La tinta

La tinta

Los curvilíneos trazos del calígrafo (II)


 

La tinta (árabe ahbar; también niqs o murakkab; turco mürekkep) era un material muy especial para los calígrafos árabes. "Las estrellas de la sabiduría brillan en la profundidad de la tinta", escribió el célebre califa abásida Al-Ma'mun en el s. IX. Se trataba, sobre todo, de tinta negra (khidad, sawad) de dos clases: de hollín y de agallas. La primera, llamada madâd, se elaboraba con hollín obtenido de la combustión de aceites (rábano, lino), maderas, pelos de cabra, huesos de dátiles, cebada, guisantes o cera; debía ser un poco graso y extremadamente fino, y se mezclaba con goma arábiga y agua de mirto. A veces ese hollín se raspaba de las lámparas de las mezquitas, lo que daba al resultado final cierto toque espiritual. La segunda, denominada hibr, se preparaba con agallas de roble de Siria ('afs), sulfato de hierro (zaj) y goma arábiga.

Si bien había numerosos maestros (habbar, hibri) en el oficio de preparar tintas (de hecho, en todas las grandes ciudades solía haber un mercado especializado en el tema), cada calígrafo se vanagloriaba de poder elaborar él mismo las suyas, e incluso de poseer recetas secretas. De hecho, cada cual añadía uno o varios ingredientes "personales": alumbre, corteza de granada, huesos de dátiles carbonizados y molidos, leche cuajada, azafrán, miel, clara de huevo, agua de rosas, agua de mirto, clavo de olor... La fase más delicada del proceso era la de obtener una mezcla homogénea de todos los materiales. Para ello, los textos antiguos ofrecían pintorescos consejos sobre la manera de conseguir que los componentes se aglutinaran bien: unos decían que era preciso atar la botella de tinta sobre el lomo de un camello que fuese en las caravanas de peregrinación a La Meca (el viaje tomaba varios meses, y a la vuelta, con tanto bamboleo, la tinta estaba perfectamente mezclada); otros, que había que atarla a la puerta de un hammam (baño público) muy frecuentado. El último paso consistía en filtrar la tinta para librarla de impurezas, y aromatizarla.

Los calígrafos tenían sus tintas favoritas en función de cómo se adaptasen a tal o cual papel, y también de acuerdo a una densidad, una negrura o una fluidez determinadas. Era un ingrediente tan importante que se escribieron numerosos textos sobre ella, como los que, en 1025, Tamin ibn al-Mu'izz ibn Badis incluyó en su obra Kitab 'umdat al-kuttab wa 'uddat dhawi al-albab. Algunas tintas se presentaban secas, como galletas, bloques o saquitos de polvos, y estaban destinadas a los calígrafos viajeros o a los itinerantes, que solo tenían que meterlas en su tintero (o en un recipiente llamado misqah, siqah, mimwah o mawardiyah), añadirles un poco de agua y diluirlas ayudándose de una espatulilla llamada milwaq.

Para ayudar al secado rápido de la tinta se la rociaba con arena fina (árabe turab; turco rih o rik), la cual se conservaba en un recipiente especial, el rihdan. Algunos agregaban polvo de oro, que se adhería a la tinta fresca y, cuando estaba seca, la hacía destellar.

La mayor parte de los antiguos manuscritos árabes presentaban caligrafías realizadas con tinta negra, negro-azulada (akhal) o marrón. Solo se usaban algunos puntos de color, concretamente rojo (humrah), para señalar las vocales (al-naqt bi-al-nahw). Esta economía tonal proporcionaba a los libros una gran sobriedad. Más tarde se comenzó a agregar más colorido en las cabeceras de los capítulos, y se emplearon gamas más vivas –rojas, amarillas, azules o verdes– para marcar tanto las vocales como los signos diacríticos (un proceso, el de decorar el texto con puntos multicolores, llamado barshamah). Los ornamentos vegetales o geométricos con los que se rodeaban los títulos también fueron coloreándose. Para algunos adornos, especialmente los del Corán, se utilizaba mucho el oro (incluyendo la tinta ma' al-dhahab), símbolo del paraíso.

De todas formas, el color siempre se usó de manera discreta en el mundo árabe, y no solo por razones de equilibrio estético: muchos de los pigmentos (sabghah, sibagh, lawn) utilizados en la confección de tintas eran muy costosos, sobre todo los de origen mineral, que eran los mayoritarios. Los ocres (maghrah) eran los más baratos, pues se extraían de determinadas arcillas bastante comunes. El amarillo dorado se obtenía de un sulfuro de arsénico llamado oropimente, un poco más difícil de conseguir, aunque mucho más económico que el oro al que solía reemplazar. El bermellón, por su parte, se preparaba con cinabrio (zunjufr) o con cierta arcilla roja de Iraq (maghra 'iraqi). Los azules se obtenían de dos piedras semi-preciosas, la azurita y el lapislázuli o lazuward, y valían tanto como el oro; con ellos se acostumbraba a decorar las dos primeras páginas del Corán y el titulo de las suras.

