

World Digital Library (2018). The Bowl-Bearer Princess. [En línea].

World Digital Library (2018). The Old Man Who Made the Dead Trees Blossom. [En línea].

World Digital Library (2018). The Tongue-Cut Sparrow. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 10.07.2018.

Foto: Manuscrito de The Bowl-bearer Princess. En World Digital Library (enlace).

El texto corresponde al artículo "Cuentos tradicionales del Japón", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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