Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Palabras ancladas 07

Los trazos sobre el āmatl

Palabras ancladas (VII)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 07" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 11, nº 50, mayo-junio de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Palabras sin cuerpo. Los viejos nos recuerdan que las palabras primeras no tenían cuerpo, salían de la boca recién enjuagadas, como quien sale de un temascal; andaban desnudas de carne y ninguna se avergonzaba de la otra, no tenían cuerpo y a todo lo que tocaban le daban movimiento; los viejos dicen que las mariposas antes de volar fueron palabras que salieron de bocas amables y se colgaron de las ramas de los árboles de amate, en forma de capullos descansaron, de ahí salieron mariposas con alas de pájaro, mariposas con manchas de jaguar, mariposas color de sol, mariposas que se confundieron con las flores del campo, el hablar entonces era florido. Los viejos nos recuerdan que las palabras primeras no tenían cuerpo, que el árbol de amate fue madre para amamantarlas, fue casa para resguardarlas del frío; las mujeres vieron eso, y del árbol de amate cortaron su corteza y sacaron pequeñas casas para que el decir de los viejos quedara y diera alegría en el rostro y firmeza en los corazones de sus nietos. Cuentan los abuelos que de ahí nacieron los libros, del árbol de amate nacieron para proteger las palabras sinceras que buscaban cuerpo, que buscaban casa para protegerse del olvido y luego convertirse en mariposas.

 

El árbol de amate. Eric Doradea.

 

Las mujeres y los pocos hombres que, por su edad o condición, no han cruzado la frontera con Estados Unidos para buscar "un futuro mejor" en las tierras del norte, amanecen atareados en la pequeña comunidad de San Pablito, en el municipio de Pahuatlán (estado de Puebla, centro de México). Deben hervir kilos y kilos de cortezas, ablandarlas a golpes con una mano de piedra, e ir cruzando las tiras que han obtenido, alternadas, para armar una lámina.

Pertenecen al pueblo Hñähñu, también llamado "otomí", y hoy por hoy son los únicos fabricantes artesanales de un bien que ha sido producido en esas tierras ininterrumpidamente desde tiempos prehispánicos: el amate.

El papel amate (del náhuatl āmatl) es uno de los soportes de la escritura nativos de América Central. Una región donde, a lo largo de los siglos, se grabaron signos en arcilla, piedra, madera, telas, caracolas y cueros de venado pero en la que el papel recibió un trato preferencial: ya fuese por su bajo peso, su resistencia, su textura y su capacidad para plegarse y mantener su forma, o por su íntima asociación con lo sagrado.

Pues el amate no es solo el material con el cual se elaboraron los renombrados códices mexicas ("aztecas"). También fue y sigue siendo usado como ofrenda: recortado, pintado, adornado y consumido por el fuego ceremonial, su humo aún es el portador de los mensajes para los dioses, como lo fue en los imponentes templos de Tenochtitlan.

Tras la llegada de los conquistadores, su producción fue prohibida y en su lugar pasó a usarse el papel europeo. Sin embargo, el amate nunca desapareció del todo: ni dejó de fabricarse, ni dejó de escribirse sobre su áspera superficie, incluso durante el periodo colonial.

Ni, mucho menos, dejaron de enviarse ―casi siempre a escondidas― mensajes a los dioses: pequeñas tiras de papel que se arrojaban a las llamas en busca de un puñado de esperanzas en tiempos oscuros.

 

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Las muestras más antiguas de amate que los arqueólogos han desenterrado hasta el momento fueron halladas en el estado de Jalisco, en el sitio de Huitzilapa: un emplazamiento ubicado al noroeste del volcán de Tequila. Desenterradas en 1993, formaban parte de las ofrendas de uno de los pocos enterramientos no saqueados de la "tradición de las tumbas de tiro de México occidental" encontrados hasta el momento.

Además, el amate figura en representaciones iconográficas como el monumento 52, una escultura de piedra perteneciente a la cultura Olmeca y conservada en el conocido sitio de San Lorenzo Tenochtitlán (estado de Veracruz). Por su parte, el códice de papel más antiguo hasta ahora conocido sería el controvertido Códice Grolier, un manuscrito maya datado hacia el siglo XII-XIII de nuestra era.

