Recuperando las hebras que nos componen

De saberes y tradiciones

Recuperando las hebras que nos componen (II)


 

[Conferencia inaugural del III Encuentro INELI Iberoamérica "Las bibliotecas públicas como artífices de la construcción del tejido social". Medellín (Colombia), 13 de junio de 2017].

 

El conocimiento humano incluye varias esferas, entre las cuales una de las más interesantes es la del conocimiento que puede etiquetarse como "tradicional". Se trata de un acervo de saberes seleccionados, depurados y "curados" por muchas manos, comunitariamente, a lo largo del tiempo; es transmitido de generación en generación, por lo general oralmente y usando unas formas bien determinadas; y recoge lo que un colectivo ―grande o pequeño― ha considerado necesario (o importante) conservar, codificar y transmitir.

En líneas generales, ese tipo de conocimiento es el que compone la cultura básica de un individuo o un grupo y el que determina y mantiene viva su identidad, permitiéndole saber de dónde viene y decidir hacia dónde quiere o puede dirigirse. Curiosamente, es muy difícil darse cuenta de la fuerte presencia que tiene en nuestras vidas: solo cuando se comparan nuestros valores con los de otra persona, o cuando se vive en una sociedad que no es la propia de origen, se perciben diferencias y llegamos a comprender cuan profundas son las raíces de esos saberes que hemos heredado y que, en buena medida, nos hacen quienes somos.

Todos los valores, las enseñanzas, las ideas y experiencias transmitidas durante las primeras etapas de socialización de una persona pertenecen al acervo "tradicional" de un colectivo: desde la idea de familia y los tipos de relaciones mantenidos con cada uno de sus miembros a las reglas de tratamiento y respeto a "extraños" (y la definición de quién lo es y quién no lo es), pasando por normas de comportamiento y convivencia elementales, juegos y canciones, formas de dibujar, comidas y bebidas, creencias, expresiones e interjecciones, formas de reír y de llorar y momentos para hacerlo... Pero no solo eso: en ese acervo se incluyen leyendas y cuentos, mitos de creación y de destrucción, explicaciones sobre el entorno (natural o no) y sus componentes (desde el cielo y el agua a los animales y plantas más cercanos), lineamientos generales sobre la posición del individuo en dicho entorno natural y en el esquema social, narraciones históricas y pseudo-históricas, anécdotas y sucedidos familiares y comunitarios, tabúes y normas no escritas, formas de actuar frente a los principales hitos del ciclo de la vida (nacimientos, muertes, uniones, separaciones, partidas, encuentros), formas de enfrentar problemas y de aprovechar oportunidades, y un muy largo y muy variado etcétera.

La enumeración anterior pone de manifiesto la relación existente entre el conocimiento tradicional y el tejido social. En el primero están codificados buena parte de los planos y las instrucciones necesarias para la construcción de una comunidad, sus lazos y estructuras fundamentales, el diseño de estrategias de conservación, adaptación y transformación, y el desarrollo de conductas como la convivencia pacífica, la colaboración, la participación, la ayuda, el respeto, la distribución de responsabilidades y beneficios... Asimismo, incluye la historia ―muchas veces no escrita― de ese grupo humano: un grupo que puede ser desde una sociedad al completo a un pequeño puñado de individuos con algún rasgo o interés común. En resumidas cuentas, esa forma de conocimiento expresa y transmite los caminos recorridos hasta el momento por determinadas personas y las estrategias que les han permitido recorrerlos juntos.

En líneas generales, los saberes tradicionales de una comunidad se mantienen y transmiten a través de la palabra hablada. No es el único método, por cierto: se hace lo mismo a través de tejidos, pinturas faciales, tatuajes y adornos corporales, cestos, diseños sobre cerámica y sobre calabazas, tallas, esculturas, pinturas y dibujos. Y sí: también mediante libros, revistas, magazines, boletines, cartas y otros formatos escritos e impresos. Pero la palabra hablada es, sin lugar a dudas, la más popular. Esos saberes hablados componen la tradición oral de un conjunto determinado de personas: una tribu urbana, los miembros de un sindicato, los pastores de varios pueblos vecinos, o los intérpretes de determinado instrumento musical...

La palabra hablada se caracteriza por necesitar un oyente y por ser gramaticalmente compleja (mucho más que un texto escrito), rica, dinámica, relativamente espontánea (aunque se sirva de ciertas fórmulas), inmediata e inestable. Y muy frágil. A veces también puede ser engañosa, enrevesada y espinosa, incluso para sus propios cultores: en la tradición oral lo tangible y lo intangible, lo objetivo y lo subjetivo se mezclan tan íntimamente que hay ocasiones en que no se puede distinguir lo uno de lo otro.

Aunque algunas de las piezas de información que la componen estén "fosilizadas", es decir, hayan sido transmitidas sin demasiadas variaciones durante siglos, la tradición oral es flexible y cambia: pierde parte de su contenido y gana otros nuevos, o sufre modificaciones más o menos notables a distintos niveles. Tales cambios pueden ser forzados, pero por lo general responden a las necesidades de un tejido social determinado, que también cambia y precisa adoptar otras reglas, otras normas, otras visiones de su historia, otras costumbres y tradiciones. O simplemente tiene que ajustar las viejas para reflejar mejor los nuevos tiempos.

