Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Un bibliotecario en las Galápagos 02

Libros, tortugas y un montón de cactus

Un bibliotecario en las Galápagos [02]


 

"¡Qué paisaje tan desolado y triste se descubre en la costa! Dos cerros cónicos, bastante elevados de color negro, separados por una llanura gris, en la que se destacan algunos gigantescos cereus y tunas, y al fondo del cuadro, una cordillera rojiza, forman un conjunto de aspecto tan extraño y sui-generis, que no esperaba ver sino en sueños". [Nicolás G. Martínez, en sus Impresiones de un viaje al archipiélago de Galápagos, 1915].

 

8 de la mañana. 30 grados. No me extraña que en estas islas las iguanas hayan aprendido a nadar.

Al sur de la biblioteca, tan cerca que puedo oírlo, el Pacífico. En la costa, iguanas y algunas zayapas (cangrejos rojos, del género Grapsus), más las aves marinas de rigor. Por los otros tres costados, tapizada de cactus del tamaño de árboles y de plantas espinosas, la Estación Científica de la Fundación Charles Darwin. Que incluye los corrales donde viven varias tortugas gigantes. Y la biblioteca.

Una biblioteca rodeada de un paisaje ciertamente agreste.

Visualmente, las Galápagos están definidas por su magmatismo. Las islas no son más que un conjunto de jóvenes volcanes de tipo hawaiano que asoman sus bocas (a veces humeantes) por encima de las olas del Pacífico oriental, cerca de donde entran en contacto tres placas tectónicas: la de Nazca, la de Cocos y la del Pacífico. El archipiélago está ubicado encima de un auténtico hotspot de la corteza terrestre. El equivalente geológico a una de las míticas puertas del infierno.

Una vieja leyenda —citada por Bognoly, que la recupera del cronista hispano Sarmiento de Gamboa— indica que Tupaq Yupanki Inka habría sido el descubridor de las Galápagos o, cuanto menos, de dos de ellas: Jawachumbi y Ninachumbi. El nombre de esta última se traduciría del quechua como "[Isla] de fuego", probablemente porque habría recibido al regente máximo del Tawantinsuyu con un espectáculo de humos y lavas candentes que, se supone, habrían motivado el apresurado regreso de la expedición a tierra firme.

El archipiélago, pues, no es otra cosa que un puñado de ásperas coladas basálticas rodeadas de un mar frío a veces, tibio otras ―a lo largo del año la gélida corriente de Humboldt se alterna con la cálida de Panamá en el control del termostato―, cubiertas en su mayoría de plantas xerófilas y enormes cactus (el llamado "piso árido de vegetación"), y pobladas sobre todo por aves marinas, pinzones y sinsontes, iguanas y tortugas. Y algunos leones marinos.

El paisaje desagradó al descubridor oficial del archipiélago, el domínico español Tomás de Berlanga (1535), que apuntó algún comentario sobre Dios haciendo llover piedras sobre aquel erial, pero al parecer no hizo demasiada mella en los visitantes siguientes. Fue el caso de Diego de Rivadeneira, capitán de las tropas de Diego Centeno, que llegó allí huyendo de la encarnizada persecución de su rival Francisco de Carvajal en 1546, durante las Guerras Civiles entre los Conquistadores del Perú. O de Edward Davis, un filibustero inglés que tras atacar a tres navíos españoles frente a las costas de Túmbez en 1684 anotó en su diario de a bordo:

Teniendo más de cien prisioneros a bordo, no sabiendo dónde obtener agua ni encontrar un lugar seguro, decidimos dirigirnos hacia el oeste a fin de ver si podíamos alcanzar esas islas llamadas Galápagos. Esto hizo reír mucho a los españoles, que nos dijeron que eran islas encantadas, que se trataban de islas fantasmas, y no reales.

Esa reputación fantasmal que las islas tenían entre los hispanos hizo que los piratas, tras desembarcar en ellas y comprobar que eran bien reales, las tomasen como su base de operaciones.

