Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Los muchos caminos 06

Los que manejan los sonidos

Los muchos caminos (VI)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Camino 06" de la columna trimestral del autor titulada "Los muchos caminos", incluida en De bibliotecas y bibliotecarios. Boletín electrónico ABGRA (Argentina, 9 (3), 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Probablemente debido a los orígenes y al recorrido histórico de la institución, la biblioteca estuvo siempre asociada a la palabra escrita en general, y al formato "libro" en particular. Algo que, sobra decirlo, quedó reflejado de forma indeleble en la etimología de su nombre.

La fascinación y el respeto provocados por los signos alfabéticos o silábicos —grabados, pintados, trazados...— han sido una constante entre todas las sociedades humanas. En los libros (asumiesen la forma física que asumiesen) se almacenaron los saberes considerados verdaderos, las leyes y códigos a respetar y seguir, e incluso la mismísima palabra de los dioses.

El valor concedido a esos textos fue inmenso. Ello redundó, lógicamente, en la importancia que adquirieron las bibliotecas como depósitos en los que se almacenaban y organizaban semejantes bienes. Una importancia que por mucho tiempo las convertiría tanto en recintos reservados a unos pocos elegidos como en blancos de los más despiadados ataques.

En la actualidad, la mayoría de los caminos que, como una maraña, atraviesan el universo bibliotecario tratando de explorar todos sus rincones, suelen seguir conduciendo a lo escrito. Pero tales caminos no son los únicos, mucho menos los más interesantes. Más allá de la palabra impresa o manuscrita se abre un horizonte poblado por otros formatos, soportes, canales y códigos a través de los cuales también se mueve mucha información.

Las bibliotecas y otras instituciones de conservación de la memoria ya no son gestoras de textos, sino de documentos, es decir, de todo elemento capaz de almacenar y transmitir conocimiento de cualquier tipo. Dentro de esta amplia categoría entrarían soportes tan "poco convencionales" como las telas pintadas de los Shipibo y los adornos faciales de los Dule, por mencionar un par de ejemplos americanos. El abanico de posibilidades se amplía, y con él la oportunidad de acceder a conocimientos que hasta ahora han caído, indefectiblemente, fuera de la cartografía oficial del saber.

Cabe señalar que los tempranos archivos y bibliotecas contaron con materiales como mapas, ilustraciones o grabados. Pero su número fue insignificante comparado con el de los libros. En la actualidad esa proporción ha cambiado sustancialmente. Ya no se los puede (o no se los debería) etiquetar, como se hacía hasta tiempos relativamente recientes, como "materiales especiales", pretendiendo establecer una diferencia clara entre la colección de documentos textuales y "lo demás". Las categorías usadas para definirlos hoy (documentos sonoros, audiovisuales, tridimensionales, etc.) hacen referencia a su formato y carecen de cualquier tipo de connotación.

Con el aumento de la presencia y la importancia relativa de estos soportes no textuales en las estanterías de las bibliotecas, un puñado de pequeños senderos bibliotecarios transitados por una minoría fueron ganando peso y visibilidad, y fueron robusteciéndose con el desarrollo de metodologías, teorías y conceptos, generalmente tomados de otras disciplinas y adaptados a las necesidades propias. Las secciones de la biblioteca que se ocupaban de esos materiales (mapotecas, hemerotecas, discotecas...) fueron creciendo, y alguna llegó a independizarse y a adquirir vida propia.

Ese fue el caso de las audiotecas.

Como su nombre indica, una audioteca recupera, organiza y difunde información en formato sonoro. Dicha información puede ir acompañada de otros documentos que complementen, amplíen o aclaren su significado, pero el foco se mantiene en el sonido: ya sea palabra hablada, música, ruidos ambientales, voces animales, o una combinación cualquiera de algunas de ellas.

El sonido fue uno de los primeros medios utilizados por los seres humanos para comunicarse y transmitir sus conocimientos. Miles de años después de que la primera palabra fuese pronunciada por un miembro de nuestra especie, la oralidad sigue siendo la forma más importante de compartir saberes, aún entre la población alfabetizada y urbana. Incluso para aquellas sociedades que poseen enormes acervos escritos es válido afirmar que un buen porcentaje de datos (especialmente esos que hacen a la identidad, la memoria y la historia "micro") se sigue transmitiendo exclusivamente de forma oral.

