Recuperando las hebras que nos componen

De casas del saber

Recuperando las hebras que nos componen (III)


 

[Conferencia inaugural del III Encuentro INELI Iberoamérica "Las bibliotecas públicas como artífices de la construcción del tejido social". Medellín (Colombia), 13 de junio de 2017].

 

Las bibliotecas públicas son espacios comunitarios en los que se almacenan, conservan y difunden los saberes necesarios para las sociedades a las que sirven. Sociedades que, como queda visto, no son bloques monolíticos, sino tramas complejas, más o menos enteras, más o menos desgastadas, hechas de muchísimas hebras distintas.

Numerosos documentos y declaraciones ―probablemente la más importante sea el Manifiesto de la IFLA y UNESCO de 1994― hacen hincapié en la absoluta necesidad de que la biblioteca proporcione servicios a todos sus usuarios, sin establecer diferencias de ningún tipo. Se trata de una aplicación puntual de los mismos principios que guiaron la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y que ponen el foco sobre la equidad y la igualdad de oportunidades. Dos elementos, como queda visto, imprescindibles para que un tejido social sea sólido.

Puede irse un paso más allá, recogiendo las propuestas de esa corriente de pensamiento y acción dentro de la bibliotecología llamada "bibliotecología crítica", "social" o "progresista", y afirmar que una biblioteca no debería estar basada en principios como la competitividad o el individualismo. Debería apostar por la colaboración solidaria, por la justicia social, por el trabajo en red, por el esfuerzo conjunto, por el desarrollo individual como parte del desarrollo comunitario, y por modelos sostenibles, que en algunos casos supondrán la adopción de programas minimalistas y/o decrecentistas. Por un sumaq kawsay y, si se quiere, por un sumaq yachay. En aquellos países atravesados por la cordillera de los Andes, tales ideas podrían sintetizarse en el concepto de minq'a: una reunión de la comunidad para ayudar a uno de sus miembros a realizar una tarea determinada. Se busca apoyar y reforzar todas y cada una de las hebras del tejido social, porque todas ellas son importantes para que la trama no se deshaga. Se busca que todos se involucren y participen, hoy asistiendo a uno, mañana al otro. Se busca que todos avancen con la participación directa, activa y solidaria del resto. No es un sistema perfecto, por cierto, pero ha funcionado por siglos. Aún lo hace.

Siga o no las recomendaciones, los lineamientos y los manifiestos internacionales, toda biblioteca pública, por el mero hecho de serlo, tiene siempre un doble rol que jugar. Por un lado, es uno de los hilos del tejido social: una institución insertada dentro de una comunidad determinada, que padece sus mismos problemas, está sujeta a sus mismas normas escritas y tácitas, está atravesada por todos los vientos de cambio, y comparte hábitos, culturas e identidades. En esa posición, debe interactuar con todas las demás hebras, mantenerlas y ser mantenida, y colaborar en la creación de un entorno que propicie la solidez del tejido.

Por el otro, la biblioteca es el principal almacén público de conocimiento, es decir, el único sitio en donde el saber se encuentra agrupado, organizado y disponible para el uso y disfrute de todos los que deseen hacerlo. Dado que, como queda dicho, el conocimiento es una de las herramientas esenciales para lograr un tejido social resistente, duradero, complejo y rico, el rol que la biblioteca debe jugar en la provisión de información es vital.

Si bien existen excepciones, las bibliotecas públicas hacen todo lo posible por integrarse en su comunidad, por eliminar muros, barreras, vallas o fronteras que las separen de sus usuarios, por abrirse a los espacios comunales y participar en ellos con su presencia y todo lo que puedan aportar, por ser casas del saber. Apoyan directa e indirectamente a aquellos sectores que necesitan de su trabajo (por ejemplo las escuelas o los ateneos culturales) y reciben la ayuda de muchos otros colectivos. Analizan críticamente las necesidades y las posibilidades reales de sus usuarios, conscientes de la diversidad de las mismas, preguntando y dialogando y escuchando y discutiendo, y actúan en consecuencia, de forma responsable, justa y comprometida. Mantienen un pie en el pasado y otro en el presente, proponiendo futuros sin forzarlos. Son espacios y servicios abiertos y flexibles, que se adaptan a las circunstancias sin por ello cambiar continuamente su rumbo. Pues, además, son un faro y un puerto, una referencia. Muchas veces se convierten en verdaderos refugios; otras tantas son los adalides que encabezan y sustentan las luchas y las resistencias. Son pro-activas sin ser temerarias, son creativas sin ser delirantes. Y por todo ello son elementos muy valorados y apreciados por la sociedad a la que sirven. Son hebras esenciales del tejido social.

Las bibliotecas públicas compilan, dentro de sus posibilidades, todos los materiales y las herramientas necesarias para proveer a las sociedades a las que sirven del conocimiento que puedan precisar. Cumplen el rol de almacenes de la memoria común a todas las bibliotecas, permitiendo a los que la visitan asomarse al inmenso acervo cultural que compartimos como especie y que nos hace ser precisamente quienes somos, con todo lo bueno, con todo lo malo... Y a la vez facilitan el acceso al conocimiento estratégico y a los instrumentos necesarios para crecer, para desarrollarse, y para llevar una vida digna. Así, apoyan la alfabetización, la educación y el placer de la lectura; permiten descubrir nuevos saberes y tener nuevas experiencias (al contactar con otros idiomas, con otras culturas, con horizontes insospechados o desconocidos); proporcionan soluciones o puertas y caminos para encontrarlas...