 

Refugio de piratas y balleneros

El bucanero inglés William A. Cowley trazó el primer mapa del archipiélago (el mejor hasta el de Fitzroy, siglo y medio después) durante su vuelta al mundo, y lo publicó en 1684. Su colega Edward Davis las visitó en 1684 y 1687, cuando la fama de "puerto de piratas" de las islas empezaba a consolidarse. A los corsarios no les importó demasiado la desolación, la aridez o las piedras. Ni los cactus, ni las iguanas. Y consideraron las tortugas una bendición. De hecho, a finales del siglo XVII el capitán británico William Dampier —apodado "el pirata naturalista"— pasó tres meses en las Galápagos alimentándose precisamente de tortugas. Y apuntó:

Las tortugas terrestres son tan numerosas que quinientos o seiscientos hombres podrían alimentarse de ellas durante meses, sin otras provisiones: son extraordinariamente grandes y gordas, y tan suaves al paladar que ningún pollo se les compara. Cada mañana enviábamos a tierra al cocinero, quien mataba tantas tortugas cuantas necesitábamos para el día.

Un siglo después, terminando el XVIII, los filibusteros abandonaron las islas y su lugar fue ocupado por los balleneros y los cazadores de focas (y algunos náufragos de biografías alucinantes). A ellos tampoco les importaron demasiado los roquedales ni los matorrales espinosos, ni la manifiesta falta de agua: solo veían caza y pesca de la que sacar tajada económica. El abuso al que la naturaleza isleña había sido sometida desde la llegada humana a sus orillas se intensificó entonces de forma alarmante. Treinta años más tarde, agotados los cachalotes, casi extintas las focas peleteras y amenazadas las tortugas, los pingüinos y las iguanas, los barcos (británicos y estadounidenses, sobre todo) se marcharon a esquilmar otras tierras y otras aguas. Las Galápagos se convirtieron desde entonces —especialmente a partir de la visita de Darwin en 1835— en objeto de estudio de los naturalistas y lugar de visita de innumerables misiones científicas. Y, desde 1832 (cuando Villamil tomó posesión de Floreana), en parte del territorio ecuatoriano.

 

Un bibliotecario en las Galápagos 02

Después de Darwin y el Beagle, la primera expedición científica que arribó a las Galápagos fue estadounidense y llegó en un buque de guerra, el USS Hassler, en 1872. Tras ella, y hasta la II Guerra Mundial, una treintena de expediciones (dos tercios de ellas estadounidenses y las otras, esencialmente británicas) las convirtieron en las ínsulas más estudiadas del planeta por los naturalistas. Mientras tanto comenzaron a llegar colonos ecuatorianos a las Galápagos, a trabajar prácticamente como esclavos para patrones despiadados.

Para finales del siglo XIX, la degradación de la naturaleza galapagueña era brutal. A los destrozos causados por los animales domésticos introducidos por el hombre se sumaba la depredación de los colonos, similar a la de los balleneros y cazadores. También se sumaban las misiones científicas, que saqueaban todo lo que podían para alimentar las hambrientas colecciones de los museos occidentales de historia natural.

En 1935 una expedición naturalista angloamericana dirigida por V. von Hagen desembarcó en isla San Cristóbal y erigió un monumento a la memoria de Darwin en el sitio donde había hecho escala un siglo antes. A su regreso, Von Hagen fundó el London Galápagos Committee, destinado a recoger fondos para el establecimiento de una estación científica en el archipiélago. Sería una de las numerosas iniciativas para proteger las islas. La II Guerra Mundial, lamentablemente, frustró muchos planes.

En 1954, I. Eibl-Eibesfeldt, un etólogo alemán del Instituto Max Planck, realizó un crucero científico a Galápagos. De regreso a Europa, el naturalista alertó a la recientemente creada Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) de la terrible situación del archipiélago y, con su apoyo, obtuvo el patrocinio de la UNESCO para realizar una evaluación del estado del archipiélago (1957) y buscar un lugar en donde pudiera establecerse una estación científica. La presentación de su informe al XV Congreso Internacional de Zoología de 1958, describiendo una situación preocupante (y eligiendo isla Santa Cruz como enclave para la estación), resultó decisiva para el nacimiento del Parque Nacional Galápagos.

