Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Un bibliotecario en las Galápagos 03

De aislamientos, bibliotecas y pinzones

Un bibliotecario en las Galápagos [03]


 

"Cada biólogo, una vez en la vida, debería hacer un peregrinaje a las Galápagos, donde nació uno de los más grandes éxitos de la ciencia". [El ornitólogo francés Jean Dorst, en Future scientific studies in the Galápagos Islands, 1963].

 

Probablemente por estar ubicada en una estación científica emplazada en uno de los pocos rincones colonizables de un Parque Nacional (que es, a la vez, Reserva de la Biosfera de la UNESCO) a 1000 km de la tierra firme más cercana, la biblioteca de la Fundación Charles Darwin ―esta que se asoma tímidamente al mar desde el borde sur de la isla Santa Cruz, en las Islas Galápagos― goza de cierto aislamiento. O lo padece.

Para llegar a su puerta es preciso abordar uno de los vuelos de Avianca o TAME que salen desde Guayaquil o Quito (tras superar toda la burocracia, los pagos y los minuciosos controles de equipaje de rigor) y cubrir, en poco más de dos horas, el millar de kilómetros hasta el aeropuerto ubicado en Baltra, una pequeña isla situada al norte de Santa Cruz.

[La historia de ese aeropuerto es curiosa: en 1942 el gobierno ecuatoriano permitió a Estados Unidos instalar una base militar en Baltra. "The Rock", como la llamaban los soldados, sirvió de lugar de aclimatación para las tropas que luego fueron a luchar al Pacífico sur. La base llegó a contar con 12.000 hombres: diez veces la población total del archipiélago en aquel momento. Un cambio de régimen político hizo que en 1944 Ecuador rechazase la oferta estadounidense de alquilar la isla por 99 años. En consecuencia, en 1946 la base militar fue desmantelada: todo lo que los inquilinos no pudieron llevarse, lo echaron al océano. Menos una pista de aviación asfaltada ―el actual aeropuerto― y un muelle en aguas profundas].

Una vez llegados allí, es preciso atravesar en barco el canal de Itabaca, el brazo de agua que separa Baltra de Santa Cruz, cuya anchura en el punto de cruce es de 400 metros. Desde ese punto se aborda el autobús que hace el trayecto desde el extremo norte de la ínsula hasta el sur, en donde se ubica Puerto Ayora. Excepto dos enclaves colonizables (el propio Puerto Ayora y una zona agrícola cercana, en las tierras altas), todo el territorio santacruceño es parte del Parque Nacional Galápagos y, por ende, está protegido: no se puede entrar a esos terrenos si no es en compañía de un guía autorizado. Antaño el trayecto Baltra-Puerto Ayora se hacía en barco, pero luego se abrió una carretera de 40 km a través del Parque, la E5. Esta sube por las laderas del norte de la isla hasta las cimas pobladas de escalesias, pasa entre Los Gemelos (dos magníficas calderas volcánicas) y luego desciende, atravesando las tierras de cultivo de Bellavista, hasta finalizar su recorrido en Puerto Ayora, capital y puerto insular, recostado en las orillas de Academy Bay.

Puerto Ayora cuenta con un núcleo turístico vecino al mar y una serie de barriadas (más o menos estables, más o menos humildes) en donde viven los locales. Las viviendas ocupan ya la práctica totalidad del enclave colonizable, apretándose contra las vallas que lo separan del Parque Nacional. La Estación Científica Darwin se encuentra casi dos kilómetros al este del "centro" de Puerto Ayora, sobre las aguas del Pacífico. Allí está la biblioteca.

 

Insularidad y evolución

El aislamiento se mastica en las Galápagos. A la lógica insularidad se le suma la enorme distancia a tierra firme, la dependencia de los suministros que llegan del continente en barco (unos barcos que a veces se hunden en el trayecto), los límites del transporte, la relativa escasez de entretenimientos, lo irregular de las comunicaciones, y la dependencia del Ecuador continental en cuestiones de salud: cualquier emergencia médica seria debe ser evacuada en avión a Guayaquil. No son pocos los migrantes temporales que aprovechan cualquier oportunidad para tomarse periódicos "descansos" de ese forzado aislamiento físico; volando a Quito, por ejemplo.