Las bibliotecas ofrecen la seguridad de lo conocido por una parte, y la fascinación de descubrir nuevas oportunidades por la otra. El abanico es tan amplio como los recursos y la imaginación lo permitan.

Sin embargo, por un cúmulo de motivos, los conocimientos "tradicionales" no han sido incluidos en sus colecciones con la asiduidad que debieran, a pesar de tratarse de saberes que, como se ha señalado, resultan esenciales para cualquier grupo humano.

Con sus métodos de trabajo y una amplia experiencia como gestoras de información, las bibliotecas pueden recuperar, organizar, reforzar y divulgar ese tipo de conocimiento, tomando en consideración formatos, canales, contenidos, actores, espacios y formas (algunos de los cuales pueden ser muy distintos al estándar occidental) y abordándolos desde una perspectiva regional, e incluso descolonizadora. El conocimiento codificado oralmente o a través de medios "no convencionales" tendría, así, presencia en la biblioteca. Más allá de enriquecer la colección bibliotecaria y convertirla en el almacén de toda la memoria de su comunidad, vinculándola aún más estrechamente a ella, esa inclusión obraría como un reconocimiento a determinados sectores ―por ejemplo los indígenas― que se han visto sistemáticamente ignorados o representados pobremente. En todos los sentidos del término.

No se trata solo de recuperar saberes: grabar oralidad, recolectar otros soportes y documentarlos... También se trata de utilizarlos. Los conocimientos "tradicionales" fueron creados y han sido mantenidos para estar en circulación, vivos y en constante evolución. Y sobre todo, para ser útiles. Limitarse a recogerlos y almacenarlos elimina buena parte de su valor. Cualquier biblioteca que aborde la gestión de este tipo de elementos debe, en primer lugar, analizar y estudiar su naturaleza, su estructura, su situación y cómo realizar su gestión y tratamiento; algo para lo que, lamentablemente, los bibliotecarios no hemos sido capacitados y sobre lo que hay muy poco dicho y escrito. Algo para lo que, por ende, será necesario mucho aprendizaje, mucha investigación y mucho ensayo-error de la mano de los propios usuarios.

Las bibliotecas públicas pueden usar el conocimiento "tradicional" para reforzar las hebras dañadas de su tejido social. Y para enriquecer a las demás. Pueden lograr que ciertos colectivos sean mejor conocidos, eliminando estereotipos y prejuicios y favoreciendo el intercambio, el aprendizaje y el reconocimiento mutuo; pueden recuperar historias locales que muestren el crecimiento de ciertos espacios, la desaparición de otros, y la presencia humana en todos ellos; pueden desenterrar memorias y costumbres valiosas y revivirlas, y pueden enterrar para siempre algunas costumbres totalmente innecesarias y perjudiciales...

Las nuevas tecnologías pueden unirse a las viejas a la hora de plantear y desarrollar esas y otras muchas actividades. Como todas, las nuevas tecnologías son herramientas que deben utilizarse cuando sea necesario y conveniente; el hecho de que existan no implica que deban usarse, ni que sean siempre necesarias o efectivas, mucho menos que deban imponerse. Además, no podemos olvidar que si bien la tecnología nos permite hacer una serie de cosas, también nos obliga a hacer otras de las que, a menudo, no somos del todo conscientes. Conviene, por lo tanto, mantener una prudente distancia frente a ellas para ver los efectos que introducen las TICs y, seguramente, adoptar algunas medidas preventivas.

Teniendo eso en cuenta, no cabe duda de que las nuevas tecnologías ofrecen muchas oportunidades: desde la elaboración de libros electrónicos sobre historia local construyendo archivos .epub a mano (lo cual no solo es posible, sino muy sencillo y hasta entretenido) hasta la creación de fondos orales en línea con software de uso gratuito y almacenamiento en la nube, pasando por la distribución, a través de determinadas redes y plataformas, de videos, imágenes y grabaciones que recojan sistemáticamente expresiones culturales comunitarias y provean información accesoria sobre las mismas. Siempre deben elegirse con cuidado los formatos y las herramientas más adecuadas para lograr un objetivo: en función del contexto, a veces, un libro cartonero o un fanzine impreso a mano es mucho más eficaz que un ebook; una exposición de fotografías en algún espacio colectivo, auspiciada por la biblioteca y asociada con documentación relevante, puede resultar mucho más convocante que una galería de Flickr; un anuncio radial, mucho más útil que un aviso por WhatsApp o por Facebook; una sesión de narraciones al aire libre, mucho más interesante que un video en YouTube. La práctica demuestra que una combinación de elementos "tradicionales" y "modernos" suele ser la forma de acción más efectiva. Y que deben aprovecharse todas las oportunidades para sumar, a lo que se haga, el valor agregado de los fondos y los servicios bibliotecarios.

Transitando esos caminos, llenos de riquezas a veces insospechadas, la biblioteca pública y sus usuarios acumularán conocimientos y experiencias que posibiliten transformar la realidad social. Y si alguna vez ambos extravían el rumbo, solo tienen que seguir hacia adelante. Según razonan los Aymara, adelante está el tiempo pasado: lo único que podemos ver. Lo único que conocemos. Lo único que es seguro y puede servir de referencia firme.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 04.07.2017.

Foto: Kultrún de los Mapuche (enlace).

El texto corresponde a la tercera parte de la conferencia "Recuperando las hebras que nos componen", de Edgardo Civallero, almacenada en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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