También se usaban pigmentos vegetales: añil, azafrán, cártamo, semillas de achiote, corteza de granada, cebolla, cáscara verde de nuez, bayas de espino cerval, henna, y todo tipo de té. Sin embargo, se empleaban en menor cantidad, dado que eran muy sensibles a la acción de la luz y con el tiempo iban perdiendo fuerza y contraste. Además, eran bastante difíciles de preparar: se necesitaban grandes cantidades de materia prima y largos procesos de fermentación, filtrado y concentración, para conseguir pequeñas cantidades de pigmento puro. Por lo general se aprovechaban para teñir el papel.

En cuanto a los pigmentos animales, como el rojo de cochinilla, su uso no estuvo demasiado extendido en el mundo árabe.

El tintero del calígrafo (uskurrujah, sukurrujah, mihbarah, hibriyah, huqqah, hanifah, raqim, nun o rakwah; kubur o qubur, si era cilíndrico; en turco, hokka) tenía que ser, por lo menos, "de la mejor madera", según un tratado anónimo del s. XI. En esas mismas páginas se señala que "el diámetro interno debe ser suficiente para contener cinco cálamos"; sin embargo, continúa el texto, "para retener la fortuna, deben de ser siete; siete cálamos para reinar sobre las siete partes del mundo".

El calígrafo le daba mucha importancia a su tintero, pues de su estructura y calidad dependía la buena conservación de los cálamos y las tintas. Con esa finalidad, en el fondo del mismo colocaba la lika (liqah; también milaq, 'utbah, kursuf, mushaq harir): una estopa de hilos de seda, lana, algodón o lino, o un simple pedazo de esponja natural. Además de minimizar las consecuencias del vuelco del tintero, la lika evitaba que las puntas de los cálamos se dañasen al golpearse contra el fondo del recipiente. Por otra parte, al absorber la tinta, permitía que el cálamo recogiese solo la necesaria para la escritura, ahorrando manchas y goteos. Había que cambiarla regularmente (una vez al mes, por lo menos) porque con el paso del tiempo empezaba a oler mal y, a veces, incluso aparecía cubierta por una capa blancuzca de hongos que algún calígrafo antiguo comparó, poéticamente, con sus propias canas.

Junto al tintero, el calígrafo dejaba a menudo un pequeño lienzo llamado waqi'ah (wafi'ah, mimsahah, daftar), con el que limpiaba la pluma. Asimismo, usaba un paño de algodón o de lana (mifrash o mifrashah) como papel secante.

En la elaboración de un tintero, además de la madera, podía utilizarse todo tipo de material: cerámica esmaltada, porcelana, vidrio, cobre, plata... Había sencillos tinteros portátiles con soportes para las plumas (turco divit), que eran empleados tanto por los viajeros como por los funcionarios que trabajaban a pie de calle, realizando censos o cobrando impuestos. Y había verdaderas obras de arte, si se toman en cuenta las ricas decoraciones de los que han sobrevivido hasta nuestros días.

Igualmente bellos podían ser los dawah, escritorios en los que los calígrafos guardaban y transportaban sus implementos. Los distintos modelos incluían varios cajones de madera, decorados con incrustaciones y elaborados trabajos de marquetería, que tenían a su vez varios compartimentos. Uno de ellos (mitrabah, mirmalah, ramliyah) estaba destinado a la arena, otro (junah, furdah) al tintero, otro (majran, miqlam) a las plumas (que iban envueltas en un paño de algodón o lana mifrash o mifrashah), otro para el borrador y otro para alguno de los numerosos tipos de regla mistarah.

 

Bibliografía citada

Gacek, Adam (2008). The Arabic Manuscript Tradition: A Glossary of Technical Terms and Bibliography. Leiden: Koninklijke Brill.

Khân, Gabriele Mandel (2001). L'écriture arabe: Alphabet, syles & calligraphie. París: Flammarion.

Massoudy, Hassan; Massoudy, Isabelle (2003). L'ABCdaire de la Calligraphie arabe. París: Flammarion.

Roxburgh, David; McWilliams, Mary (2008). Traces of the Calligrapher. Islamic Calligraphy in Practice, c. 1600-1900. Houston: Museum of Fine arts, Yale University.

Zakariya, Mohamed (2013). Tools and techniques. Mohamed Zakariya, Calligrapher. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 27.10.2015.

Foto: Plumas de caña y tintero, de Nomad Out of Time (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "Los curvilíneos trazos del calígrafo", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las tres partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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