Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Palabras ancladas 08

Las prédicas ilustradas de la Nueva España

Palabras ancladas (VIII)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 08" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 11, nº 51, julio-agosto de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Fray Jacobo de Testera (o de Tastera) nació en Bayona, Francia, alrededor de 1470: justo cuando se acababa el siglo XV ―y con él la Edad Media en Europa― y estaba por comenzar la invasión y conquista de tierras allende los mares por parte de los reinos de Portugal y de Castilla y Aragón.

Rondando los 30 años, Jacobo ingresó a la orden franciscana, en donde al parecer destacó por su capacidad para los idiomas. En 1508 arribó a Sevilla merced a la invitación de una familia noble de la ciudad; en España llegó a ser el predicador del Palacio Imperial de Carlos I. En 1527 fue reclutado por fray Antonio de Ciudad Rodrigo (uno de los "Doce Apóstoles de Nueva España") para ir a evangelizar a la recién conquistada México, donde arribó en 1529, en el mismo contingente en el que viajaban, entre otros, el luego célebre fray Bernardino de Sahagún.

Testera fue primero acompañante del arzobispo Juan de Zumárraga, para luego trabajar junto a fray Pedro de Gante en San José de Belén de los Naturales, la escuela que este último había fundado en la ciudad de México. Dictó algunas clases allí, y colaboró en la preparación de materiales didácticos para los estudiantes, todos ellos hijos de la antigua nobleza indígena. Posteriormente se desempeñó como misionero entre los P'urhépecha de Michoacán (1534) y los Nahua de Atlixco (actual estado de Puebla), tras lo cual se dirigió al sur, a Tabasco y Yucatán (1535), para evangelizar a los numerosos pueblos de habla maya de la zona. Finalmente se trasladó al monasterio de Huejotzingo (Puebla), en donde falleció en 1543.

Su nombre se hizo famoso por los materiales educativos que utilizó para su labor evangelizadora durante sus recorridos por la Nueva España. Aunque nada permita aseverar que tuvo algo que ver con su invención (probablemente habían sido desarrollados por Pedro de Gante, de quién Testera aprendería su uso), tales materiales son conocidos popularmente como "catecismos testerianos" o "tasterianos". Debido a los problemas que acarrea esta denominación, en la literatura académica moderna se los cita simplemente como "catecismos indígenas".

Estos "catecismos" son pequeños documentos con forma de libro convencional (aunque inicialmente parecen haber sido simples láminas o lienzos) en los que se explican los preceptos de la doctrina católica mediante una serie de imágenes o pictogramas. Tales diseños están basados, sobre todo, en los principios sintácticos y semánticos de las escrituras pictográficas prehispánicas (mexica, zapoteca. mixteca, maya...) y en algunos elementos propios de la iconografía hispana. Los dibujos se distribuyen en bandas horizontales, leyéndose de izquierda a derecha, y a veces van acompañados de pequeñas anotaciones o glosas en alfabeto latino, bien en castellano o bien en alguna lengua indígena transliterada fonéticamente.

Los contenidos que se codificaban a través de este ingenioso sistema eran las principales oraciones católicas (Ave María, Padre Nuestro, Credo, Salve Regina, Confiteor), la forma de rezar el Santo Rosario, los Diez Mandamientos, los Sacramentos, los Artículos de Fe, las Obras de Misericordia y las Bienaventuranzas.

En su búsqueda de formas eficientes y sencillas de transmitir la doctrina católica, los miembros de las órdenes religiosas presentes en México recurrieron a distintos soportes: desde la música (sobre todo en el caso de los domínicos y los jesuitas) a las representaciones teatrales y las obras de arte figurativo en general. Pero sin duda fueron las pinturas, grabados e ilustraciones los que más éxito tuvieron, debido a su uso tradicional en la redacción y transmisión de saberes entre las sociedades originarias de aquellas tierras. En el capítulo VI de su Historia de los Indios de la Nueva España (ca. 1536), Fray Toribio de Benavente menciona un suceso que refleja ese hecho:


Una cuaresma estando yo en Cholollán, que es un gran pueblo cerca de la ciudad de los Ángeles, eran tantos los que venían a confesarse, que yo no podía darles recado como yo quisiera, y díjeles: yo no tengo de confesar sino a los que trajeren sus pecados escritos y por figuras, que esto es cosa que ellos saben y entienden, porque ésta era su escritura; y no lo dije a sordos, porque luego comenzaron tantos a traer sus pecados escritos, que tampoco me podía valer, y ellos con una paja apuntando, y yo con otra ayudándoles, se confesaban muy brevemente; y de esta manera, hubo lugar de confesar a muchos, porque ellos lo traían tan bien señalado con caracteres y figuras, que poco más era menester preguntarles de lo que ellos traían allí escrito o figurado.


Un discípulo de fray Pedro de Gante en San José, fray Diego de Valadés ―gran estudioso y políglota― se percató pronto del uso de los pictogramas por parte de los pueblos originarios. En su Rhetorica Christiana (1579), un tratado sobre los métodos misionales de las órdenes mendicantes y los sistemas que utilizaron en América, el cual incluye un "alfabeto mnemotécnico" para los indígenas, apunta:


Hay un ejemplo admirable de esto, en el comercio y en los contratos de los indios, los cuales, aun careciendo de caracteres para la escritura ... sin embargo se comunicaban unos a otros lo que querían por medio de ciertas figuras e imágenes ... Y no solo es usado por los que son ignorantes, sino aún también por aquellos que son peritos en el arte de leer y escribir correctamente, a gran número de los cuales se les puede ver admirablemente ejercitados.


Es curioso notar que cuando las imágenes se utilizaron para codificar las creencias y los pensamientos propios de las sociedades originarias, fueron consideradas despreciables y sumariamente destruidas (con el ejemplo paradigmático del obispo Diego de Landa), mientras que cuando el mismo sistema se empleó para evangelizar, fue algo digno de comentarios elogiosos. Véase la descripción de esa práctica evangelizadora recogida por Juan de Torquemada en el capítulo XXV del libro XV de su Monarquía Indiana (1615):


Tuvieron estos benditos padres un modo de predicar no menos trabajoso que artificioso, y muy provechoso para estos indios por ser conforme al uso que ellos tenían de tratar todas las cosas por pinturas, y era de esta manera: hacían pintar en un lienzo los Artículos de la Fe y en otro los Diez Mandamientos de Dios, y en otro los siete Sacramentos, y lo demás que querían de la doctrina cristiana; y cuando el predicador quería predicar de los mandamientos, colgaban junto de donde se ponía a predicar el lienzo de los Mandamientos, en distancia que podía, con una vara, señalar la parte del lienzo que quería, y así les iba declarando los misterios que contenía y la voluntad de Dios que en ellos se cifra y encierra. Lo mismo hacía cuando quería predicar de los Artículos, colgando el lienzo en que estaban pintados; y de esta manera se les declaró clara y distintamente, y muy a su modo, toda la doctrina cristiana. Y en todas las escuelas de muchachos se usaban estos lienzos, de los cuales alcancé yo algunos, aunque ya los que viven no han menester de estas pinturas, por ser más enseñados y cursados en estos misterios, por la abundancia de las lenguas que ahora se saben, de que en general carecían aquellos evangélicos ministros.


Bartolomé de las Casas, en el capítulo CCXXXV del libro 3 del tomo II de la Apologética Historia Sumaria (ca. 1554), abunda en los detalles de la prédica:


Acaece algunas veces olvidarse algunos de algunas palabras o particularidades de la doctrina que se les predica de la doctrina cristiana, y no sabiendo leer nuestra escritura, escribir toda la doctrina ellos por sus figuras y caracteres muy ingeniosamente, poniendo la figura que correspondiera en la voz y sonido a nuestro vocablo: así como si dijésemos amén, ponían pintada una como fuente, y luego un maguey, que en su lengua frisaba con amén, porque llámanlo ametl., y así de todo lo demás. Yo he visto mucha parte de la doctrina cristiana escrita por sus figuras e imágenes, que leían por ellas como yo la leía por nuestra letra en una carta, y esto no es artificio de ingenio poco admirable.