La tradición oral se transmite en dos direcciones: verticalmente ―entre generaciones diferentes― y horizontalmente, entre los miembros de la misma generación. Por lo tanto, además de perpetuar un corpus de conocimientos, esta forma de transmitir información estrecha los lazos sociales entre pares y entre mayores y jóvenes, fortaleciendo un buen número de estructuras comunitarias. Asimismo, favorece los procesos de socialización y de educación, la producción cultural, y la vitalidad de las lenguas, especialmente las consideradas "minoritarias".

Las formas y los cauces que la tradición oral tiene para reunir y transmitir sus contenidos tienen por único límite la imaginación de sus productores. Puede ser canto o cuento, declamación épica o rima infantil. Puede ir acompañada de gestos o de música, ser parte de una expresión cultural más amplia ―como el teatro o la danza― o no. Puede darse en un bar o en una cocina, en un taller o en un aula, en un contexto formal o en un ambiente informal. Puede narrar anécdotas sencillas o la genealogía de toda una familia real, humana o divina, desde el principio de los tiempos.

Y los contenidos transmitidos... son prácticamente infinitos. El mapa mental de los pastos para las llamas, o los sitios de recogida de marisco en una costa accidentada, con toda su detallada micro-cartografía. La historia de la invención de una bebida, la de la composición de una pieza musical, la de la creación de un dicho o un refrán, la que existe detrás de una foto... Las instrucciones para gestionar correctamente un pedazo de bosque o un río, para cuidar un cultivo, para encontrar una planta medicinal. La trayectoria de un partido político, de una empresa, de una fábrica, de una editorial, de un kiosco. El relato que atraviesa un libro, una esquina en una ciudad cualquiera, un muro cubierto de grafiti... Todos esos contenidos, por pequeños e insignificantes que parezcan, son pedazos de nuestra memoria, de nuestra historia, de nuestra esencia. Partes de nosotros como personas, como miembros de una sociedad, como componentes de un grupo, como habitantes de un lugar...

La tradición oral no se limita a aquellas sociedades o colectivos que no manejan las destrezas de la lecto-escritura; está vigente también entre las sociedades alfabetizadas. En realidad hay muy pocas ramas de la actividad humana que carezcan de un corpus oral asociado a ellas, por mínimo que sea. En las comunidades urbanas contemporáneas, la tradición oral tiene una presencia fuerte, especialmente entre aquellos grupos sociales (llámense minoritarios, desfavorecidos, alternativos o disidentes) que no han podido, por el motivo que sea, difundir sus opiniones y memorias por escrito. Pero también canaliza determinados saberes entre los sectores alfabetizados hegemónicos: mantiene vivos recuerdos familiares, historias locales, experiencias individuales o grupales relacionadas con ciertos acontecimientos históricos, tradiciones, juegos, artesanías... Por ende, además de servir de base al tejido social, como queda dicho, estas narrativas completan y equilibran la "historia oficial": esa historia generalmente hecha "a medida" que explica un pueblo, una cultura o un país. Y permiten la existencia de pluralidad y diversidad, dos valores que generalmente se dejan de lado para favorecer los discursos dominantes y la historia única.

A pesar de haber sido ignorada e incluso despreciada por muchas disciplinas académicas ―sobre todo cuando se la ha comparado con la escritura― la oralidad ha estado en todas partes, todo el tiempo. Está aquí, ahora mismo. Ha servido para la construcción y transferencia de conocimiento en cada lengua natural existente en el planeta desde que nuestra especie comenzó a hablar. La práctica totalidad de las experiencias, los proyectos, los sueños y los miedos de la humanidad, individuales o grupales, fueron dichos, fueron pronunciados en algún momento de su historia.

Una de las principales razones de la importancia de la tradición oral radica en ser el canal de saberes que, generalmente, no se encuentran en ningún otro lugar que no sea en las palabras habladas; saberes que se refieren a acontecimientos, procesos, ideas, valores y experiencias que no aparecen reflejados en ningún otro documento. De hecho, en ciertos casos la tradición oral transmite información al borde de la desaparición, codificada en lenguas igualmente amenazadas; se convierte así en el último refugio para un cierto conjunto de datos y, de esa forma, obtiene un considerable valor adicional.

Parte de esta tradición intangible ha sido plasmada, por diferentes motivos y mediante distintos métodos, en soportes físicos; es decir, ha sido convertida en documentación tangible, ya sean textos escritos o impresos, o materiales gráficos o audiovisuales. Esto libra a esos contenidos de la inestabilidad de lo oral y de un destino incierto, aunque, al mismo tiempo, los aísla de la cadena de continua revisión y transformación que sufre toda tradición oral, y de todo su riquísimo contexto, lo cual implica una pérdida sustancial de información.

