Un faro, un puerto

Movimiento perpetuo

Un faro, un puerto (IV)


 

Inventor: Persona que construye un ingenioso ordenamiento de ruedas, palancas y resortes, y cree que eso es civilización.

Ambrose Bierce. Escritor estadounidense (1842-1914). De The Devil's Dictionary (1906).


No se puede dotar de iniciativa a la mejor máquina; la más alegre apisonadora no plantará flores.

Walter Lippmann. Escritor, ensayista y comentarista político estadounidense (1889-1974). De A Preface to Politics (1913).


Un punto a considerar si se pretende analizar –aunque sea someramente– el estatus actual de las nuevas tecnologías y su relación con las disciplinas del libro y la información, es que las NTICs son un frente en permanente metamorfosis: un territorio informe en el que se combinan investigación, desarrollo, ensayo, éxito, error y descarte. Algunos productos funcionan, algunas ideas son provechosas y, en última instancia, algunos servicios son útiles. Otros, no tanto. Y otros resultan verdaderamente inservibles [1].

El problema de estar continuamente en esa primera línea es que las novedades salen de la cadena de producción de manera ininterrumpida y a una gran velocidad. En general hay, pues, poco tiempo y escasos criterios para evaluarlas (si es que se evalúan), el horizonte y el rumbo cambian continuamente, y pisamos terrenos movedizos. A pesar de ello, muchas personas, grupos, instituciones y organizaciones pugnan por mantenerse ahí, en esa oscilante avanzadilla, bajo la errónea idea de que no hacerlo equivale a "quedarse atrás" (un miedo creado y alimentado por el propio sistema para mantener el control social y el consumismo, protegiendo al mismo tiempo sus intereses económicos).

Las bibliotecas no son ajenas a esa pugna. A veces, motu propio [2]; otras, azuzadas y acicateadas por una cohorte de gurúes y pseudoexpertos, con un discurso que mezcla desbordante optimismo e intereses creados/empresariales a partes iguales (o desiguales) y que ocupa buena parte de los espacios profesionales, desde las redes sociales a los programas de los congresos de más lustre y renombre, pasando por los nuevos planes de estudios.

Son muchos los bibliotecarios que corren a ubicarse en la vanguardia tecnológica, aceptando de paso un neo-vocabulario tecnificador que los bautiza y presenta, un tanto grandilocuentemente, como "gestores de contenidos infodiversificados", "arquitectos de las autopistas de la información" o "administradores de conocimiento estratégico" (un estatus puramente nominal, que no se salva de la precariedad laboral que afecta a buena parte de la profesión, por cierto). Para los que se sitúan en esa primera línea, los acontecimientos se suceden con una celeridad de pesadilla. Ayer sumaron los blogs a su acervo tecnológico; hoy es el turno de Facebook, Twitter y Pinterest; y mañana abrazarán la última aplicación en llegar, por increíble –e innecesaria– que pueda resultar y a sabiendas de que se volverá obsoleta al día siguiente. Mientras tanto luchan a brazo partido por digitalizar fondos y migrarlos, actualizar páginas web para que incorporen el último gadget, y memorizar los estándares de calidad (eternamente cambiantes) que deben cumplir las colecciones, en una historia de nunca acabar.

Inmersos en semejante remolino de actualizaciones, cambios y (re)descubrimientos, los profesionales del libro y la información raramente encuentran la oportunidad o el tiempo para preguntarse hacia donde van: en realidad, suelen ser otros quienes los llevan, y nada garantiza que esos "otros" sepan hacia donde se dirigen, más allá de la búsqueda inmediata de beneficios particulares.

Los bibliotecarios parecen haberse subido (¿o haber sido empujados?) a un tren en marcha que se mueve a una velocidad de vértigo, que no puede detenerse ni retroceder y que tiene escaso margen de maniobra. Todo se convierte entonces en una carrera desquiciada, y todo parece solucionarse con un pisotón al acelerador y un salto hacia adelante, hacia un nuevo futuro en donde la excitación por las novedades oculte por un rato las preocupaciones y los cuestionamientos (y los errores y los fracasos). Las voces dubitativas o abiertamente críticas –que recuerdan demasiado al sonido de los frenos– son molestas y, por ende, tildadas de conservadoras y cobardes (dos de los peores adjetivos que se pueden endilgar a alguien en esta era posmoderna); los que gritan "¡adelante!", los ensalzadores y los nuevos creadores de mitos, por su parte, son los grandes héroes de la jornada.

