El papel – Un mundo de letras

El papel – Un mundo de letras

Los curvilíneos trazos del calígrafo (III)


 

El papel

 

El primer papel árabe (waraq) solía elaborarse con fibras de algodón, de seda o de cáñamo. Si bien se trataba de un producto de altísima calidad (al menos de acuerdo a los parámetros modernos, dominados por distintas pastas químicas y mecánicas de madera), su superficie era muy irregular. Debido a que trabajaban con cálamos de caña y a que, en líneas generales, el trazo de la pluma de derecha a izquierda implicaba ir "contra el grano" del papel (lo cual generaba una ruidosa fricción que dificultaba en extremo la obtención de un trazo elegante, ininterrumpido y fluido), los calígrafos preferían papeles de superficie lisa y poco absorbente.

Para ello, tras obtener las láminas de papel (que debían ser finas, de estructura homogénea, y resistentes a la acción del agua), se las sometía a un proceso que incluía el coloreado (se consideraba que el papel blanco cansaba la vista), el encolado y el abrillantado. Este tratamiento podía ser realizado tanto por un artesano especializado como por el propio calígrafo. A lo largo de diez siglos, el procedimiento fue mejorándose hasta que, en el siglo XIX, los otomanos alcanzaron lo que podría calificarse como la cumbre del arte papelero islámico.

Para el coloreado se utilizaban colores suaves, considerados más elegantes y agradables; solían ser tintes vegetales, casi transparentes. Se preferían los pardos y tostados, aunque también se empleaba el rosa, el verde pálido y el azul pastel. En algunos manuscritos, cada capítulo se escribía sobre papel teñido en un tono distinto. Incluso existía un proceso, denominado ta'tiq, que permitía "avejentar" el papel dándole una tonalidad sepia mediante el uso de azafrán o de paja hervida.

La siguiente fase era similar al moderno encolado: consistía en agregar una serie de sustancias que contrarrestaban la natural porosidad y absorción de las fibras de celulosa y proporcionaban una matriz elástica. En la versión más sencilla (que sería asimilada por los papeleros renacentistas europeos), se trataba el papel con almidón y una mezcla de alumbre y clara de huevo llamada ahar. Las recetas de ahar, como las de tinta, fueron muchas y muy variadas. Al principio eran terriblemente complejas, pero mediante ensayo y error fueron simplificándose progresivamente.

La fase de encolado contó con numerosas versiones. El maestro otomano Nefeszâde Ibrahim Efendi, en su Gülzâr-ı savâb (hacia 1650), señala una de ellas:

 

Es necesario moler primero un poco de alumbre blanco. Se lo pone en agua hirviendo y se lo hace cocer. Este líquido se coloca en un recipiente o una artesa poco profunda y, mientras todavía está caliente, se remoja en él el papel y se pone a secar a la sombra. A continuación se hierve agua pura [de lluvia] y luego se vierte en ella almidón disuelto y filtrado. Se hierve hasta que desaparezca el olor. Luego este líquido caliente se vierte en la artesa y el papel tratado con alumbre se remoja en él y se vuelve a poner a secar a la sombra. Por último, se pule a fondo. [El papel] debe dejarse reposar [por lo general de uno a tres años] antes de usarse (Zakariya, 2013).

 

Otro procedimiento incluía darle al papel una capa final de cola de pescado (generalmente gelatina de esturión) y goma arábiga, sustancias que le daban un mayor brillo. Algunos calígrafos se evitaban los distintos pasos y procedían a mezclar goma arábiga, cola de pescado, almidón y ahar, y a aplicar el producto resultante directamente. Y eran muchos los artesanos y escribientes que, en lugar de remojar el papel en una artesa, optaban por aplicar las sustancias de su preferencia sobre la superficie del papel con una isfanjah o esponja, generalmente de algodón.