Otra parte, sin embargo, todavía circula de boca en boca, desprovista de sujeción o anclaje a un elemento material. Es la parte más delicada, y la que más atención y cuidado necesita. En especial cuando pertenece a las hebras más ajadas de los tejidos sociales: esas que sufren presiones, discriminación, olvidos continuos... En ese caso los canales orales suelen estar muy dañados, y en ocasiones han dejado de funcionar, con la consiguiente pérdida de contenidos.

Una de esas hebras deshilachadas, aunque con excepciones, son los pueblos indígenas. No son los únicos, por cierto: en América Latina, las comunidades de afro-descendientes y muchas poblaciones campesinas y peri-urbanas sufren el mismo maltrato, desgaste y deterioro. El caso de las sociedades originarias suele recibir mayor atención por tratarse de colectivos históricamente subyugados, ninguneados y sometidos a todo tipo de presiones, injusticias y maltratos. Las condiciones socio-económicas en las que subsisten suelen distar de ser siquiera aceptables, y los problemas a los que deben enfrentarse de manera cotidiana están lejos de la imaginación del resto de sus conciudadanos.

Los pueblos indígenas fueron víctimas de las potencias coloniales y lo han sido de los gobiernos independientes que las sucedieron: padecieron sus políticas de genocidio y luego las de aculturación y "civilización". Las naciones nativas que lograron sobrevivir hasta el día de hoy lo han hecho con su patrimonio intangible significativamente mermado. Y si bien han recibido apoyos para detener y revertir, entre otras cosas, los fuertes procesos de erosión cultural que sufren, no se ha avanzado demasiado, más allá de las declaraciones de buenas intenciones.

Con todo, algunas de estas comunidades poseen tejidos sociales sólidos, que les han permitido identificar y defenderse de las agresiones, superar no pocas dificultades y afrontar numerosos cambios sin renunciar a su identidad y a su cultura. Han conservado su lengua, sus valores, sus memorias y sus ideas, y han ido incorporando elementos nuevos y modificando algunos de los antiguos para responder mejor a sus necesidades actuales. Es el caso de los Aymara en Bolivia, o de los Otavaleño en Ecuador. Además han sabido sumarse colectivamente a tejidos sociales más amplios (la sociedad boliviana y ecuatoriana en general, en los ejemplos anteriores), aportando sus conocimientos y sus ideas.

Sin embargo, la situación de la mayoría de los pueblos originarios es bien distinta: la destrucción de sus estructuras sociales, el descalabro de sus identidades y los reiterados golpes recibidos por sus culturas son procesos alarmantes y conducen, casi indefectiblemente, a su desaparición como sociedades, así como a la pérdida de sus lenguas y de muchos de sus conocimientos.

Esto último conlleva un menoscabo enorme en la diversidad humana, y el subsecuente empobrecimiento de nuestro patrimonio cultural global, cada vez más homogéneo y monocromo. Conlleva la pérdida de cientos de miles de volúmenes de la biblioteca intangible de nuestra especie: cosmovisiones irrepetibles; información selecta sobre ecosistemas, cultivos y farmacopeas; composiciones musicales y poéticas de miles de artistas anónimos; guiños, risas, hábitos, comidas, suspiros, sueños... E historias que cuentan el origen de todos y de todo.

Pero no se trata solo de los contenidos: también de las formas usadas para encapsularlos, y de los medios empleados para difundirlos. Están los juegos de hilo de los Wichi de Argentina y las calabazas grabadas de los Quechua de la sierra central peruana, los complejos ülkantun de los Mapuche y el canto-cuento de los Qom acompañados por el rabel mwiké de una cuerda, las fórmulas recitadas para la adivinación mediante hojas de coca de los Chipaya de Bolivia y las musitadas para pedir permiso a los dueños del bosque de los Mbyá de Argentina, el diseño de las máscaras de los Ayoreo de Paraguay y los complejos dibujos de los Shipibo de Perú... Todo eso y mucho, muchísimo más.

Si los pueblos indígenas o cualquier otro colectivo se desintegran y se desprenden del tejido social global, la trama quedará debilitada, y el resto de hilos mucho más expuestos y desprotegidos, faltos de nudos que los enlacen.

Un gran número de voces, pasadas y presentes, en contextos rurales y urbanos, han encontrado y siguen encontrando refugio en el conocimiento "tradicional" y en todas sus formas de transmisión. Todas ellas forman parte de la memoria humana. Si las bibliotecas están destinadas a ser las gestoras de esa memoria, deben incluir estas frágiles expresiones en sus colecciones.

Especialmente si tales bibliotecas pretenden jugar un rol en el sostén y fortalecimiento de los tejidos sociales dañados, que tanto abundan en estos inciertos tiempos que corren.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 27.06.2017.

Foto: Pintura facial de los Kayapó. Perteneciente a la película documental Nossa pintura (Brasil, 2014) (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte de la conferencia "Recuperando las hebras que nos componen", de Edgardo Civallero, almacenada en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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