Libros y lecturas indígenas 01

Breve recorrido de cinco siglos

Libros y lecturas indígenas (I)


 

[Una versión de este texto fue publicada como primera entrada de la columna del autor titulada "Libros y lecturas indígenas", incluida en el Observatorio Iberoamericano del Libro, la Lectura y las Bibliotecas del CERLALC (febrero de 2017). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Podría pensarse que las trayectorias de la historia de los libros escritos en lenguas indígenas y la de la lectura entre los pueblos nativos de América Latina hubieran tenido que ser coincidentes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: esas historias comenzaron y se desarrollaron por separado, y solo en tiempos recientes una y otra unieron sus pasos y sus senderos.

Cabe señalar, además, que dicha confluencia no se ha producido del mismo modo en todos los pueblos, e incluso sigue siendo una asignatura pendiente en numerosos lugares.

Para acercarse a los libros y las lecturas indígenas, para conocer sus características y su situación actual y entender muchas de las problemáticas del sector, es preciso reconocer esta diferencia de recorridos e identificar todos los elementos (internos y externos) que mantuvieron ―y, en ciertos casos, aún mantienen― ambos procesos separados.

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A lo largo de su historia, los saberes acumulados por la especie humana hallaron numerosas formas de ser expresados y transmitidos. Incluso antes de la aparición o la adquisición de la escritura, medio que parece el más sólido ―a menudo también el más "natural"― en nuestras sociedades actuales. Y después de ella. Entre esas formas se encuentra la palabra hablada, a través de la cual se difunde una rica tradición oral, una no menos nutrida historia oral, y lo que el lingüista ugandés Pio Zirimu bautizó como oratura (evitando así la contradicción implícita en la expresión "literatura oral").

Antes de la llegada europea, en América ―Abya Yala― los conocimientos se transmitieron sobre todo a través de la oralidad. Hasta entonces, contadas sociedades se habían apoyado en soportes materiales, y cuando lo hicieron ―empleando sistemas pictográficos, como los usados en los códices mesoamericanos, o mnemotécnicos, como los khipu andinos― fue solo para unos determinados contenidos y tuvieron un uso limitado: genealogías e historias, repartos de tierras, mitos fundacionales, datos contables...

A partir de ese momento, las principales lenguas indígenas americanas ―o, al menos, aquellas que lograron sobrevivir a la invasión, la conquista y el proceso colonizador― irían siendo lentamente relevadas y codificadas mediante distintas adaptaciones del alfabeto latino utilizado por los conquistadores. Sin embargo, los conocimientos nativos siguieron transmitiéndose oralmente. Pasarían un par de siglos antes de que las letras, manuscritas o impresas, recogieran las tradiciones propias de las sociedades originarias, y algún tiempo más hasta que esos escritos fueran producidos y/o leídos por los propios indígenas y se convirtieran en verdaderas herramientas para divulgar y perpetuar sus saberes.

En la actualidad, son demasiados los casos en los cuales esa tercera etapa aún no ha tenido lugar.

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Los primeros libros en lenguas indígenas fueron escritos e impresos durante la época colonial. Y fueron, sobre todo, instrumentos para cristianizar.

Las objeciones en torno a la legalidad de la conquista, ocupación y colonización española de los territorios americanos obligó a la monarquía ibérica a justificar su presencia en el continente por un motivo: la evangelización. Una tarea que, para las órdenes religiosas que la asumieron, precisó del aprendizaje de las lenguas locales, requisito indispensable para el trabajo de los misioneros desde los inicios del cristianismo.

La conquista espiritual ―que acompañó la militar― forzó la producción casi simultánea de materiales lingüísticos primero y de textos litúrgicos en hablas locales después, un fenómeno que no se ha dado en ninguna otra época ni en ningún otro lugar. A través de los primeros se estudiaron, recogieron, sistematizaron y describieron las lenguas indígenas y algunas de las expresiones culturales que ellas codificaban. Pero tanto esas obras como las litúrgicas estaban producidas por religiosos para religiosos (en absoluto para indígenas) con el único fin de facilitar la conversión al catolicismo de los pueblos subyugados. Así mismo, a medida que se iba cumpliendo ese objetivo, en las colonias hispanas se impuso el uso del castellano; al respecto, son claras las recomendaciones de Carlos II en 1688, y tajante la cédula de Carlos III del 10 de mayo de 1770. Esta última buscaba "que de una vez se llegue a conseguir el que se extingan los diferentes idiomas, de que se usa en los mismos dominios, y solo se hable el castellano".

