Recuperando las hebras que nos componen

De hebras y tejidos

Recuperando las hebras que nos componen (I)


 

[Conferencia inaugural del III Encuentro INELI Iberoamérica "Las bibliotecas públicas como artífices de la construcción del tejido social". Medellín (Colombia), 13 de junio de 2017].

 

Las famosas llicllas, las coloridas mantas tejidas utilizadas a lo largo y ancho de los Andes centrales, nacen de la unión de hilos de distintos grosores y tonos, combinados de manera que permitan crear un diseño y, en muchos casos, contar una historia a través de una secuencia estructurada de imágenes. Los dedos que tejen seleccionan los hilos con la wich'una, un punzón de hueso de llama, mientras la lanzadera va y viene, viene y va, produciendo de a poco un complejo patrón. De la misma forma nacen los muchos tipos de textiles elaborados en la altiplanicie de Guatemala, en la Patagonia chilena o en las montañas de México. Así también fueron confeccionados los célebres tapices europeos: esos en los que se narraron batallas, se perpetuaron leyendas, se mostraron paisajes...

Evidentemente, existen tejidos elaborados con un mismo tipo de hilo. Pero cualquiera que conozca al menos un puñado de los muchos misterios y secretos del telar sabe que la diversidad de los materiales y de los puntos es un valor agregado: uno que proporciona mayor fortaleza y resistencia a la tela final. Sabe también que sin texturas ni colores no se pueden crear patrones o dibujos y, por ende, es imposible contar una historia, transmitir un mensaje o compartir un código.

El tejido social funciona de manera similar. La propia expresión, "tejido social", evoca hebras que se cruzan, que se tocan, que se enredan, que se sostienen entre sí, todas ellas importantes, todas ellas necesarias y valiosas... De eso se trata, precisamente: de la trama compuesta por todos los miembros de una sociedad, un grupo o una comunidad, sus rasgos y valores ―sociales, culturales― individuales y comunes, sus identidades, sus saberes y tradiciones, sus ideas y sus creencias... Pero no solo las hebras son importantes: también lo son sus interacciones y relaciones (la forma en la que se enganchan y se entrecruzan) y los esquemas en los que todos esos elementos se organizan en una única trama.

Los artesanos de la aguja y el telar a lo largo y ancho del mundo suelen tener claro el diseño que quieren crear antes de ponerse siquiera a enhebrar hilos. También son conscientes de que no pueden usar lana de mala calidad, y de que han de poner mucho cuidado en su trabajo, para que no queden ni huecos ni puntos débiles en la trama, algo que echaría a perder el resultado. Las sociedades humanas no tienen un tejedor o una tejedora que se encargue de organizar sus hebras, de reforzar aquellas que parezcan más flojas, de relacionar unas con otras de esa forma sabia y consecuente con la que suelen hacer las cosas las artesanas y los creadores. Nosotros, nosotras, es decir, los hilos de esas sociedades, en una ardua tarea de autoconstrucción (individual y colectiva), nos hemos anudado, enredado y entrelazado unos con otros, convirtiéndonos a la vez en artífices del tejido.

Un tejido, unos tejidos, que, con mayor o menor fortuna, las distintas sociedades humanas hemos sido capaces de crear y de mantener durante milenios. Aunque, como era de esperar ante una tarea tan compleja, los desafíos y los problemas han sido numerosos. Y no siempre hemos sido capaces de darles una solución apropiada, como demuestran las brechas étnicas y nacionales, los abismos entre clases sociales y económicas, las diferencias entre géneros y entre generaciones, las inmensas distancias entre credos e ideas, los numerosísimos estallidos de violencia y conflicto, o la crisis socio-ecológica en la que estamos inmersos, por citar solo algunos de los retos y amenazas que existen actualmente.

Pero además de complejo, el urdido de nuestras sociedades es una labor eternamente inacabada. Las circunstancias a las que se enfrenta una sociedad, así como sus aspiraciones y sus búsquedas, van cambiando con el paso del tiempo. También lo hacen sus identidades y sus rasgos culturales. Todos esos sucesos sacuden un tejido social y ponen a prueba su solidez, la conveniencia de su diseño, la ingeniosidad de su estructura, la relevancia de lo que representa... A veces no queda más remedio que destejerse y volver a tejerse, reformularse como individuo y como sociedad. Esa reformulación, ese ejercicio de repensarse y recomponerse, lejos de la pretensión de crear un hombre nuevo y una nueva sociedad, supone ―de manera mucho más modesta, pero también mucho más realista― mantener, conservar aquello que hace posible su existencia; reformar, modificar y corregir lo que sea necesario; y transformar radicalmente lo que amenaza con destruirla.

