El libro etrusco que envolvió una momia

Los rasenna

El libro etrusco que envolvió una momia (I)


 

El idioma etrusco es, en la actualidad, una incógnita dentro del panorama de las lenguas europeas. Como ocurre con el euskera, es una suerte de "advenedizo" en el antiguo mundo grecorromano, dado que no es una lengua indoeuropea. Más aún: no se le conocen antecedentes, ni tuvo descendientes. Su filiación es un terreno lleno de hipótesis arriesgadas y de comprobación más que improbable.

La civilización que creó y pronunció las palabras de ese idioma, la etrusca, se desarrolló en la antigua región de Etruria, en Italia, ocupada hoy por la moderna Toscana y partes del oeste de la Umbría y el norte del Lacio. También se asentó en partes de Campania, Lombardía, el Véneto y Emilia-Romaña, regiones a las que llegó empujada por los pueblos galos procedentes del norte de los Alpes.

Los etruscos se llamaron a sí mismos rasenna (apocopado en rasna). Los griegos los denominaron tyrrhenoi (de donde deriva el nombre del mar Tirreno) y los romanos, tusci o etrusci. Los primeros rasgos de una cultura que pueda considerarse "etrusca" aparecen, de acuerdo a los vestigios arqueológicos, hacia el 800 a.C.; para el 500 a.C. la distribución del poder dentro de la península Itálica se reconfiguró en detrimento de los etruscos, que perdieron su antigua preponderancia. Las últimas ciudades etruscas serían absorbidas por la imparable Roma hacia el 100 a.C.

Su lengua no tuvo forma escrita hasta el s. VII a.C., cuando los etruscos tomaron contacto con el alfabeto empleado por los colonos griegos procedentes de la isla de Eubea, que estaban asentados desde el siglo VIII a.C. en Isquia y Cumas, en la bahía de Nápoles. Los etruscos (y otros pueblos itálicos, como los yapigios o yápigos de Apulia, y los vénetos) adoptaron esa forma de escritura y la adaptaron a sus necesidades y a las características fonéticas de su propio idioma. El alfabeto etrusco fue copiado más tarde por otros pueblos itálicos (hablantes de lenguas indoeuropeas), como los faliscos, los oscos, los umbros y los picenos, de los cuales solo se conservan unas pocas inscripciones.

No sobrevivieron muestras de la literatura etrusca ni relatos históricos, a pesar de que, de acuerdo a varios autores latinos, ese pueblo tuvo una riquísima tradición literaria. Las numerosas representaciones de códices y rollos dentro del arte etrusco recalcan el uso extendido de la palabra escrita.

Hasta nuestros días han llegado un puñado de textos lo suficientemente largos como para diferenciarse de las inscripciones, y unas 13.000 de estas últimas, que están recogidas en el Corpus Inscriptionum Etruscarum (Biblioteca de la Universidad de Upsala, Suecia). Las inscripciones aparecen, por ejemplo, en objetos de uso cotidiano, sobre los cuales se marcaron frases votivas, nombres de propietarios o precios. También están asociadas a murales, vasos pintados o espejos grabados, los cuales solían incluir escenas mitológicas (con divinidades similares a las griegas, aunque representadas de manera distinta) que solo pueden ser comprendidas cuando se leen los nombres de los personajes, cuidadosamente apuntados al lado de cada figura. Por otro lado, tanto los sarcófagos como las urnas cinerarias llevaban grabados los nombres de los difuntos y los de sus familiares, y las ofrendas mortuorias que se colocaban en los enterramientos eran claramente etiquetadas como tales para que el espíritu del difunto pudiera llevarlas consigo al Más Allá.

Algunos de los textos hallados alternan el etrusco con el griego, lo cual ha permitido, como si de piedras de Rosetta se tratase, conocer el significado de muchas palabras y la estructura de la propia lengua. Asimismo, algunas voces etruscas fueron anotadas y explicadas en las obras de autores clásicos, y un puñado de ellas (p.ej. "pueblo" o "arena") ha sobrevivido hasta nuestros días.

Los últimos vestigios de escritura etrusca aparecen en el año 50 de nuestra era. Para el 100 el idioma ya había sido completamente reemplazado por el latín; sólo algunos romanos cultos, curiosos y apasionados por las tradiciones de su pasado reciente, eran capaces de entender el etrusco. El último lector conocido de la lengua parece haber sido el emperador Claudio (10 a.C.-54 d.C.), que compiló una obra enciclopédica en 20 volúmenes (Tyrrhenika) y un diccionario (ambos perdidos). Se dice que para su elaboración entrevistó a campesinos ancianos que resultaron ser lo últimos hablantes de etrusco y los últimos conocedores de la vieja cultura.

 

Bibliografía

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Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 10.01.2017.

Foto: Músico etrusco. Fresco en la Tumba del Triclinio, Tarquinia. De Wikimedia (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "El libro etrusco que envolvió una momia", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu. Las partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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