¿Soy indígena? ¿No lo soy?

¿Soy indígena? ¿No lo soy?

[O: ¿Con quién estoy trabajando cuando trabajo con sociedades indígenas?]


 

[El autor ha trabajado durante años con sociedades indígenas y minoritarias a ambos lados del océano Atlántico, especialmente en el desarrollo de bibliotecas en comunidades originarias de América del Sur].

 

Mis ancestros eran campesinos piamonteses, sicilianos y de otros pueblos del sur de Europa que, forzados por la necesidad, emigraron a Argentina a finales del siglo XIX.

De acuerdo a algunas definiciones internacionales de "indígena" (y hay varias en circulación), soy descendiente de indígenas. Pues mis antepasados fueron parte de comunidades que se reconocieron a sí mismas como "pueblos" por siglos (e incluso tuvieron sus propios territorios independientes); hablaron sus propias lenguas (hoy sustituidas por idiomas "oficiales", etiquetadas como "dialectos" o "lenguas minoritarias", y amenazadas); y tuvieron su propia identidad, sus propias tradiciones y su propia cultura, parte de las cuales heredé, dado que se trasmitieron oralmente de generación en generación.

Entonces... ¿tengo realmente antepasados indígenas? No estoy seguro. Los pueblos a los que pertenecieron mis antepasados son denominados "grupos nacionales, culturales o etno-lingüísticos", e incluso "nacionalidades" o "minorías" (etiquetas nunca faltan en este mundo). Pero nunca los llaman "sociedades indígenas europeas".

¿Por qué? Probablemente porque aquellos que hablan de "pueblos indígenas", reflejando la perspectiva euro-americana hegemónica en sus opiniones, suelen referirse —y quizás no sean totalmente conscientes de ello— a aquellos pueblos que vivieron en un lugar en/desde el principio, antes de que su territorio fuese ocupado y dominado por alguien. Al hacer eso, están hablando de los sobrevivientes de conquistas y ocupaciones llevadas a cabo por todo tipo de potencias imperiales y coloniales (y sus herederos) en algún punto del pasado, pero especialmente durante los últimos cinco siglos.

Y los pueblos europeos (grupos nacionales, minorías, o como quiera que sean llamados hoy) no se vieron sujetos a conquistas u ocupaciones por parte de poderes imperiales, o esa es, al menos, la opinión generalizada. Por ende, no pueden ser vistos como "indígenas".

Sin embargo, la opinión generalizada es errónea, y yo aún podría considerarme una persona con raíces indígenas. ¿La razón? Durante los últimos cinco siglos, y antes de ir a saquear y masacrar a otros sitios, las potencias imperialistas (la mayoría de ellas, europeas) llevaron a cabo una suerte de "conquista interna": un baño de sangre que buscaba eliminar voces disonantes, homogeneizar la población e igualar todo dentro de sus territorios. Todos hablando la misma lengua, profesando la misma religión, enarbolando la misma bandera...

Así fue: antes de ir a conquistar otros pueblos y otras tierras más allá de sus fronteras, los grandes imperios se entrenaron en casa. Con su propia gente. Esa conquista, en cierta forma, continúa en la actualidad, y usa todos los medios disponibles: desde la discriminación a la negación, pasando por el olvido y la presión cultural y social, y desde multas a causas penales, pasando por la encarcelación y el terrorismo de Estado... Esa es la razón por la que la lengua de mis antepasados se ha convertido en un "dialecto" moribundo y su identidad, en un recuerdo nebuloso; esa es la razón por la que las creencias, costumbres y palabras sobrevivientes de los vascos, gallegos, asturianos, occitanos y galeses modernos, por poner un par de ejemplos a mano, están colapsando literalmente bajo el peso de los elementos "nacionales".

Y aún así, nadie diría que tengo ascendencia indígena.

Nuevamente: ¿por qué? Probablemente porque, por una serie de (sin)razones, cuando se habla de "pueblos indígenas" hoy en día se habla de pueblos no-europeos que han sido (y siguen siendo) las víctimas de las potencias europeas coloniales e imperialistas (y sus herederos) desde 1492.

Yendo un paso más allá, por lo general no se habla de cualquier pueblo no-europeo: se tiene un perfil muy particular en mente. Para ser verdaderamente "indígenas", esos pueblos tienen que ser Otros. Tienen que ser diferentes de "nosotros": diferente lengua, diferente piel, diferentes pensamientos. Y, en general, deben adherir a una suerte de estereotipo que incluye cierta cantidad de lugares comunes: conexión con la naturaleza, espiritualidad, tradiciones sagradas, vestimenta y música y costumbres "folklóricas"... En ciertos contextos, esas diferencias pueden usarse con fines discriminatorios, incluso racistas; en otros, para una deformación romántica (intencional o no) de la verdadera naturaleza de las modernas sociedades "indígenas" y "minoritarias".