Si ya es grave avanzar de esta forma, con la brújula girando continuamente y sin demasiadas posibilidades de introducir un mínimo de cordura o de reflexión, no lo es menos darse cuenta de que el deslumbramiento provocado por las novedades tecnológicas y su continua actualización ha configurado, prácticamente de la noche a la mañana, un nuevo modelo de "profesionalidad bibliotecaria para el siglo XXI". Un modelo que viene reflejándose en cursos, declaraciones, libros, conferencias y políticas, y que ha comenzado a forzar cambios en los currículos universitarios: desconociendo la larga historia y las propias bases de las disciplinas del libro y la información, se ha pasado a enseñar/transmitir un mero "manual de instrucciones" que convierte a los profesionales en simples operarios de una cadena de montaje, condenados a realizar una serie de acciones más o menos automáticas. La "formación" proporcionada por este modelo no solo perpetúa la dependencia de las tecnologías (y de las empresas que las producen), sino que acentúa la indiferencia y/o la docilidad de las generaciones presentes y futuras de profesionales, ellos mismos piezas estandarizadas e intercambiables de la propia maquinaria.

A la postre, lo preocupante no es el demostrado interés por un conjunto de herramientas novedosas que, en efecto, pueden llegar a ser, en determinadas situaciones y para determinados casos, de inestimable ayuda. Lo preocupante es que esas herramientas no sean tomadas como medios y pasen a ser fines en sí mismas; que no haya evaluaciones realistas, rigurosas e independientes de utilidad y necesidad; que se abrace un paradigma porque es la moda y porque lo dicen individuos con "autoridad" y "experiencia" mientras se silencian vehementemente las voces que plantean otras formas de acción posibles; que se manejen continuamente absolutos cuando sería conveniente relativizar las cosas.

Lo inquietante es que, debido a la velocidad a la que se desarrollan (un movimiento perpetuo sostenido por la industria y el mercado, que impide enfocar la mirada y pensar con claridad), a los numerosos cambios que introducen, y a que se trata de unas herramientas muy particulares y que imponen su propia lógica (la cual desconocemos en gran medida), no somos capaces de ver que, además de permitirnos hacer unas cosas, esas herramientas nos están impidiendo y/u obligando a hacer otras [3].

Más inquietante aún es que casi nadie se pregunte "¿para qué, por qué, cuándo, cómo... se quiere o se necesita esto?" y que quienes sí lo hacen terminen autocensurándose [4] para no sufrir la condena de sus pares o la pérdida de su empleo. Una repetición moderna del viejo cuento del rey desnudo.

 

Notas

[1] Cf. Lister, M. et al (2009). New Media: A Critical Introduction. 2.ed. Londres, Nueva York: Routledge; Weeramantry, C. G. (ed.) (1993). The impact of technology on human rights: global case-studies. Tokio: The United Nations University Press; Daño, N. et al. (s.f.). Addressing the "Technology Divides": Critical Issues in Technology and SDGs. Sixth Session of the Open Working Group on SDGs [En línea].

[2] Vid. Crawford, Walt; Gorman, Michael (1995). Future libraries: Dreams, madness, and reality. [S.l.]: American Library Association. Revisar especialmente el cap. 3, "The madness of technolust".

[3] Vid. Alba Rico, Santiago (2016). Cultivando Cultura. Conferencia en el Paraninfo del Colegio Universitario de Zamora, España, 9 de abril. [En línea].

[4] Vid. Buschman, John (1994). Librarians, self-censorship, and information technologies. College & Research Libraries, 55 (3), pp. 221-228. Asimismo, es conveniente revisar la bibliografía citada por Buschman en las referencias y notas de este artículo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 21.02.2017.

Foto: Pieza de la colección Books de Christian Burchard (enlace).

El texto corresponde a la cuarta parte del artículo "Un faro, un puerto. De bibliotecas, máquinas y pérdidas", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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