Lo mismo hace fray Joseph de Acosta en las páginas de su Historia Natural y Moral de las Indias (1589):


También escribieron a su modo por imágenes y caracteres los mismos razonamientos, y yo he visto para satisfacerme en esta parte, las oraciones del Paternoster y Ave María y símbolo, y la confesión general, en el modo dicho de indios; y cierto se admirará cualquiera que lo viere; porque para significar aquella palabra "yo pecador, me confieso", pintan un indio hincado de rodillas a los pies de un religioso, como que se confiesa; y luego para aquella "a Dios todopoderoso", pintan tres caras con sus coronas al modo de la Trinidad; y a la gloriosa Virgen María, pintan un rostro de Nuestra Señora, y medio cuerpo con un niño; y a San Pedro y a San Pablo, dos cabezas con coronas, y unas llaves y una espada, y a este modo va toda la confesión escrita por imágenes, y donde faltan imágenes, ponen caracteres, como en qué pequé etc., de donde se podrá colegir la viveza de los ingenios de estos indios.


Un documento franciscano (El orden que los religiosos tienen en enseñar a los indios la doctrina, y otras cosas de policía cristiana, 1570) apunta:


Algunos Religiosos han tenido costumbre de enseñar la doctrina a los indios y predicársela por pinturas, conforme al uso que ellos antiguamente tenían y tienen, que por falta de letras, de que carecían, comunicaban y trataban y daban a entender todas las cosas que querían, por pinturas, las cuales les servían de libros, y lo mismo hacen el día de hoy, aunque no con la curiosidad que solían. Téngalo por cosa muy acertada y provechosa para con esta gente, porque hemos visto por experiencia, que adonde así se les ha predicado la doctrina cristiana por pinturas tienen los indios de aquellos pueblos más entendidas las cosas de nuestra santa fe católica y están más arraigados en ella.

A lo menos una cosa entiendo que sería de grandísima utilidad para la cristiandad de estos naturales y para que en breve tiempo fuesen tan arraigados en la fe como otras naciones, y es que se mandase que en todas las escuelas adonde congregan los niños para enseñarlos a leer y escribir y la doctrina se pintase la misma doctrina cristiana en la forma más conveniente para que ellos la entiendan, examinando las que los Religiosos han tenido para este efecto y tomando de ellas lo mejor; y que por aquellas pinturas se les diesen a entender a los muchachos en su tierna edad los misterios de nuestra fe, pues es cosa natural imprimirse en la memoria lo que en aquel tiempo se percibe; y para percibirlo ya presuponemos, como es así, que para los indios el mejor medio es la pintura.


La producción de este tipo de documentos, iniciada en el siglo XVI, se habría extendido hasta principios del siglo XVIII (o incluso más allá, según algunos investigadores). Los religiosos que no lograban manejar con fluidez las lenguas indígenas de los pueblos que evangelizaban (o idiomas como el náhuatl, que podía considerarse una especie de lingua franca) encontraban muy útiles esos recursos didácticos. Las glosas agregadas servían como ayuda-memorias para expresar conceptos que, por su complejidad, necesitaban ser pronunciados en la lengua nativa; por lo general fueron escritas en náhuatl, aunque también las hubo en hñähñu ("otomí") y en jñatjo ("mazahua"). Hay que señalar también la importancia de los colores, dado el valor semántico que aquellos tenían para la audiencia indígena.

La elaboración de esos materiales habría estado en manos de los jóvenes tlacuilos (escribas) y catequistas que acudían a escuelas como las de Pedro de Gante, y que antes habían estudiado en el calmecac: la institución nativa en la que se formaban los nobles o pipiltin, entre otras cosas, en las destrezas de la escritura.