En la actualidad, entre los muchos oleajes, sacudidas y temblores que afectan a las sociedades globales se encuentran la caída en la pobreza y la indigencia de enormes sectores sociales en todo el planeta, la profundización de la brecha entre ricos y pobres, y el aumento de las desigualdades; el desarraigo forzado de poblaciones enteras y el establecimiento de corrientes migratorias que buscan oportunidades que pocas veces encuentran; la merma de posibilidades presentes o futuras para las generaciones jóvenes; la imposibilidad de acceder a derechos sociales básicos que permitan a una persona llevar una vida digna (educación, salud, empleo, vivienda, alimentación); los conflictos desencadenados por la escasez de recursos naturales no renovables, el cambio climático y la pérdida de diversidad; el auge de la intolerancia y el fundamentalismo, y la guerra como único método de solución de diferencias... Esta inestabilidad creciente en lo social ha estado íntimamente ligada a una serie de embates en el terreno de las ideas: el establecimiento de la cultura de consumo, la privatización y la mercantilización de todo tipo de bienes (incluyendo los comunes), la competitividad y el individualismo a ultranza como principios de acción y comportamiento, lo público como escollo, la pérdida del sentido de comunidad y de valores como la solidaridad, el diálogo o la cooperación...

Resulta desalentador contemplar semejante estado de cosas, asomarse a semejantes abismos, pero ese es nuestro primer desafío: hacernos cargo de la realidad. El segundo es (re)componer un tejido social sólido que sea capaz de enfrentarse a algunos de esos peligros y de construir refugios ante otros.

Un "tejido social sólido" es aquel en el que hay justicia y equidad, es decir, distribución justa de los recursos, igualdad de oportunidades y garantía de todos los derechos básicos. Los individuos que lo componen se sienten seguros y confían tanto en la estructura social como en el resto de quienes participan en ella.

Un "tejido social sólido" es aquel en el que existe un sentimiento de colectividad y de comunidad, y en el que cada cual reconoce el valor de las distintas contribuciones individuales y grupales al todo, y la importancia de su compromiso y su participación. Es un espacio en donde existe diálogo, intercambio, debate crítico, aportes continuos, colaboración...

Por último, un "tejido social sólido" es aquel en el que existe un sentimiento de pertenencia que resulta de experiencias compartidas y de relaciones fuertes y estables. Un sentimiento que hace que un individuo se sienta cómodo siendo parte del conjunto.

En un tejido social que carezca de estos elementos, las hebras terminan desgastadas o rotas y comienzan a caer. La estructura se vuelve rala y apenas si logra mantenerse unida, y en los casos más serios, termina deshaciéndose. Las hebras desgastadas son individuos o grupos excluidos, minorizados, aculturados, atacados, olvidados, maltratados, invisibilizados, engullidos y triturados por la actual maquinaria capitalista de producción y consumo... Son individuos o grupos que tienen que soportar prejuicios, odio, violaciones sistemáticas de sus derechos más elementales, y las imposiciones de sectores que, por una miríada de motivos, ocupan posiciones dominantes, oficiales y mayoritarias. Todos ellos, desprovistos de una estructura social que los contenga y los enlace con otros para formar parte de un tejido común, quedan expuestos a la intemperie. En los Andes se los conoce como wayra apamushqa: en quechua, "los traídos por el viento".

Es inevitable que todos los tejidos sociales se enfrenten a cambios continuamente. La especie humana no ha dejado de evolucionar, de avanzar y retroceder y perderse en meandros intentando hacerse un camino, o al menos encontrar alguno que le resultase propicio o transitable. Afrontar esos retos, responder a ellos de forma medianamente acertada, aprovechar sus ventajas, prevenir, reducir, absorber o remediar el impacto y el daño que puedan provocar, tener capacidad de resiliencia, de adaptación y de aprendizaje, y hacerlo como comunidad, es lo que ha caracterizado a los tejidos sociales más exitosos.

Uno de los recursos que permiten tomar decisiones informadas a la hora de estructurar el tejido social, de mantener su solidez y de ayudarlo a hacer frente a las mudanzas y las dificultades es el conocimiento: una herramienta básica indispensable a la hora de reaccionar ante una oportunidad o una amenaza.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 20.06.2017.

Foto: Tejido de los Shipibo, en Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú (enlace).

El texto corresponde a la primera parte de la conferencia "Recuperando las hebras que nos componen", de Edgardo Civallero, almacenada en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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