Fue precisamente ese aislamiento lo que convirtió al archipiélago en un verdadero laboratorio natural, en el que la evolución puso en juego sus principios. Unos principios que Charles Darwin identificó cuando estudió, entre otras especies, los pinzones de las distintas islas y encontró que todos ellos, diferentes entre sí, derivaban de un ancestro común: cada uno había evolucionado de forma divergente, recluido en su propio universo, adaptado a sus propias circunstancias. Lo mismo ocurrió con las tortugas gigantes. Y con las escalesias, esas plantas de la familia de las asteráceas ―como las margaritas―, endémicas de las Galápagos y que pueden alcanzar la talla de enormes árboles selváticos.

Los pinzones ―de los que realizó unos hermosos dibujos que incluyó en su Journal of researches― permitieron a Darwin entender que, gracias a la selección natural, habían sobrevivido aquellos cuyas variaciones genéticas les habían permitido acomodarse mejor a su particular entorno. La magia de estar lejos de todo, aislado de todo, es que uno tiene que ingeniárselas rápidamente para vivir con lo que tenga y adaptarse al medio y a las circunstancias lo mejor posible. O resignarse a desaparecer.

El principio resulta, de alguna forma, válido para una biblioteca, una entidad que, al fin y al cabo, no deja de comportarse como un organismo vivo en un "ecosistema de la información y el conocimiento". El aislamiento la convierte en un auténtico laboratorio de bibliotecología aplicada en el cual, en un constante proceso de investigación-acción, se buscan, encuentran y reformulan continuamente soluciones que permitan que la unidad de información cumpla su rol en su "nicho ecológico", se adapte a los cambios y condiciones adversas, y sobreviva.

 

Un bibliotecario en las Galápagos 03

Los procesos de investigación, de búsqueda, de improvisación creativa, de resistencia y de adaptación constante no son nuevos para las bibliotecas. Han sido puestos en práctica por casi todas ellas, en mayor o menor medida. Sin embargo, forzadas por las circunstancias, algunas los han convertido en su segunda piel: es el caso de muchas bibliotecas rurales, populares y barriales latinoamericanas, en especial aquellas con menos recursos o que se desempeñan en áreas conflictivas (como señalo en este artículo y en las columnas que publico mensualmente en El Quinto Poder de Chile). Es decir, aquellas que hacen frente a un fuerte aislamiento.

[Para las bibliotecas, el aislamiento no tiene porqué ser necesariamente geográfico. Hay muchos otros tipos: el social, el económico, el político, el étnico...].

En el caso de la biblioteca de la Estación Científica Darwin, el desafío es doble: proporcionar servicios de calidad a la sociedad galapagueña en general y, a la vez, a una comunidad de profesionales, conservacionistas y naturalistas ubicados en la vanguardia de la investigación en sus áreas de estudio particulares, con los limitados recursos y en las complicadas condiciones de aislamiento en las que subsiste una "biblioteca de frontera".

Para afrontar semejante reto, una buena planificación es esencial. En principio, una asesoría informativa, cuidadosamente diseñada y puesta en práctica, proporciona todos los datos necesarios sobre la realidad de la biblioteca: desde su estructura física y las características de su colección hasta su rol dentro de la institución, organización y/o sociedad a la que sirve, su visibilidad, su número de usuarios, las expectativas que existen sobre sus funciones, y la amplitud de su presupuesto.

La auditoría permite una aproximación honesta y sin ambages a las posibilidades de la biblioteca. Ante el reto de responder a unas necesidades y a unas expectativas determinadas por parte de los usuarios, y enfrentada a unos recursos generalmente escasos o incluso difíciles de obtener, la biblioteca debe establecer unas prioridades muy claras, aguzar el ingenio y evaluar continuamente el camino elegido y las acciones emprendidas.