Glass (1975) habla de 35 catecismos indígenas conocidos hoy, aunque Normann (1985) tiene publicada una lista de 42. Quizás el ejemplar más conocido sea el descrito por Romero de Terreros (1942): un texto con glosas en jñatjo, datado entre 1616 y 1771, que se encontraba en su colección personal. El texto fue reeditado por Nicolás León en 1968.

Otro de los manuscritos más analizados y citados es el que dio a conocer León Portilla en 1979, con glosas en náhuatl perteneciente a la Colección Gómez Orozco del Archivo Histórico del Instituto Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México.

Hay cuatro catecismos indígenas en la colección mexicana del Departamento de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia, catalogados con los números 076, 077, 078 y 399. El códice 076 tiene glosas en hñähñu, mientras que las del 077 y el 099 están en náhuatl. Todos ellos están manufacturados en papel europeo, y en la actualidad se encuentran digitalizados y están disponibles en Gallica, el sitio web de la BNF.

Otros ejemplares destacables son el catecismo de fray Pedro de Gante guardado en la Biblioteca Nacional de España en Madrid (Cortés Castellanos, 1987); el manuscrito conservado en el Museo Británico sobre el cual trabajó Balmaceda (1993); y uno del siglo XVI, con glosas en jñatjo, que se encuentra en el Museo Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México (Resines Llorente, 1992).

La costumbre de narrar historias sirviéndose de ilustraciones no fue un patrimonio exclusivo de las culturas mesoamericanas ni de los frailes que, como Jacobo de Testera, buscaron evangelizarlas a golpe de dibujos y glosas: era una técnica ya utilizada, entre otros muchos lugares, en Europa, con objetivos igualmente misionales en muchos casos, pero no solo. En España estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XX: los juglares ciegos se ayudaban de los célebres pliegos de cordel para contar noticias a los campesinos que no sabían leer los periódicos, cantándolas al son de una zanfona, un violín o una guitarra, y apoyando su relato en los dibujos, generalmente estructurados como un moderno cómic.

La particularidad de los "catecismos testerianos" fue el aprovechamiento de los códigos indígenas al elaborar sus ilustraciones. Unos códigos ―formas, colores, posiciones, distribuciones― que terminarían desapareciendo junto a sus cultores y a sus principales soportes materiales. Gracias, entre otros, al proceso de evangelización y a los misioneros católicos.

 

Referencias

Balmaceda, María Luisa (1993). Un catecismo del siglo XVI. México: INAH.

Cortés Castellanos, Justino (1987). El catecismo en pictogramas de fray Pedro de Gante. Madrid: Fundación Universitaria Española.

Glass, John B. (1975) A Census of Middle American Testerian Manuscripts. HMAI, 14. Nueva Orleáns: Tulane University.

León, Nicolás (1968). Un catecismo mazahua en jeroglífico testeramerindiano. México: Biblioteca Enciclopédica del Estado de México.

León Portilla, Miguel (1979). Un catecismo náhuatl en imágenes. México: Cartón y Papel de México S.A.

Normann, Anne Whited (1985). Testerian Codices: Hieroglyphic Catechisms for Native Conversion in New Spain. Nueva Orleáns: Tulane University.

Pérez Reyes, Kathia Liliana (2011). Los catecismos indígenas y su importancia como medio de evangelización en la Nueva España. En Cervantes, Mayán (coord.). La escritura en los códices mexicanos. México: Academia Mexicana de Ciencias Antropológicas, p. 153.

Resines Llorente, Luis (1992). Catecismos americanos del siglo XVI. Salamanca: Junta de Castilla y León.

Romero de Terreros, Manuel (1942). Un catecismo testeriano. Divulgación Histórica, 4, pp. 61-62.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 30.03.2018.

Foto: Catecismo testeriano del Archivo del Centro de Estudios de Historia de México CARSO. En Biblioteca Digital Mundial (enlace).

El texto corresponde al artículo "Las prédicas ilustradas de la Nueva España", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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