Recuperando las hebras que nos componen

De novedades e innovaciones | Conclusión

Recuperando las hebras que nos componen (IV)


 

[Conferencia inaugural del III Encuentro INELI Iberoamérica "Las bibliotecas públicas como artífices de la construcción del tejido social". Medellín (Colombia), 13 de junio de 2017].

 

Mirar al pasado, recuperar tradiciones habladas o dibujadas en cántaros y telas... puede parecer una absoluta y terrible pérdida de tiempo, una inutilidad, un retroceso. Sin embargo, hacerlo es algo absolutamente innovador.

La innovación se ha convertido en una verdadera obsesión en los tiempos que corren. Todos quieren innovar, o al menos aparecer como innovadores, ubicarse en la primera línea: mientras más disruptivos, mejor. Pero la verdadera innovación no es algo revolucionario: es un proceso lento, arduo, comprometido, generalmente ajeno a los brillos y a las fanfarrias.

No todo lo nuevo o lo novedoso es innovador. Se innova cuando se da solución a un problema de una forma que hasta el momento no se había intentado. O cuando se buscan caminos para salir de atolladeros (algo que hacen todo el tiempo los tejidos sociales sólidos). Para ello a menudo es necesario redescubrir, no reinventar, los objetivos esenciales (en nuestro caso, los de las bibliotecas) e intentar nuevas formas de alcanzarlos (algunas serán muy viejas, pero resultarán innovadoras porque no se habían probado antes). Y para eso, no siempre se requiere una abundancia de recursos (sobre todo tecnológicos). Como han demostrado hasta la saciedad numerosas bibliotecas latinoamericanas, la verdadera innovación tiene mucho de creatividad, de ingenio, de encontrar atajos o circunvalaciones para sortear dificultades, de ajustar los pasos al camino.

La mayoría de las nuevas ideas suelen ser una re-formulación de las viejas. Y raramente tienen un éxito inmediato: conviven con el fracaso, y a menudo suponen largos procesos de ensayo-error y de estudio y aprendizaje experimental, hasta alcanzar el resultado deseado.

Por otro lado, a la hora de innovar no podemos eludir ciertas preguntas: ¿Innovar a costa de qué? ¿A qué precio? ¿Dejando qué cosas atrás, o al costado? ¿Apostando por qué valores? ¿Bajo qué circunstancias, por qué motivos, para responder a qué necesidades? Innovar no es dejarse arrastrar por las circunstancias: es abordarlas, analizarlas y actuar consecuentemente, de forma crítica. No es dejarse llevar por los vientos y las corrientes de moda: es poner los pies en la tierra, porque se precisa tener un piso firme si se desea actuar e impulsar un cambio.

Las bibliotecas nunca han dejado de innovar. Está en su propia naturaleza: se adaptan a las necesidades de su comunidad, son flexibles, y saben utilizar los recursos disponibles para solventar las situaciones críticas por las que atraviesan. Ocurre que, guardianas de memorias como son, las bibliotecas siempre han sabido mantener cierta calma y cierta prudencia (al menos hasta tiempos recientes) y han preferido quedarse un paso por detrás de la primera línea de cambio. Para cuidar mejor lo que protegen.

A veces innovar implica prestar atención a lo que nos rodea cotidianamente. Otras, significa tener la valentía de mirarse al espejo (algo que no suele hacerse muy a menudo, o que incluso se evita). O ir un paso más allá del espejo y mirar hacia adentro para dejar de seguir cantos de sirena ajenos y preguntarnos qué es lo que estamos haciendo, qué es lo que queremos hacer, hasta dónde queremos llegar.

En un mundo en el cual el cambio constante parece ser la norma y el movimiento y la velocidad, una necesidad, romper esa tendencia y detenerse resulta algo verdaderamente innovador. Detenerse para tomar distancia. Para respirar. Para mirar hacia atrás y analizar lo andado, lo que ha funcionado y lo que no. Para recomponer lo erosionado, para reforzar hebras sociales muy gastadas. Para cultivar la solidaridad y el respeto, para hacer comunidad, para rescatar diversidad. Para recuperar conocimientos e identidades (por viejas que sean) que nos hagan más fuertes y nos den una mayor resiliencia.

Detenerse y mirar hacia atrás ―y, por qué no, hacia adentro― no solo resulta innovador. También es inteligente, pertinente, necesario, saludable y responsable. Y un poco mágico. Aunque esto último no es más que una licencia personal.

 

Conclusión

A lo largo de esta conferencia me han acompañado en un viaje que nos ha llevado a explorar las características de los tejidos sociales y de las hebras que los componen, así como la importancia de que esas tramas sean sólidas para afrontar una serie de retos. Revisando los pilares que sustentan esos tejidos, hemos encontrado el conocimiento, y nos hemos detenido en el denominado "conocimiento tradicional": esa serie de valores, ideas y saberes acumulados a lo largo de generaciones, que definen buena parte de nuestra identidad y de nuestra cultura y nos dan una mayor capacidad para vivir en comunidad y para reaccionar ante circunstancias variables o adversas. Hemos visto como buena parte de esos conocimientos "tradicionales" se transmiten de forma oral: un medio frágil e inestable (pero al mismo tiempo rico y apasionante) para una información que, en algunos casos, puede resultar única. Como la que, a través de las palabras habladas, aún intentan perpetuar los pueblos indígenas, y otras tantas sociedades etiquetadas como "minoritarias".

Hemos hablado asimismo del rol de las bibliotecas públicas como parte del tejido social, y como medio para ayudar a sostenerlo, entre otras cosas, a través de la recuperación, la organización, la divulgación y el fomento de conocimientos "tradicionales". Finalmente, nos hemos aproximado brevemente a uno de los conceptos-clave de este encuentro: la innovación. Un concepto que no ha sido nunca ajeno al mundo bibliotecario.

Y hablando de innovación quiero cerrar esta conferencia. Durante las últimas décadas, las bibliotecas públicas latinoamericanas han derrochado creatividad. A veces no les ha quedado más remedio que ser innovadoras, incluso revolucionarias: las circunstancias socio-políticas y económicas han convertido el continente en un enorme laboratorio de pruebas, en el que se han ensayado numeroso modelos, cada uno adaptado a un nicho particular, cada uno basado en unos recursos determinados, generalmente escasos. Miles de bibliotecarios han puesto en práctica soluciones imaginativas, y han desarrollado estrategias y métodos para atravesar por situaciones difíciles sin por ello dejar de servir a sus usuarios.

Muchas de las ideas que les he contado hoy ―en realidad, casi todas, pues yo soy un eslabón más en una larga cadena de historias― no son nuevas: derivan directamente de experiencias ya desarrolladas en las bibliotecas de América Latina, cuyos trabajos conocí en primera persona, o en los cuales participé directamente. No sé, pues, si será posible aportar algo novedoso en esta tierra de realismos mágicos, de leyendas vivas, de paisajes increíbles, de mil lenguas y mil sonidos y mil desafíos y mil problemas. Quizás mi aporte se reduzca a una simple reflexión: a la hora de innovar, hace falta volver la vista atrás (seguir hacia delante, como dicen los Aymara). Abrazar las historias y los saberes que recorren nuestro pueblo, una sola gente que son mil gentes. Ser parte activa y plena de este mundo multifacético, en el que hay muchos mundos.

Y, sobre todo, cuidar de todas las hebras que componen nuestros tejidos.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 11.07.0217.

Foto: Mujer Shipibo pintando una tela (enlace).

El texto corresponde a la cuarta y última parte de la conferencia "Recuperando las hebras que nos componen", de Edgardo Civallero, almacenada en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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