El origen de este material parece ser maya. Algunas teorías señalan que el āmatl de los pueblos de habla náhuatl podría derivar del papel hun, huun o húun elaborado y utilizado por las sociedades indígenas de lengua maya que habitaron el sur de México, Guatemala, El Salvador y Honduras. Las técnicas de manufactura y el producto se habrían transmitido de cultura en cultura (Olmeca, Tolteca) hasta llegar a los Mexica.

Si bien hay evidencias de que fue empleado durante siglos en toda Mesoamérica ―aunque grupos como los Mixteca prefirieran el empleo de cueros a la hora de escribir―, su uso más intenso tuvo lugar en el valle de México durante el siglo anterior a la llegada de los conquistadores españoles. Las ciudades-estado que formaban la Ēxcān Tlahtōlōyān o Triple Alianza ―Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, 1430-1521― recibían parte del tributo de los pueblos subyugados en forma de hojas de papel: 480.000 anuales fabricadas en casi medio centenar de localidades, de acuerdo al Códice Mendoza. Buena parte de la producción se concentraba en las villas de los Xochimilca y los Tlahuica, en el actual estado de Morelos, cuyo clima permitía el crecimiento de los árboles que proporcionaban la necesaria materia prima.

Los tributos de amate se dividían en tres partes. Una se entregaba a la casa real, que la utilizaba para hacer regalos, o como recompensas, especialmente para los guerreros destacados en combate. La segunda estaba destinada a los templos, en donde el papel era utilizado con fines ceremoniales: como ofrenda, junto a las espinas de maguey, el copal y el caucho, o para hacer banderolas y estandartes sagrados. La última parte iba a parar a manos de los escribas reales, quienes se servían de las hojas para mantener sus registros y producir los amoxtli: los célebres "códices".

Del medio millar de manuscritos mesoamericanos relevados y conservados en la actualidad, una veintena de ellos fueron creados antes de la conquista. Son, hoy por hoy, toda la documentación prehispánica que logró sobrevivir a la llegada europea, y en su mayoría fueron elaborados con piezas de amate: el Códice de Dresde, el de Madrid o Tro-Cortesiano, el de París y el Grolier (mayas), la Matrícula de los Tributos, la Tira de la Peregrinación o Códice Boturini y el Códice Borbónico (mexicas), y los Códices Borgia, Cospi, Fejérváry-Mayer, Laud y Vaticanus B.

El resto (Códices Bodley, Selden, Colombino, Becker I, Nuttall o Tonindeye y Vindobonensis Mexicanus I o Yuta Tnoho) son manuscritos mixtecas hechos con cueros de venado.

 

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Algunos cronistas europeos (como Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas del Nuevo Mundo) dieron cuenta en sus escritos de la producción de papel, aportando a veces datos erróneos o contradictorios (por ejemplo, el uso de fibras de maguey y de palma como materia prima), comprensibles en autores que a menudo escribían sin haber pisado América. Los métodos prehispánicos de fabricación de amate fueron, en todo caso, descritos pobremente. O directamente ignorados: ese es el caso del padre Bernardino de Sahagún en su Historia General de las Cosas de Nueva España: entre los muy detallados relatos recogidos en sus páginas, la elaboración del papel resulta una ausencia llamativa, máxime si se considera que hay un espacio particular dedicado a las tintas y los colores.

Las crónicas hispanas indican, grosso modo, que el amate se obtenía a partir de determinadas cortezas, que se mantenían sumergidas en agua una o dos noches para ablandarlas y poder separar las fibras finas de las bastas. Después se machacaban las primeras con una mano de piedra y se iban cruzando hasta lograr la lámina de papel, que se dejaba secar y se pulía y preparaba luego para la escritura.

Tras la conquista, el amate dejó de utilizarse como tributo y no fue aceptado como pago de los impuestos coloniales. Con escasas excepciones, los códices y los documentos administrativos y religiosos de los estados regionales fueron destruidos. El papel fue perdiendo progresivamente sus roles anteriores, hasta que finalmente las autoridades lo asociaron con prácticas de "magia y brujería" ―al formar parte de los ceremoniales religiosos indígenas― y terminaron prohibiéndolo.