La importancia que han adquirido las audiotecas viene corroborada por el número de organizaciones que nuclean a los profesionales que trabajan en esta área: desde la correspondiente sección de la IFLA ("Audiovisual and Multimedia", y sus paralelos en asociaciones nacionales como el ALA) hasta asociaciones internacionales (International Association of Sound and Audiovisual Archives | Asociación Internacional de Archivos Sonoros y Audiovisuales) o nacionales (Association for Recorded Sound Collections | Asociación de Colecciones de Sonidos Grabados, Association Française des Archives Orales, Sonores et Audiovisuelles | Asociación Francesa de Archivos Orales, Sonoros y Audiovisuales), pasando por redes y grupos de trabajo regionales o locales.

Como ocurre con muchas otras ramas de las disciplinas del libro y la información, la que se ocupa de los materiales sonoros ha sabido aprovechar la revolución digital, con sus nuevos formatos comprimidos, sus canales de distribución masiva y sus versátiles medios de reproducción. Las nuevas tecnologías pueden ayudar a recuperar y difundir historia oral, a desarrollar proyectos etnomusicológicos, a recuperar lenguas amenazadas y a producir y distribuir cartografías sonoras, en esos entornos libres y abiertos que propugnan las "humanidades digitales".

Entre los muchos ejemplos de audiotecas existentes puede mencionarse el trabajo realizado por la del Institut d'Estudis Occitans dau Lemosin (Instituto de Estudios Occitanos del Lemosín), que recupera la lengua y la cultura occitanas en Francia y las difunde libremente vía web, o la del proyecto Ahotsak (Voces), el archivo oral vasco, que hace lo propio recuperando todas las variantes dialectales del idioma euskera mediante la grabación de testimonios de sus hablantes más ancianos. Otro proyecto interesante es Immaterielles (Inmateriales), una audioteca/videoteca francesa que permite la consulta de colecciones audiovisuales inéditas. En América Latina pueden destacarse labores similares desarrolladas por la Fonoteca Nacional de México y por la mediateca de la también mexicana Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, entre otros muchos (y muy ricos) ejemplos posibles.

Sea mediante archivos digitales y complejas bases de datos virtuales, sea mediante carretes de cinta magnetofónica y discos de vinilo, las audiotecas rescatan, protegen, organizan y difunden una parte muy importante de nuestra memoria y de nuestro patrimonio intangible: aquella que se codifica mediante voces, sonidos, ruidos o melodías.

Así como en cierto punto del pasado los bibliotecarios entendieron que esa información sonora también era valiosa, quizás en algún momento del futuro haya espacios en los que se recupere la información guardada en ciertos tatuajes, en algunos patrones textiles, o en los juncos entrecruzados de un canasto. En ese sentido, quedan muchos prejuicios y estereotipos que dejar a un lado y muchos senderos por recorrer.

Y otros tantos por abrir.

 

Referencias

Ahotsak. Archivo oral vasco. [En línea].

Association for Recorded Sound Collections. [En línea].

Association française des archives orales sonores et audiovisuelles. [En línea].

Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. [En línea].

Fonoteca Nacional de México. [En línea].

IFLA. Audiovisual and Multimedia Section. https://www.ifla.org/about-avms

Immaterielles. [En línea].

Institut d'Estudis Occitans dau Lemosin. [En línea].

International Association of Sound and Audiovisual Archives. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 05.12.2017.

Foto: Fanny Cochrane Smith, la última hablante de la lingua franca aborigen utilizada en Tasmania hasta inicios del siglo XX, grabada por Horace Watson, de la Royal Society of Tasmania, entre 1899 y 1903. Los cilindros de cera grabados por Watson componen el único testimonio sonoro que recoge un idioma indígena tasmano, y se conservan actualmente en el National Film and Sound Archive de Australia (enlace).

El texto corresponde al artículo "Los que manejan los sonidos", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


Etiquetas: , , ,


Las entradas publicadas en este blog pueden accederse a través del índice de entradas. También pueden consultarse las tablas de entradas organizadas por título de serie y por palabras-clave.

Las entradas pertenecientes a la serie de notas Conocimiento y biosfera pueden leerse aquí, junto a las de las series Apuntes bibliotecarios(antes Apuntes críticos) y Gotas de animación a la lectura.Asimismo pueden consultarse las distintas entradas de las columnas Palabras ancladas, Los muchos caminos, Palabras habitadas y Libros y lecturas indígenas.

Por último, las conferencias, los artículos académicos y otros trabajos similares pueden consultarse a través del listado completo de publicaciones, o bien revisando el archivo de Acta Académica (de acceso libre) o las plataformas Academia.edu, Issuu, Scribd y Calameo.