A lo largo del siglo XVI, pues, se editaron "artes" y diccionarios (que permitieron a los misioneros el estudio de gramáticas y la adquisición de vocabulario) y traducciones de textos religiosos (doctrinas, catecismos, confesionarios, sermones, misas, etc.) en los idiomas originarios latinoamericanos más importantes. La presencia temprana de la imprenta hizo que los textos no quedaran manuscritos, y que pasaran pronto a letras de molde. Y viceversa: hay una relación directa entre una producción constante de obras para evangelizar y el florecimiento de las primeras imprentas del Nuevo Mundo (México, Lima, misiones guaraníticas...).

Cabe señalar, sin embargo, que existieron notables excepciones a la orientación general de las publicaciones y manuscritos de esos años. Son los casos de algunos religiosos ―fray Bernardino de Sahagún, por ejemplo― que, por distintos motivos (no exentos de intereses creados) recogieron la tradición oral de los conquistados en su versión original. O los de indígenas o mestizos que, enfrentados a la devastación de la conquista, se apropiaron de la escritura para salvaguardar su cultura y, en mayor o menor grado, su lengua: los escritores de los distintos libros del Chilam Balam en México o las "Corónicas" de Felipe Guaman Poma de Ayala en Perú son buenos ejemplos. Pero, como queda dicho, fueron excepciones. Y pocas vieron la imprenta.

Durante el siglo XVII, conforme avanzaba el proceso evangelizador y se extendía el uso del castellano, la elaboración de obras sobre y en lenguas indígenas se fue espaciando en el tiempo, desapareciendo en unos casos y procurando una mayor profundidad de temas ya tratados en otros. Las primeras ―publicaciones sobre idiomas nativos― reaparecerían a lo largo del siglo XIX, tras la independencia de las distintas naciones americanas, con el propósito de documentar el habla de las culturas aborígenes. Pero continuaron reflejando (siempre con excepciones) una mirada externa: esta vez la del antropólogo, el historiador, el lingüista, el folklorista o el literato romántico interesado en tradiciones antiguas o campesinas. Las segundas ―publicaciones en idiomas nativos― tardarían bastante en volverse a ver.

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Es durante el siglo XX ―en líneas generales, a partir de su segunda mitad― cuando los pueblos indígenas latinoamericanos retoman o inician la senda de la emancipación, la reapropiación, el reclamo de derechos y la recuperación cultural. Los idiomas se encuentran entre los principales elementos identitarios a poner en valor, y la escritura y el formato libro resultan ser buenos medios para ello. En muchos casos, idiomas y escritura fueron caballos de batalla en la lucha por el reconocimiento. Hoy son autores indígenas quienes escriben y, no sin dificultades, logran publicar libros en sus lenguas propias; no solo con el objetivo de transmitir los conocimientos tradicionales de sus culturas que puedan ser leídos por otros indígenas (y por cualquier otra persona, evidentemente), sino también con el propósito de desarrollar su propia literatura o sus propios materiales didácticos, o con el de sustentar su propio pensamiento, sus propias posiciones y opiniones. Escritura y lectura comienzan a andar de la mano.

Queda mucho trabajo por hacer: lenguas aún no relevadas, mucho menos escritas; políticas que ignoran sistemáticamente el derecho de las personas a leer en su idioma o a identificar, comprender, recrear, disfrutar, cuidar, preservar, promocionar y transmitir su propio patrimonio intangible; un mercado editorial en el que lo indígena no tiene cabida por minoritario, o en el que sí tiene cabida, pero solo como algo exótico...

Y, sobre todo, quedan muchos prejuicios y muchos mitos que derribar: prejuicios y mitos construidos a lo largo de cinco siglos de presión, colonización y negación cultural, tanto extranjera como local.

 

Lecturas

Mantilla Trolle, Marina; Jiménez Hernández, Nora (coord.) (2007). Fondos del Tesoro. Biblioteca Pública del Estado de Jalisco "Juan José Arreola". Guadalajara (México): Universidad de Guadalajara.

Medina, José Toribio (1958). Historia de la imprenta en los antiguos dominios españoles de América y Oceanía. Tomo I. Santiago de Chile: Fondo Histórico y Bibliográfico J. T. Medina.

Muñoz y Manzano, Cipriano, Conde de la Viñaza (1892). Bibliografía española de lenguas indígenas de América. Madrid: Est. Tipográfico "Sucesores de Rivanedeyra".

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 04.04.2017.

Foto: Códice Boturini (enlace).

El texto corresponde al artículo "Breve recorrido de cinco siglos", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 


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