Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Memoria, bibliotecas y humanidades digitales

Memoria, bibliotecas y humanidades digitales

Conferencias en Chile (y II)


 

[Extracto de la conferencia de cierre del XXI Congreso Internacional de Bibliotecología organizado por el Colegio de Bibliotecarios de Chile. Valparaíso, Chile, 19-20 de octubre de 2017].

 

Parte 1. La memoria colectiva

La memoria colectiva es la suma de los recuerdos de un conjunto de individuos. Un conjunto cuyo tamaño puede oscilar entre el grupo —una familia, por ejemplo— y la especie humana, pasando por comunidades, sociedades, naciones y civilizaciones.

Los recuerdos contenidos en la memoria colectiva son el reflejo de todo lo vivido, todo lo pensado, todo lo imaginado, todo lo soñado por todos los humanos que en el mundo han sido. Recuerdos vívidos y reales, o mitificados y absolutamente deformados por el paso del tiempo... Cientos de miles de millones de visiones, creencias y perspectivas en miles de lenguas distintas, algunas desaparecidas hace siglos, construyendo la realidad como si fuese un mosaico de infinitas teselas, o un cuadro puntillista que necesitara de las manos de todos los artistas disponibles para dar, cada uno, una única, mínima pincelada.

La memoria colectiva es el depósito de todos los saberes, de todo lo aprendido y descubierto, de todo lo conocido. Es el archivo de todo lo ocurrido, de todo lo hecho, tal y como los protagonistas de esas ocurrencias y esos hechos lo vivieron, lo percibieron y decidieron contarlo y recordarlo. A veces fue escrita, otras veces fue transmitida mediante palabras habladas o cantadas. Y a veces, las más, no se transmitió y se desvaneció con sus creadores.

De esa memoria colectiva, del acervo de todos los recuerdos de nuestra especie, hemos sido capaces de conservar un mero fragmento. Ínfimo. Irrisorio casi. Conservar tal fragmento nos ha costado un esfuerzo inimaginable: a veces nos hemos visto forzados a sujetar entre nuestras manos migajas que parecían condenadas a desaparecer para siempre, y otras hemos debido rescatarlas de las fauces del olvido, siempre tan proclive a devorar todo aquello que encuentra a su paso.

La mayor parte de la memoria humana se perdió, y un buen porcentaje de la conservada fue destruida a lo largo del tiempo, bien accidentalmente, bien debido a un deliberado (y generalmente exitoso) intento de memoricidio. Hemos llegado a nuestros días con retazos de lo que fue, de lo que supimos, de lo que hicimos... En base a esos retazos tejemos esa serie de conjeturas —más o menos cercanas a la realidad— que llamamos "historia", y construimos ese inestable edificio que conocemos como "identidad".

Nuestra identidad como humanos, como especie, está basada precisamente en nuestros recuerdos. O en lo que creemos, queremos o preferimos recordar. Lo mismo ocurre con nuestra identidad como varones o mujeres, como habitantes de un país o de cierto lugar, como personas de piel más clara o más oscura... La memoria —las experiencias compartidas a lo largo del tiempo— nos hace quienes somos.

El proceso de producción de memoria no se detiene: es constante. Mientras haya seres humanos seguirá creándose memoria colectiva: mucha desaparecerá, y un par de piezas —las que se consideren más importantes, o simplemente las que logren sobrevivir— serán conservadas. La memoria no es, pues, algo lejano: la niñez de nuestros padres, y nuestra propia niñez, ya son parte de la memoria de nuestro grupo, e incluso de la de nuestra sociedad. Lo que sea que haya sucedido la semana pasada, o el día de ayer, o hace cinco minutos, lo es también.

Son todos los pequeños hilos que componen nuestro tapiz; las briznas de hierba que forman la pradera casi infinita que somos nosotros y nuestros conocimientos. Un conglomerado rico, denso, cambiante, plural en todos los sentidos y por sobre todas las cosas. Un bien único.

La memoria colectiva es patrimonio de toda la humanidad. Un patrimonio intangible, en cuanto no se puede tocar. Tal intangibilidad hace que ese patrimonio sea mucho más difícil de identificar, de recuperar y de conservar. Preservar algo etéreo para evitar su desaparición implica fijarlo a un soporte y convertirlo en un bien tangible, o fomentar las condiciones para que esas memorias, esos recuerdos, esos saberes sigan siendo repetidos, reproducidos y perpetuados. O ambas a la vez.

Actualmente existe una nutrida serie de recomendaciones internacionales que cubren buena parte, sino todos, los aspectos de ese patrimonio: resaltan su valor y su importancia, hacen hincapié en su diversidad (reflejo fiel de la propia diversidad humana), señalan algunas de las amenazas que sufre y de los problemas que padece, y sugieren posibles soluciones a corto, medio y largo plazo. Cabe destacar, entre todas ellas, las de la UNESCO: la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural (1972), la Declaración de México sobre las Políticas Culturales (1982), la Recomendación para la Salvaguardia de la Cultura Tradicional y Popular (1989), la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (2003), o la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (2005).

Las soluciones indicadas por esas recomendaciones y declaraciones conllevan una seria inversión de recursos, tanto humanos como económicos. Recursos que solo unos pocos quieren o pueden derivar hacia esos fines y esos objetivos. De modo que hoy, como ayer, buena parte de la memoria colectiva humana continúa deteriorándose y, eventualmente, perdiéndose.

Esa es la razón por la que organizaciones como la UNESCO no dejan de insistir en la importancia y la necesidad de proteger el patrimonio intangible y de establecer programas con acciones concretas. En los últimos tiempos se ha intentado encuadrar esas acciones de protección de la cultura y la memoria dentro de los 17 Objetivos de Desarrollo Sustentable contenidos en la muy mentada Agenda 2030 de la ONU. Y se lo ha intentado a pesar de que dichos objetivos no mencionen explícitamente, en ningún caso, la memoria o la identidad. No obstante, es evidente que cualquier acción vinculada al desarrollo sustentable (y, concretamente, las del objetivo 4, relacionado con la educación) requiere de la cultura y de todas sus expresiones, así como de las instituciones que trabajan en su mantenimiento.

[Para acceder al texto completo de la conferencia, vid. infra].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 01.05.2018.

Foto: "Del fondo de la memoria, vengo" por Lucía Chiriboga. En Juliocesarabadvidal (enlace).

El texto corresponde a un extracto de la conferencia "Memoria, bibliotecas y humanidades digitales", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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