Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Un bibliotecario en las Galápagos 05

De garúas y sequías

Un bibliotecario en las Galápagos [05]


 

"En las Galápagos, el tiempo ... es tema de conversación. Basta con que un fuerte aguacero caiga más temprano que de costumbre, hacia noviembre, para que todo el mundo tema un año con fenómeno de El Niño, o que en enero el océano esté aún frío, según los criterios locales, y no se hayan visto verdaderas lluvias a finales del mes, para que los granjeros se inquieten por sus reservas de agua". [Christophe Grenier, en Conservación contra natura. Las islas Galápagos, 2007].

 

Es imposible estar en Galápagos y no hablar de la vida silvestre. O, como indica Grenier en la cita anterior, del tiempo. De modo que, por muy bibliotecario que este blog pretenda ser, no me queda más remedio que adaptarme a las circunstancias que me rodean. "Donde fueres, haz lo que vieres". Y, si en la entrada anterior hablé de mares, manglares y gaviotas, en esta toca hablar de nubes y de aguas. O de su ausencia.

Como ocurre en otras partes de América del Sur, en las Galápagos hay dos estaciones: la húmeda (en la cual estamos ahora, hasta junio) y la seca. Durante la primera el clima es caluroso y, de vez en cuando, llueve torrencialmente. Durante la segunda, las temperaturas se moderan ―sin llegar a ser frías― y comienza lo que se llama "el tiempo de garúa": un periodo de días grises y lloviznas leves. El esquema puede torcerse algún año en el que se produzca ese fenómeno conocido como "El Niño", que afecta el litoral pacífico sudamericano. Pero, en líneas generales, es bastante regular.

Dada la porosidad del terreno (de naturaleza volcánica), el agua que cae y que no es absorbida por la vegetación se filtra muy rápidamente. Por ende, no hay corrientes de agua dulce permanentes en las islas. Tampoco lagunas: la única relativamente significativa del archipiélago se encuentra en isla San Cristóbal. "El Junco", que así se llama, se encuentra en el cráter de un viejo volcán apagado, y no proporciona agua potable a la población local (aunque fue utilizada como reservorio durante la II Guerra Mundial por las tropas estadounidense asentadas en isla Baltra).

Ubicadas en lo que algunos geógrafos llaman "la Polinesia seca", las Galápagos son, por naturaleza, islas áridas.

 

Fuentes y botellas

La aridez del archipiélago es problemática: sobra decir que la población (humana) local necesita agua dulce para subsistir. Pero las fuentes son escasas, las insignificantes capas freáticas (el subsuelo volcánico complica su formación) suelen estar "contaminadas" por el agua de mar, y los reservorios silvestres —estanques y charcos que se forman tras las lluvias de la estación húmeda, especialmente en las tierras altas— solo valen para dar de beber a la fauna local. Incluyendo a las tortugas, que solían trazar una compleja serie de caminos entre sus refugios en la costa y sus bebederos en las colinas.

Puerto Velasco Ibarra (isla Floreana) se provee de agua gracias a una de las pocas fuentes inventariadas en las islas, en el cerro conocido como Asilo de la Paz, aunque también hay varios manantiales en torno al cerro Pajas. La existencia de esos manantiales ya era conocida en tiempo de los corsarios y bucaneros ingleses, que hicieron buen uso de ellos.

Por su parte, Puerto Ayora (isla Santa Cruz) y Puerto Villamil (isla Isabela) proveen agua a su población extrayéndola con bombas de grietas naturales. Dado que esas grietas han sido invadidas por el mar, el líquido es salobre y, por ende, cada vez menos adecuado para el uso doméstico. A ello hay que sumarle la contaminación debida a los muchísimos pozos ciegos, que en el pasado ha provocado incluso algunos problemas sanitarios.

En la actualidad se están tomando buenas medidas para garantizar un suministro doméstico estable. Mientras tanto, los habitantes de los principales núcleos urbanos galapagueños consumimos agua embotellada, traída desde el continente en barco. Grandes garrafas o botellas pequeñas, que generan toneladas de plástico a reciclar, y que alimentan uno de los negocios más rentables de las islas después del turismo y el combustible.

