Bibliotecas, sostenibilidad y decrecimiento

Sostenibilidad y activismo

Bibliotecas, sostenibilidad y decrecimiento (V)


 

[Este texto corresponde a la versión en castellano del artículo "Libraries, sustainability and degrowth", publicado en Progressive Librarian, 45, Winter 2016/2017, pp. 20-45].

 

¿Basta con poseer una conciencia crítica — a la que uno saca a pasear dos veces al día como haría con su perrito de lanas? No, debería estar claro que no. De poco sirve una conciencia crítica que no se vincule con la acción colectiva. Lo que necesitamos son conciencias críticas en contextos de praxis.

Jorge Riechmann. Tratar de comprender, tratar de ayudar. 12 de noviembre de 2013.

 

En un artículo de 2004, Cairns describe el estado actual del planeta y sus habitantes de esta forma:

 

El siglo XXI representa un momento decisivo para la humanidad. Este periodo globalmente peligroso de la historia humana tiene dos graves amenazas: (1) la extralimitación de la capacidad de carga global para los humanos y (2) los graves daños a los sistemas naturales que sostienen la vida en la Tierra, así como al capital natural y a los servicios ecológicos que provee. Si la humanidad no logra reemplazar las prácticas insostenibles por otras sostenibles antes de mediados del siglo XXI, esta irresponsabilidad y despreocupación hacia el mañana se traducirán en una catástrofe global. La humanidad debe rechazar algunas creencias y cambiar su actitud hacia la tecnología y el crecimiento económico exponencial. La tecnología puede ser muy útil, pero no puede construir una ética o unos valores: la humanidad sí.

 

Fruto de la irresponsabilidad y la inconsciencia colectiva, esta crítica situación es denunciada a nivel internacional por numerosas voces que, amable o vehementemente, se oponen al (insostenible) paradigma actual y advierten que la visión del progreso económico capitalista está viciada; que los días del consumismo están contados; que acabamos de dejar atrás el pico del petróleo; y que la vida tal y como la conocemos está a punto de cambiar de manera significativa y, quizás, irrevocable.

Esas voces son las de los activistas. Y su número y su fuerza crecen día a día.

El activismo está destinado a diseñar, apoyar y dirigir un cambio social, económico, político, educativo o ambiental concreto que permita implementar mejoras, solucionar problemas o llenar vacíos en una sociedad. Según Fuad-Luke (2009):

 

Activismo significa [...] actuar para catalizar, fomentar o provocar cambios, para obtener transformaciones sociales, culturales y/o políticas.

 

Actualmente el activismo ha adquirido formas muy diversas, gracias a la innegable influencia de las nuevas tecnologías digitales y la red de redes global (herramientas que aportan nuevos medios y canales para establecer enlaces y plantear e impulsar propuestas de cambio). Los activistas suelen llevar adelante tanto acciones individuales como colectivas; en este último caso, suelen estar vinculados a algún tipo de movimiento social, definido por Tarrow (1994) como:

 

Desafíos colectivos [a elites, autoridades, otros grupos o códigos culturales] llevados a cabo por personas con propósitos comunes, y solidaridad en interacciones constantes con elites, oponentes y autoridades.

 

En relación a la sostenibilidad y el decrecimiento, si bien existe un activismo "genérico" (vinculado sobre todo a movimientos ambientalistas), aquellos que apoyan estas ideas suelen preferir reunirse en grupos de interés especial. Estos se crean en torno a temas específicos, que pueden tener un enfoque antropocéntrico (p.ej. grupos contra la pobreza, etc.) o biocéntrico (p.ej. grupos por los derechos de los animales, etc.).

Una de las principales tareas de un activista es la recolección, organización y divulgación de información acerca de la temática con la que trabaja. La distribución de esos datos (a través de panfletos, boletines, zines o contenidos digitales) es esencial para la toma de conciencia de una determinada comunidad (o de la sociedad en general), y ayuda a crear espacios de debate crítico e informado en los que se planteen, discutan y organicen posibles acciones. Estas pueden ir desde la resistencia y la creación de propuestas cooperativas a la desobediencia civil, el boicot, el arte callejero, el pirateo de sitios web, las manifestaciones, las huelgas y un largo y variado etcétera.

Speth (2009) hace hincapié en que el primer paso imprescindible a la hora de actuar es mirar de frente la realidad; en este caso puntual, la verdad sobre las condiciones ambientales y sociales actuales (desde el calentamiento global y el cambio climático hasta la pérdida de biodiversidad y ecosistemas, la polución, el agotamiento de recursos, la pobreza, las desigualdades, etc.). En este punto, y como se ha señalado arriba, la información de calidad juega un rol crucial a la hora de entender los qué, los cómo y, sobre todo, los porqué.

La biblioteca puede –debe– formar parte de esos procesos y de esos movimientos. Aunque no tiene por qué limitarse a servir de proveedora de información de los colectivos activistas. Puede asumir muchos otros papeles, mucho más comprometidos, militantes incluso.

 

Referencias

Debido a la longitud de la bibliografía de este artículo, se recomienda la descarga del mismo y la consulta de las referencias en formato .pdf.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 08.09.2017.

Foto: "Vivre autrement", en YouTube (enlace).

El texto corresponde a la quinta parte del artículo "Bibliotecas, sostenibilidad y decrecimiento", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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