Sin embargo, las comunidades indígenas continuaron fabricándolo y haciendo uso del mismo: en la Colección de Códices Mexicanos de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (México) se conservan ejemplos como el Códice de Huexotzingo (una demanda legal indígena por impuestos), el Códice de Huichapán (uno de los pocos manuscritos Hñähñu que se conocen) o varios de los Libros de Chilam Balam (el de Chan Kan, el de Ixil, el de Tekax, el de Tzimín...). En ocasiones, incluso fue empleado por los colonos cuando había escasez de papel europeo, que llegaba de allende los mares; en otras, se lo utilizó ―junto con tiras de algodón y cueros de venado―para crear códices a pedido expreso de ciertas órdenes religiosas y de las autoridades coloniales, que precisaban obtener determinada información de sus forzados súbditos.

Por otra parte, en las aldeas nativas el amate siguió formando parte de los ritos religiosos: el fraile Diego de Mendoza comentó a Bernardino de Sahagún haber observado, hacia 1570, ofrendas de papel y copal en las dos lagunas que aún ocupan el cráter del Xinantécatl, hoy llamado Nevado de Toluca.

Los que tuvieron más éxito manteniendo el uso del papel fueron algunos grupos de La Huasteca, Ixhuatlán y Chicontepec, al norte del actual estado Veracruz, y de algunas villas de Hidalgo y Puebla. Los registros de fabricación de amate después de 1800 proceden precisamente de esas áreas: zonas montañosas y aisladas, territorio de sociedades como los Hñähñu, que encontraron en la preparación del āmatl una forma de desafiar a las autoridades y de mantener su identidad, lo que a su vez permitió la supervivencia de una tradición de siglos.

En la localidad de San Pablito, la elaboración de amate era un asunto estrictamente chamánico: el papel (que en lengua hñähñu se llama he'mi) solía ser fabricado exclusivamente por los bãdis o "curanderos". En consecuencia, tenía "poderes", y se lo usaba para rituales, como ofrenda directa o para recortar figuras de deidades y espíritus. A mediados del siglo pasado, el interés que mostraron determinados antropólogos por estas prácticas puso el foco sobre el he'mi de San Pablito, que poco después empezó a comercializarse. Los bãdis mantuvieron y conservaron su carácter ritual (el papel es sagrado solo cuando un chamán lo recorta) mientras que el resto de la población ―que hasta entonces no sabía cómo hacerlo― comenzó a fabricar amate para venderlo en los mercados de México D.F.

En la capital, los comerciantes Hñähñu coincidieron con los mercaderes de cerámicas Nahua del estado de Guerrero, que redescubrieron el papel y encontraron que era un medio excelente sobre el cual transferir los diseños de sus vasijas. De modo que, para 1960, el grueso del papel de San Pablito se vendía a los artistas Nahua de villas como Ameyaltepec, Oapan, Ahuahuapan, Ahuelican, Analco, San Juan Tetelcingo, Xalitla y Maxela: cada una de ellas con un estilo pictórico propio, que era plasmado en diseños coloristas sobre papel de corteza.

Si bien San Pablito es la única comunidad que produce papel a nivel comercial, también se sigue fabricando en varios puntos del norte de los estados de Puebla y de Veracruz y del sur del de Hidalgo. En las localidades de Texcatepec y Chicontepec (Veracruz) se elabora exclusivamente para rituales: el más claro se emplea para representar dioses y seres humanos, mientras que al de tonalidad más oscura se lo usa para recortar las siluetas de hechiceros y monstruos.

 

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El amate se hace con la corteza interna de un amplio abanico de árboles. Las especies más apreciadas son las del género Ficus, a las que de manera genérica suele denominarse "higueras" o "higuerones", y entre las que se encuentran el amate (Ficus insipida), el amate negro (Ficus trigonata), la higuera dorada (Ficus aurea), la saiba amarilla (Ficus petiolaris) y los árboles conocidos por los Mexica como amaquauitl: el jonote blanco (Ficus cotinifolia) y el jonote rojo (Ficus padifolia). También se utilizan las cortezas de árboles de los géneros Morus (p.ej. la morera de montaña, M. celtidifolia), Citrus (p.ej. el limero, C. anurantifolia), Heliocarpos (p.ej. la majagua, H. donnellsmithiii) y Trema (p.ej. el capul o guacimilla, T. micrantha).

