Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecario

Bibliotecas y compromiso social en América Latina

Conferencias en Perú 2018


 

[Contenidos de la conferencia "Bibliotecas y compromiso social en América Latina", desarrollada en Lima el 30 de mayo de 2018, en el marco del VII Seminario Internacional de Bibliotecología e Información SIBI 2018].

 

El escenario no podría ser más sencillo: varias esteras de caña trenzada que ofician de paredes, un piso de tierra apisonada —a veces es arena suelta— y un techo, cuando lo hay, también de caña, o de paja, o de chapa de cinc, de esas onduladas. Sobre una de las esteras-pared se tienden un par de sogas, y de esas sogas, casi como ocurría con los "pliegos de cordel" en la España medieval, se cuelgan libros. Libros infantiles, para ser más exactos.

Y de esos libros se cuelgan niños.

Son niños morenos de Abya Yala, pero muy bien podría ser cualquier otro niño de cualquier otro rincón del mundo. Es una biblioteca, y funciona en Perú. Más concretamente, en el asentamiento La Victoria, en Huarmey. La unidad emplea una de las formas de construcción tradicional de viviendas (habitaciones precarias, pero viviendas al fin) en América Latina, y replica así los lugares en donde más que probablemente viven sus pequeños usuarios.

La de Huarmey es una de las muchas miles de unidades de información de América Latina que no se ajustan a la definición más ortodoxa de "biblioteca". No pocos diccionarios y manuales dudarían en ubicarlas dentro de esa categoría. Y sin embargo, lo es. En ella, y en muchas otras, se inculca el amor por la lectura, se (de)muestra el poder de la información, se reúnen memorias, y se abren ventanas hacia esos mundos que quedan más allá de los muros...

...si es que la biblioteca tiene muros. Porque muchas de ellas no son más que libros y revistas metidas en cajones de fruta, mochilas, bolsas de arpillera y alforjas de cuero, que recorren caminos a bordo de bicicletas, de carros o incluso de burros. O que viajan a bordo de lanchas y canoas. O en autobuses. Y así van, de de pueblo en pueblo, de puesto en puesto, de comunidad en comunidad.

Aquellas bibliotecas que sí cuentan con muros —aquellas que han sabido echar raíces en un punto geográfico determinado— no tienen porqué tenerlos enteros. Ni firmes. No son pocas las bibliotecas con estantes un poco torcidos que se aferran heroicamente a una carcomida medianera de adobe, ni las que luchan contra la humedad que las insistentes lluvias de las tierras bajas quieren colar entre las páginas de los volúmenes que albergan.

Hay bibliotecas en ranchos con paredes hechas de palos amarrados con sogas y alambres, cubiertos con techos de palma, de paja brava o de calamina. Las hay con muros de chapa y de bambú, como la biblioteca rural infantil de la comunidad Lomas de Guadalupe, en Matagalpa (Nicaragua). O de tablones de madera, como la de Cangrejal de Acosta, en San José (Costa Rica).

Todas esas bibliotecas se ajustan a una definición muy poco convencional, y por eso probablemente mucho más atractiva, de lo que es una biblioteca: un espacio, físico o virtual, en el que una persona se encuentra, sin mediador alguno (pero con la ayuda de un grupo profesional, los bibliotecarios), con un fragmento de conocimiento. Ese fragmento puede estar contenido en un soporte físico —llámese libro, CD o como sea— o en algo menos palpable, como la memoria de un narrador. Y el encuentro puede producirse por muchísimos motivos, y persiguiendo distintos fines: desde el aprendizaje o la capacitación hasta el puro y simple ocio.

Dado que esta conjunción puede producirse en cualquier parte, hubo, hay y habrá bibliotecas en lugares que, desde ciertas perspectivas, pueden resultar curiosos e inesperados. En América Latina —pero no únicamente— esos espacios asumen numerosas apariencias. No solo puede haber una biblioteca en una universidad, alimentada por varias decenas de miles de volúmenes catalogados y clasificados cuidadosamente, y con servicios apoyados por tecnología de última generación. También en una escuela suburbana, por ejemplo, entre estantes habitados por un puñado de manuales y cuentos bien gastados. O en una comunidad campesina, a la cual las cajas de revistas y novelas llegan en camión, en avión o en canoa, tras varios días de viaje. O en el interior de un autobús, de un tren o de un barco. O en una cantina de cualquier pequeña localidad, con libros de todo tipo que saltan a las mesas desde mochilas y maletas. O en una playa, o en una estación de metro, o en un mercado, allí donde alguien estacionó una bicicleta que arrastra un carro cargado de cuentos.

O en un patio en el que un anciano cuenta a una audiencia interesada las historias de los héroes del pasado y las guerras del presente. Pues el conocimiento no siempre se mueve a bordo de la palabra escrita: a veces lo hace a lomos de la hablada.

Y si bien no ocurre en todos los rincones la geografía latinoamericana —hay lugares que jamás han visto una biblioteca de ningún tipo, y algunos en los que sus habitantes recuerdan con nostalgia el último paso de un bibliomóvil—, en algún momento, y aunque cueste un esfuerzo enorme, los bibliotecarios terminan encontrando la forma de reunir libros y lectores.

El encuentro de una persona —o el de una comunidad— con el conocimiento, pertenezca a su propia cultura o a otra distinta, es lo que permite que tal individuo o tal comunidad continúen, por decirlo de algún modo, floreciendo. El motor último que ha movido al ser humano a lo largo de su historia ha sido siempre el contacto continuo con sus saberes, con sus ideas, con sus muchas identidades, con sus costumbres y recuerdos, con sus descubrimientos... Y la biblioteca —asuma la forma que asuma— ha cumplido y sigue cumpliendo un rol central en esa relación, de ahí su importancia.

Conscientes de ello, los que se ocupan de que esos espacios surjan y permanezcan activos la mayor cantidad de tiempo posible, los bibliotecarios, aprovechan todas las oportunidades que estén a su alcance —y las que no estén también— para crear bibliotecas, rincones de lectura, lugares de cantos y cuentos, talleres de libros cartoneros, o lo que sea que permita que la gente descubra los saberes viejos y nuevos, se enganche a la información, se asome a las muchas puertas que abren los nuevos conocimientos y atraviesen algunas de ellas. Y lo hacen porque, por encima de todo, saben que toda biblioteca es una herramienta.

Una herramienta de cambio.

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Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 12.06.2018.

Foto: Bicicloteca, Sao Paulo, Brasil. En Megaphone Cultural (enlace).

El texto corresponde al artículo "Bibliotecas y compromiso social en América Latina", de Edgardo Civallero, almacenada en Acta Académica y en Issuu.

 


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