 

Misiones, visiones, funciones...

Los resultados de la auditoría permiten la producción de un plan de trabajo en el que se van planteando, de lo general a lo particular, todos los elementos que definen la actividad bibliotecaria.

Se parte de una misión (cuál es el rol de la biblioteca, qué hace), de una visión (qué es lo que quiere hacer en el futuro, hacia dónde se dirige) y de unos valores que componen, en conjunto, los cimientos bibliotecológicos. Sobre ellos se erigen las funciones. Y es aquí cuando los límites, las carencias y las escaseces que sufre la biblioteca entran en juego: si bien pueden definirse muchísimas funciones, solo podrán cumplirse las que los recursos disponibles (materiales, físicos, humanos, financieros) permitan. La biblioteca debe adaptarse si quiere sobrevivir. Y lo hace modificando ―drásticamente, si es necesario― sus funciones y sus estructuras como los pinzones de Darwin hicieron con sus picos, hasta encontrar la combinación adecuada.

Los elementos anteriores permiten definir objetivos a corto, medio y largo plazo; los primeros suelen ser operacionales, los segundos responden a las diferentes funciones definidas, y los últimos, en general, buscan concretar la visión de la biblioteca. Los objetivos se subdividen en metas organizadas sobre un cronograma, y en torno a estas se diseñan actividades que pueden agruparse en servicios. Todo esto, condimentado con la definición de políticas, estrategias, lineamientos, herramientas de evaluación y otros instrumentos.

El plan de trabajo tiene que revisarse periódicamente y, de ser necesario, debe ser corregido, mejorado o reorientado. La adaptación y la evolución no son procesos lineales: las respuestas a los desafíos no siempre son lógicas y directas, y el camino puede incluir muchos titubeos, muchas idas y vueltas, muchos errores de los que aprender, y algún que otro callejón sin salida. Pero, a la postre, la biblioteca irá encontrando su propio paso, comenzará a interactuar con otros habitantes de su ecosistema informativo, y podrá crecer, transformarse, reproducirse si cabe...

El aislamiento suele ser visto como una barrera y un serio impedimento. Pero, al mismo tiempo, obliga a buscar nuevas formas de acción, a aguzar el ingenio, a desplegar la imaginación, a buscar colaboraciones y ayudas, a renunciar a lo superfluo. Y también proporciona una campana de cristal que permite cierto retiro: un silencio y una soledad que a veces resultan más que necesarios.

Como todas las bibliotecas que se enfrentan a algún tipo de aislamiento, la de la Estación Científica Darwin ―esta que está a dos kilómetros del centro de Puerto Ayora, al final de la carretera que empieza en Itabaca y se encarama a las cumbres de isla Santa Cruz― tiene un largo camino por delante. Afortunadamente, está rodeada de pruebas vivientes de que es posible adaptarse con éxito a las circunstancias, por adversas que parezcan. Ahí están, para demostrarlo, los pinzones, las tortugas, los sinsontes, las escalesias...

 

Referencias

Darwin, Charles (1871). Journal of Researches into the Natural History and Geology of the countries visited during the voyage of H.M.S. Beagle round the world. New edition. Nueva York: D. Appleton and Company. | Traducción: Calpe.

Dorst, Jean (1963). Future scientific studies in the Galápagos Islands. Galápagos Islands: A Unique Area for Scientific Investigation. San Francisco: California Academy of Sciences, pp. 147-154.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 03.04.2018.

Fotos: [1] Iguana terrestre en Isla Plaza Sur, por Sheri Vandermolen (2017 Galápagos photography competition). En BBC (enlace). [2] Leones marinos de las Galápagos (Zalophus wollebaeki) sobre una boya en el Canal de Itabaca, por Bernard Gagnon. En Wikimedia (enlace).

El texto corresponde al tercer post de la serie Un bibliotecario en las Galápagos, de Edgardo Civallero.

 


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