En San Pablito, el método de fabricación de papel ha cambiado un poco en relación al de otras áreas, que todavía mantienen la lentitud y la paciencia de los ritmos prehispánicos. Mientras que en la variante tradicional la corteza se remoja uno o dos días con cenizas o cal para que se ablande, en la moderna se hierve y se le agrega sosa cáustica, acelerando los procesos y acortando los tiempos. Tras enjuagarla con agua se obtienen fibras cuyo color oscila entre el marrón café y el amarillo pajizo, y que algunos productores blanquean con cloro.

Las tiras de fibras se colocan sobre armazones de madera, formando con ellas una retícula que se golpea con manos de piedra volcánica. Al machacarlas se logra que la materia vegetal exude una serie de carbohidratos solubles, que al secarse funcionan como una amalgama; los Mexica agregaban un adhesivo natural hecho de orquídeas, el amatzauhtli, un producto del que ya no se dispone con tanta facilidad. Para conseguir un acabado liso, se dejan secar las láminas al sol y se las pule (en San Pablito, frotándola con cáscaras de naranja).

Esta industria ha permitido a los artesanos Hñähñu de San Pablito y a trabajadores de pueblos circundantes tener una entrada fija de dinero; en muchos casos, esa cantidad los ha sacado de la pobreza endémica en la que vivían. Sin embargo, la alta demanda de amate está destruyendo los bosques locales: ya no se cortan sólo ejemplares adultos de un puñado selecto de especies arbóreas, sino plantas de todo tipo y de cualquier edad. Por otro lado, el empleo de potentes productos químicos (sosa cáustica y cloro, entre otros), además de contaminar los acuíferos y el medio ambiente en general, ha provocado serios problemas de salud. Si bien las autoridades están intentando tomar cartas en el asunto mediantes campañas de capacitación y concientización, nada indica que, a corto o medio plazo, la situación vaya a cambiar.

 

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El amate ha recorrido un largo camino. En su superficie se trazaron historias y memorias, pictografías y signos alfabéticos, intentando rescatar saberes del olvido y, como decían las viejas narraciones, dar cuerpo a las palabras que nacían sin él.

En ese papel se plasmaron genealogías, saberes, batallas y tributos. Pero también fue el vehículo para las plegarias: manchado con la sangre del oferente, o con unas gotas de caucho derretido, llevaba mensajes no ya a través del tiempo, sino de las dimensiones.

El āmatl sirve actualmente como soporte a los diseños de artistas nativos, que buscan con ellos mantener vivo un pequeño fragmento de su identidad. Pero no se puede olvidar que en un mundo regido por el mercado, el propio proceso de producción y consumo de este material está inmerso en los muchos problemas y vicios provocados por el sistema capitalista.

Aún así, todavía hoy pueden encontrarse figuras recortadas de ese mismo papel de corteza, como ofrendas en rincones de la selva guatemalteca o de las montañas veracruzanas. Los que habitan esas tierras centrales aún recuerdan que viven en un mundo de espíritus. Buenos, representados por siluetas de papel claro, y malos, un poco más oscuros.

 

Referencias

Aguilar-Moreno, Manuel (2007). Handbook to Life in the Aztec World. Oxford: University Press.

Douglas, Eduardo de J. (2010). In the Palace of Nezahualcoyotl. Painting manuscripts, writing the pre-Hispanic past in early colonial period Tetzcoco, Mexico. Austin: University of Texas Press.

Lenz, Hans (1990). Historia del papel en México y cosas relacionadas, 1525-1950. México: Miguel Ángel Porrúa.

López Binnqüist, Rosaura Citlalli (2003). The endurance of Mexican amate paper: Exploring additional dimensions to the sustainable development concept. [Tesis]. University of Twente, Enschede, Países Bajos.

Miller, Mary; Taube, Karl (1993). The Gods and Symbols of Ancient Mexico and the Maya. Londres: Thames and Hudson.

Neumann, Franke J. (1973). Paper: A Sacred Material in Aztec Ritual. History of Religions, 13 (2), pp. 149-159.

Von Hagen, Victor Wolfgang (1999). The Aztec and Maya Papermakers. Mineola (NY): Dover Publications, Inc.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 23.03.2018.

Foto: Detalle de la Tira de la Peregrinación o Códice Boturini (enlace).

El texto corresponde al artículo "Los trazos sobre el āmatl", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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