 

Un bibliotecario en las Galápagos 05

Hablar del tiempo en un territorio como las Galápagos implica, sobre todo, hablar de la llegada de las esperadas lluvias de la estación húmeda, que rieguen las cosechas, refresquen el ambiente...

Poca gente se dedica, pues, a hablar de la garúa.

La garúa es una capa de neblina que se estanca en las alturas de las islas más elevadas durante la estación seca y ocasiona una llovizna tenue. Una llovizna que no provee de agua ni a las cumbres ni a las costas, en donde están las principales poblaciones. Permite a la vegetación de las áreas intermedias abastecerse de un líquido que no podría obtener de ninguna otra forma, sí, pero para los moradores isleños el dato parece resultar bastante irrelevante.

Además de no dejar una cantidad de agua sustancial, el tiempo de garúa sume a las islas en una suerte de penumbra: hay pocas horas de sol, y todos los paisajes insulares presentan un uniforme tono grisáceo. El mar, también gris, suele estar agitado por los vientos alisios, que en esa época se deciden a soplar con toda su fuerza, y las olas revientan contra las rocas de la costa en un espectáculo desolador. La temperatura baja a 20º y los galapageños deciden ponerse un jersey, lo cual aumenta la sensación de "frío". Un frío que en realidad no lo es.

Es un periodo en el que domina una sensación de tristeza, de abandono, de desconsuelo, incluso de cierta hostilidad por parte de una naturaleza que, por muy ecuatorial que sea, no muestra sus mejores galas. Los tours turísticos prefieren evitar esa época del año para no provocar demasiadas decepciones entre visitantes que pagan verdaderas fortunas para disfrutar del sol en un crucero.

 

Retornos

Pero no todo iba a ser negativo. Durante el tiempo de garúa ―curiosamente― retornan a las islas algunas aves marinas migratorias.

Entre ellas se cuenta el magnífico albatros ondulado o de las Galápagos (Phoebastria irrorata), enorme e intrépido viajero de los océanos que vuelve al rocoso litoral isleño desde las costas peruanas y ecuatorianas. Es el único de su familia (Diomedeidae) que habita en los trópicos; en serio peligro de extinción, cría solamente en la isla Española, entre coladas de lava, por lo cual su llegada es siempre una buena noticia.

A pesar de poder ir a cualquier sitio —la amplitud de sus alas se lo permitiría sin dificultad alguna—, el albatros vuelve a estas islas apagadas y encuentra refugio entre rompientes grisáceos, olas de piedra negra y una fina garúa... Los biólogos hablan de corrientes marinas ricas en nutrientes en esa época del año; los literatos, de un ser vivo amante de las soledades más apagadas y melancólicas de los Mares del Sur.

Como señalé al principio, es imposible estar en Galápagos y no hablar del tiempo. O de la vida silvestre. O de ambos: por ejemplo, dicen los locales que si en Academy Bay, aquí en Puerto Ayora, los piqueros y los leones marinos todavía son numerosos a comienzos de año, es indicio de que éste será seco...

Tendré, pues, que ir acostumbrándome a sumar esos elementos a mi rutina cotidiana. Y a mi escritura.

 

Referencias

Colinvaux, Paul (1984). The Galápagos Climate: Present and Past. En Perry, Roger (ed.). Key Environments: Galápagos. Oxford: Pergamon Press, pp. 55-70.<&/p>

Galapagos Conservancy (s.f.). Sea and Shore Birds. [En línea].

Grenier, Christophe (2007). Conservación contra natura. Las islas Galápagos. Lima: IFEA. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 17.04.2018.

Fotos: [1] Rabijunco etéreo (Phaethon aethereus), por Jenny Howard (2016 Galápagos photography competition). En Galápagos Conservancy Trust (enlace). [2] Cactus del género Opuntia cerca de la playa, por Amiee Brown (2016 Galápagos photography competition). En Galápagos Conservancy Trust (enlace).

El texto corresponde al quinto post de la serie Un bibliotecario en las Galápagos, de Edgardo Civallero.

 


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