Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecas, sostenibilidad y decrecimiento

Realidades innegables

Bibliotecas, sostenibilidad y decrecimiento (II)


 

[Este texto corresponde a la versión en castellano del artículo "Libraries, sustainability and degrowth", publicado en Progressive Librarian, 45, Winter 2016/2017, pp. 20-45].

 

Realidades innegables

 

Hay un negacionismo [...] que se dirige a la crisis ecológica como tal, y especialmente a todo lo que suponga asumir los límites biofísicos del planeta. En este sentido amplio, la cultura dominante es sin duda negacionista.

Jorge Riechmann (2016, p. 32).

 

Al menos desde 19721, en el ámbito internacional se ha reconocido que "el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta pone en entredicho las posibilidades de una vida humana digna en un planeta habitable" (Riechmann, 2014). En 2008, Cairns apuntaba:

 

El crecimiento exponencial de la población en un planeta finito significa menos recursos per capita, y la humanidad depende de los recursos del sistema biosférico que sustenta la vida para su supervivencia. Sin embargo, la humanidad ha actuado, en el pasado, como si no reconociese ninguna de estas obvias realidades.

 

Según señala el resumen de resultados preliminares de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio2 iniciada por Naciones Unidas en 2001, la capacidad de los grandes ecosistemas del mundo (agrícola, de costa, de bosque, de agua dulce, de desierto y de pastizales) para generar elementos y servicios esenciales para la vida (madera y fibra, agua, biodiversidad, almacenamiento de carbono...) está en total declive. Esto, junto al cambio climático y al desmesurado aumento de la población humana y de los niveles de polución, está creando la amenaza más seria a la estabilidad ecológica global que la humanidad haya conocido.

Algunos autores han dado en llamar a esta situación "la Gran Aceleración"3: la existencia de una economía que consume todo lo que la rodea en un intento desesperado por seguir creciendo, y de unas actividades que, en los últimos 60 años, han transformado las sociedades humanas, el planeta y la relación entre ambos. Hoy nadie duda que los cambios estén sucediéndose a un ritmo vertiginoso, pero todavía cuesta reconocer que la clave de esos cambios está en la actividad humana.

 

Las alteraciones inducidas por el ser humano a partir de la Revolución Industrial han sido de tal magnitud que algunos autores se refieren ya a nuestra época como a una nueva era geológica: el Antropoceno4. En ella, el impacto de las actividades humanas se deja sentir en prácticamente todos los sistemas naturales y los cambios tienen lugar con una mayor velocidad e intensidad que en el pasado, con consecuencias impredecibles tanto para los sistemas naturales como para las sociedades humanas. Así, vivir en el Antropoceno significa desarrollarse en un contexto de cambios intensos, rápidos y globalizantes que delimitan un horizonte de gran incertidumbre e impredecibilidad que, por lo general, ni los individuos ni las instituciones están preparados para afrontar (González, Montes y Santos, 2008, p. 71).

 

Uno de los pensadores que más ha reflexionado y mejor ha sintetizado lo apuntado hasta ahora ha sido el ya citado Riechmann:

 

La crisis ecológica no es un problema ecológico: es un problema humano. Se trata de calentamiento climático antropogénico, de sobreconsumo de recursos por las sociedades humanas, de extinción masiva de especies a causa de la conducta humana... El impacto no procede de –digamos— ningún enorme asteroide que hubiese chocado, por algún mal hado, contra la Tierra (tal y como sospechamos que ocurrió en anteriores crisis biosféricas): el impacto lo causamos nosotros. Por eso deberíamos hablar siempre de crisis socioecológica o ecológico-social. Y tener siempre claro que en lugar de "gestión" de los recursos naturales o "gestión" de las crisis ambientales, para salir del atolladero lo que necesitamos es básicamente autogestión humana. Una manera diferente de conducirnos – tanto individual como, sobre todo, colectivamente (Riechmann, 2012).

 

En 2011, un grupo de diecisiete premios Nobel hicieron público un memorando que reclamaba una urgente transición hacia la sostenibilidad:

 

Los seres humanos somos ahora los conductores más significativos del cambio global, impulsando al planeta en una nueva época geológica, el Antropoceno. Ya no podemos excluir la posibilidad de que nuestras acciones colectivas activen puntos de inflexión, arriesgando abruptas e irreversibles consecuencias para las comunidades humanas y los sistemas ecológicos. [...] No podemos continuar por nuestro camino actual. El tiempo para dilaciones ha terminado (RSAS, 2011).

 

En la misma línea y con el mismo tono contundente se expresa Maiso (2015) sobre los cambios antropogénicos, pero va un paso más allá al enmarcar la actividad humana dentro del sistema capitalista globalizado, raíz última de la insostenibilidad5:

 

[...] ya no cabe esperar nada del desarrollo de la sociedad capitalista, nada que no sea destructivo. [...] pocos pueden creer ya que la sociedad de la mercancía pueda traer bienestar para todos. Consignas como sostenibilidad revelan que no son ya accidentes, guerras o catástrofes naturales las que amenazan la vida sobre este planeta, sino el mero business as usual del capitalismo planetario.