En ese caso, no, no tengo raíces indígenas. Para algunos, incluso puedo llegar a ser parte del linaje de los conquistadores.

Entonces... ¿qué hace que una persona indígena sea indígena? ¿Que hace que yo no lo sea? ¿En qué sentido estamos usando el término "indígena" actualmente? ¿No lo estaremos usando como una expresión políticamente correcta para decir "los Otros", "esos de allí, tan exóticos, tan diferentes"? ¿O "los sobrevivientes no-europeos de una locura imperialista que continúa a día de hoy bajo otros nombres pero con el mismo propósito, y sobre la cual nadie se preocupa demasiado, a decir verdad"?

No tengo una respuesta apropiada para ninguna de estas preguntas, y no sé si alguien la tiene.

Las definiciones y los conceptos relacionados con este tema son muchos y muy divergentes en la actualidad. Probablemente porque se trata de un asunto espinoso: hay mucho dolor flotando a su alrededor, demasiadas opiniones acaloradas y contrapuestas, demasiadas contradicciones. Y demasiado daño. Esto último lo sé por experiencia propia: cuando he trabajado con los llamados pueblos "indígenas" en América del Sur o con los llamados pueblos "minoritarios" en Europa, he encontrado similares trazas de violencia enterradas en sus historias y sus recuerdos, y he reconocido una presión cultural y una negación social similar en el presente. Aún cuando las escalas sean radicalmente diferentes —no sé si hay algo comparable al genocidio sufrido por los pueblos indígenas de las Américas—, todos esos pueblos son, a la postre, sobrevivientes de un pasado trágico que en realidad nunca desapareció y que continúa moldeando su presente.

Tras revisar y discutir estas y otras ideas por años, una y otra vez, he llegado a la conclusión de que en realidad no me interesa saber si puedo considerar a mis antepasados "indígenas" o no. Son demasiadas las palabras y las etiquetas que han cambiado o perdido su significado original y que se han convertido en elementos del todo inútiles. A estas alturas, me basta con saber quiénes fueron mis antepasados y ser consciente de su legado, que incluye fragmentos de sus lenguas "minoritarias" y su amor por un pedacito de tierra que, aún en la distancia, jamás olvidaron. Me basta, asimismo, con (re)conocer mi herencia como ciudadano argentino: sobrecogerme al sentirme heredero de tantos idiomas, costumbres, historias (con sus luces y sus sombras), creencias, sonidos e ideas nativas, incluyendo —de nuevo— el amor por un terruño particular y por paisajes de una diversidad apabullante.

Ya no intento etiquetar a la gente, ni etiquetarme a mí mismo: para mí, una persona "indígena" es, simplemente, una persona. Sin necesidad de adjetivos. Es una persona con un pasado y una historia, como muchas otras. Una persona con una lengua y una cultura, como lo soy yo. Una persona buena, mala, aburrida, interesante, estúpida o inteligente, como el resto de la población de este planeta. Una persona que merece todo mi respeto, como todo el mundo. Probablemente una persona que ha sido o es víctima de injusticias y crueldades, y que merece (y recibirá) todo mi apoyo y toda mi ayuda, como muchos otros que sufren ahora mismo, desde refugiados de guerra a víctimas de discriminación. Probablemente una persona de quien puedo aprender muchas cosas. Como ocurre con millones de otras personas, no importa su origen.

Para mí, hoy por hoy, los pueblos "indígenas" y "minoritarios" son símbolos. No me malinterpreten: son símbolos de la diversidad de este mundo, y de la resistencia contra el odio, la discriminación, la homogeneización, la negación y el olvido. Creo que esa diversidad y esa resistencia son buenas causas con las que alinearse, con las que trabajar y por las que luchar. Porque son valores deseables para un mundo que insiste en cerrar los ojos ante lo diferente: un mundo en proceso de ser reconfigurado a través de una pantalla, y que se está quedando sin raíces, anclas, referencias u horizontes de ningún tipo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 07.06.2016.

Foto: "World Indigenous Games", en International Business Times (enlace).

El texto corresponde al artículo de opinión "¿Soy indígena? ¿No lo soy?", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu.

 


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