En épocas más modernas (s. XVII), y según el propio Efendi, el procedimiento de encolado varió:

 

Tomar las claras de unos huevos de pato fresco y ponerlas en un bol. Si no hay huevos de pato disponibles, utilizar huevos de gallina. Agregar un poco de leche de higos verdes a las claras. Esta mezcla se agita con ramitas de higuera. (Si las ramitas tienen una gran cantidad de leche, esta cantidad es suficiente y no es preciso agregar la de los higos). Las claras de huevo empezarán a cuajarse. Después de prensar lo cuajado, el fluido se filtra a través de un paño. Luego se añade cola de pescado, dos o tres veces la cantidad de huevo. Cuando se obtenga la consistencia adecuada, el papel se pasa a través del líquido y se seca a la sombra. (Siempre es una condición de fabricación el que los papeles puedan secarse a la sombra, en un lugar sin mucho viento). A continuación, con el fin de deshacerse de lo aceitoso de las claras de huevo, el papel se pasa por agua muy caliente, eliminando la pátina brillosa. Una vez más, se seca a la sombra. El papel será bruñido y el resultado será muy brillante. Puede pasarse por un baño caliente de almidón muy diluido (Zakariya, 2013).

 

Tras el encolado, se procedía al abrillantado: se pulía la superficie con una piedra (hajar bajri lil-hakk) de ágata o de jade, con un diente de camello, o con una bola de madera (kurah). Además de obtenerse como resultado un papel elástico, de superficie suave y homogénea, el abrillantado permitía que el material durase más y envejeciera bien.

El papel debía reposar al menos un año antes de ser usado, aunque cuanto más tiempo se lo almacenase, mejor. A pesar de su apariencia resbaladiza, el cálamo se agarraba perfectamente a la superficie, y la tinta se adhería sin ser absorbida. Las manchas y los errores podían eliminarse raspando la tinta con un pequeño cuchillo (el "cuchillo de corregir"; turco tashih kalemtıraşı) o con un pedacito de algodón húmedo. El material era lo suficientemente fuerte como para aguantar la aplicación de pegamentos, y no se desmigajaba (ni perdía la tinta) cuando se lo humedecía.

 

Un mundo de letras

 

Con todos estos elementos y su uso adecuado, perfeccionado a través de generaciones de escribientes-artistas árabes, persas y otomanos, se consiguió lo que en turco se denomina kalem cereyanı, "el flujo de la pluma": el estado en el que mano, cálamo y tinta combinan sus esfuerzos para deslizarse de manera fluida. O, como expresaban Ibn-i Hilal y Yāqūt Al Musta'simi, calígrafos de la Bagdad abásida, que "la pluma fluyese como la respiración".

Así se lograba el milagro de la caligrafía, la cual fue tenida en alta estima en todo el mundo islámico a lo largo de la historia. Fue utilizada como decoración de mezquitas y palacios, como poderoso talismán, y como medio lleno de belleza para transmitir conocimiento. La caligrafía trascendió los siglos, las banderas, los reyes y los pueblos para llegar hasta la actualidad.

Hoy, cuando la escritura a mano se encuentra en uno de sus momentos más bajos, desplazada por las nuevas tecnologías y los medios digitales de comunicación, la caligrafía logra mantenerse en algunos reductos como una exquisita forma de arte llena de secretos, misterios y tradiciones seculares.

 

Bibliografía citada

Gacek, Adam (2008). The Arabic Manuscript Tradition: A Glossary of Technical Terms and Bibliography. Leiden: Koninklijke Brill.

Khân, Gabriele Mandel (2001). L'écriture arabe: Alphabet, syles & calligraphie. París: Flammarion.

Massoudy, Hassan; Massoudy, Isabelle (2003). L'ABCdaire de la Calligraphie arabe. París: Flammarion.

Roxburgh, David; McWilliams, Mary (2008). Traces of the Calligrapher. Islamic Calligraphy in Practice, c. 1600-1900. Houston: Museum of Fine arts, Yale University.

Zakariya, Mohamed (2013). Tools and techniques. Mohamed Zakariya, Calligrapher. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 03.11.2015.

Foto: Escritorio y plumas de caña, de Nomad Out of Time (enlace).

El texto corresponde a la tercera y última parte del artículo "Los curvilíneos trazos del calígrafo", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las tres partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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