 

Las señales son inequívocas. Y aún así, ignorando las evidencias científicas y desestimando las alarmas lanzadas por numerosos estudiosos, organizaciones, instituciones y movimientos ciudadanos, hay muchas voces que aún se empeñan en negar lo innegable: la insostenibilidad del sistema hegemónico. Insisten en minimizar los efectos del capitalismo sobre el planeta y sus habitantes (vid. Radetzki, 2001) o buscan liberar el crecimiento económico de las dos primeras leyes de la termodinámica y de los límites físicos impuestos por la biosfera (vid. Brock y Taylor, 2005). El negacionismo mantenido por el establishment –muy patente en relación a fenómenos como el calentamiento global– ha sido apoyado por algunos estudios académicos, evidentemente financiados por corporaciones con intereses creados.

En la orilla opuesta al negacionismo se halla la gran familia que conforman los distintos movimientos ecologistas, ambientalistas, conservacionistas, etc. Se trata de una corriente de pensamiento y acción preocupada por la protección del planeta y sus habitantes, que denuncia y se opone a las diferentes formas de agresión contra el medio ambiente, a la vez que trabaja para prevenirlas, frenarlas o revertirlas. Si bien algunos de estos movimientos hunden sus raíces en determinadas luchas e ideas de finales del siglo XIX y principios del XX (vuelta a la naturaleza, anti-industrialismo, protección animal), y beben de las obras y el pensamiento de Alexander von Humboldt o H. D. Thoreau, puede decirse que el ecologismo moderno aparece –tal y como se lo entiende hoy– tras la publicación de Silent Spring ["Primavera silenciosa"], de Rachel Carson, en 1962. El libro logró, entre otras cosas, que el público en general tomara una mayor conciencia de los problemas ambientales y de cómo las actividades humanas afectaban al planeta. El ecologismo, liderado por grupos como Greenpeace o Friends of the Earth, ganó notoriedad en los 70', como parte del movimiento contracultural, y logró colocar la temática ambientalista en la agenda pública y política global. En 1970 se estableció el Día de la Tierra mientras, al mismo tiempo, Lewis Mumford publicaba el segundo volumen de The Myth of the Machine ["El mito de la máquina"]; en 1972 se celebró la primera conferencia de Naciones Unidas sobre medio ambiente; en 1979 James Lovelock publicó Gaia: A new look at life on Earth ["Gaia: Una nueva visión de la vida sobre la Tierra"]; y en 1990, Barry Commoner presentó Making Peace with the Planet ["En paz con el planeta"].

En líneas generales, el movimiento ecologista busca conciliar la presencia humana sobre la Tierra con la continuidad de los recursos naturales y la supervivencia de todas las formas de vida. Buena parte de su investigación, sus discusiones y sus prácticas giran en torno al concepto de sostenibilidad. Entendida como "viabilidad ecológica", la sostenibilidad plantea que las actividades humanas (tanto económicas como sociales) no deben deteriorar en modo alguno los ecosistemas sobre los que se apoyan. Deben respetar los límites biofísicos y actuar de manera responsable, pensando en el futuro. La sostenibilidad combina la preocupación por la capacidad de carga de los sistemas naturales con los desafíos sociales, económicos y políticos a los que se enfrenta la humanidad, y que implican el uso de tales sistemas.

A pesar del peso que las ideas esgrimidas por el movimiento ecologista han adquirido en la arena internacional, poco se ha hecho para contrarrestar la pesada huella que el ser humano deja en la Tierra. El tiempo y los medios para buscar (buenas) soluciones a los problemas actuales se acaban y la "ventana de oportunidad" se cierra; tanto, que en su informe de 20136, el Worldwatch Institute se pregunta: Is sustainability still possible? ["¿Todavía es posible la sostenibilidad?"]

 

Notas

[1] En 1972 se publicó el primero de los informes del llamado "Club de Roma", titulado The Limits to Growth ("Los límites del crecimiento"). Se trató de un informe encargado al MIT, financiado por la Volkswagen Foundation, y cuya coordinadora fue Donella H. Meadows. Básicamente, fue una simulación informática en la que se exploraron tres escenarios distintos, jugando con cinco variables (población mundial, industrialización, polución, producción de alimentos y agotamiento de recursos). Dos de los escenarios arrojaron como resultado un colapso total. A pesar de las críticas, puso sobre el tablero internacional la idea de que el crecimiento no puede ser indefinido debido a la finitud de los recursos.

[2] Vid. United Nations (2005).

[3] Vid. IGBP (2015).

[4] El término "Antropoceno" fue introducido en el ámbito científico en 2000 por el químico holandés Paul J. Crutzen (junto a Eugene Stoermer), ganador en 1995 del Premio Nobel de su especialidad por sus aportaciones a la química del ozono en la atmósfera terrestre. Vid. Crutzen y Stoermer (2000). Vid. también Steffen et al. (2011), el análisis en Fernández Durán (2011), la reflexión de fondo en Hamilton (2015), Zalasiewicz et al. (2014), Ruiz de Elvira (2015), Waters et al. (2016) y, por supuesto, los textos de Scranton (2013, 2015).

[5] También Hansen (2013) matiza el término "Antropoceno" al señalar: "El Antropoceno promueve un pensamiento más allá del yo autónomo, pero tiende a fomentar sistemas muy modernos para mejorar las condiciones climáticas [...] el Antropoceno se entendería mejor como una modernidad alternativa más, una afirmación sumamente ambivalente de soberanía humana en este particular momento poscolonial".

[6] Vid. Worldwatch Institute (2013).

 

Referencias

Debido a la longitud de la bibliografía de este artículo, se recomienda la descarga del mismo y la consulta de las referencias en formato .pdf.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 15.08.2017.

Foto: "Degrowth is real anti-capitalism", en UK Indymedia (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "Bibliotecas, sostenibilidad y decrecimiento", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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