Un Parque que el gobierno de Ecuador creó el 20 de julio de 1959 y que cubre el 97% de la superficie terrestre de las islas, excluyendo solo 8 enclaves colonizados.

 

Una estación científica y una biblioteca

El 23 de julio de 1959 (año en el que se celebró el centenario de la publicación de El Origen de las especies de Darwin) se creó en Bruselas la Fundación Charles Darwin (FCD). Su misión es:

[...] cooperar con el gobierno ecuatoriano en la conservación de la fauna y de la flora de las islas Galápagos, en la tierra y en el mar, estableciendo una estación científica en el archipiélago para realizar investigaciones que le permitirán proporcionar a las autoridades competentes todos los datos necesarios para garantizar la conservación del suelo, de la fauna y de la flora, la protección de la vida salvaje, del entorno natural del archipiélago y del mar circundante.

V. van Straelen, inspirador del Parque Nacional Albert en el Congo (1925) y uno de los principales promotores del Parque Nacional Galápagos, fue el primer presidente de la FCD. En 1960, y en condiciones terribles, comenzaron los primeros trabajos de construcción de la Estación Científica Darwin a las afueras de Puerto Ayora. Recién el 20 de enero de 1964 pudo ser inaugurada oficialmente, tras incontables problemas y no pocos traspiés, en una ceremonia a la sombra de los cactus gigantes.

Desde entonces la Estación ha servido como base internacional para científicos que quieren realizar sus investigaciones en las islas, y como espacio en el cual recabar información que contribuya a la protección del archipiélago y sus habitantes. Además busca informar y educar a la población residente, la gran mayoría migrantes ecuatorianos (de hecho, ya en 1966 se lanzó el primer programa "Education for Conservation"). Alberga además los espacios de cultivo de plantas locales para repoblación (incluyendo, sí, los enormes cactus) y los de cría de animales en peligro: en 1965 comenzó el programa de cría de tortugas y en 1976, el de iguanas terrestres. Y en 2014 nació allí el primer pinzón de los manglares en cautividad.

Un espacio semejante necesitaba de una biblioteca que sirviera de depósito para el conocimiento generado y apoyara las investigaciones y actividades desarrolladas entre sus muros. Bautizada "Corley Smith" (en honor al británico G. T. Corley Smith, el mordaz "historiador" de la FCD), la biblioteca abrió sus puertas en 1979.

Esa es la biblioteca de la que he venido a ocuparme, el lugar desde donde escribo estas líneas. Una biblioteca llena de desafíos y oportunidades. Un pequeño reducto de libros vecino al mar, rodeado de cactus, coladas volcánicas y plantas espinosas. E iguanas, y aves marinas. Y un puñado de tortugas.

 

Referencias

Bognoly, José A. (1905). Las Islas Encantadas o el Archipiélago de Colón. Guayaquil: Imp. y Lit. del Comercio. [En línea].

FCD (1988). FCD para las Islas Galápagos, presente y futuro. Quito: FCD.

Hickmann, John (1985). The Enchanted Islands: The Galápagos Discovered. Oswestry: Anthony Nelson Limited.

Martínez Holguín, Nicolás Guillermo (1915). Impresiones de un viaje al archipiélago de las Galápagos. Quito: Talleres de Policía Nacional. [En línea].

Rose, R. (1924). Man and the Galápagos. En Beebe, William (ed.). Galápagos: World's End. Nueva York, Londres: G. P. Putnam's Sons, pp. 332-417. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 27.03.2018.

Fotos: [1] Cangrejos en Islote Mosquera, por Charlotte Brett (2017 Galápagos photography competition). En BBC (enlace). [2] Cactus en Isla Plaza Sur, por Eric Williams (2017 Galápagos photography competition). En BBC (enlace).

El texto corresponde al segundo post de la serie Un bibliotecario en las Galápagos, de Edgardo Civallero.

 


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