Introducción – El cálamo

Introducción – El cálamo

Los curvilíneos trazos del calígrafo (I)


 

Introducción

 

La caligrafía (árabe khatt, turco hat) fue, en tiempos pasados, una forma de arte. Una que, lamentablemente, se ha ido perdiendo de manera progresiva con el (alarmante) abandono de la escritura a mano.

Para los pueblos que lo crearon y para aquellos que asumieron como propio el alfabeto árabe (o alguno de sus derivados y asociados), esto no fue una excepción. Sus signos escritos –que fluían en su grácil trazado de derecha a izquierda– demostraron poseer buenas cualidades para convertirse en una prestigiosa forma de arte. Y terminaron haciéndolo: no solo sobre los manuscritos y otros documentos en papel o pergamino, por cierto, sino también en la cerámica, los textiles y, sobre todo, en la arquitectura. En los espacios religiosos islámicos –y buena parte de los grandes edificios públicos lo eran– no estaban permitidas las representaciones gráficas de seres con alma y, por ende, la decoración se realizó siempre a base de motivos geométricos y vegetales y de frases caligrafiadas, generalmente extraídas del Corán.

Los escritores árabes decían que la caligrafía era "música para los ojos". "La pluma", explicaban, "es la embajadora de la inteligencia, la mensajera del pensamiento, y la intérprete de la mente". "La caligrafía da mayor claridad a la verdad", concluían.

Como muchos otros artistas, el calígrafo árabe (khattat, khattatiya) tenía una relación muy especial con sus instrumentos de trabajo (adawat al-khatt). Los trataba con mimo, los adornaba e incluso los rodeaba de mística, de secretos y de leyendas, las cuales también eran, al fin y al cabo, parte del oficio.

 

El cálamo

 

El cálamo (árabe qalam; también mirqash, mizbar, midhbar, qasab, yara'ah o rashshash; turco kalem) era la principal herramienta del escribiente, una verdadera extensión de su brazo y de su espíritu.

Consistía en una pieza de caña (Arundo donax, Phragmites australis...) de unos 20 cm de longitud, tallada a mano. La caña –planta generalmente bianual, que alcanza unos 4 m de altura– necesita agua, viento y sol: el primero permite su crecimiento, el segundo la bambolea de un lado a otro (lo que resulta en fibras más resistentes y elásticas), y el tercero la seca y convierte la película exterior en una capa lisa, dura y brillante. Las de mejor calidad solían encontrarse en las costas del Golfo Pérsico, aunque también se alababan las virtudes de las del Nilo y las del Mar Caspio. El calígrafo seleccionaba las piezas maduras y secas que le pareciesen más sólidas, rectas, agradables al tacto y a la vista, y que se ajustasen bien a su mano. Incluso las golpeaba levemente contra una superficie dura para escuchar el sonido que producían.

Tras dividir la caña en piezas de longitud apropiada (generalmente segmentos comprendidos entre nudo y nudo), algunos calígrafos sometían el material a ciertos procesos que le proporcionaban unas características determinadas. En Turquía, por ejemplo, se enterraban los tubos hasta cuatro años en estiércol, el cual mantenía una temperatura constante y daba a los cálamos dureza y un característico color marrón-rojizo.

Todo calígrafo poseía una navaja especial (barrayah, mibrah, mibzaq, mijza'ah, mijwab) para cortar y tallar (bary, birayah) sus cálamos. Se trataba de un cuchillo de hoja fina y filosa de acero templado y mango de hueso o marfil. Antaño había artesanos especializados en su fabricación, y las mejores navajas (ricamente decoradas) venían firmadas.

A la hora de preparar su cálamo, el calígrafo tomaba la pieza de caña y de un solo golpe cortaba en oblicuo la parte inferior de uno de sus extremos. Quedaban entonces a la vista tanto el exterior rojizo, llamado "la carne del cálamo" (lahm al-qalam), como el interior blanco, "la grasa del cálamo" (shahm al-qalam). Luego procedía a cortar los dos costados para crear una silueta de pluma (anfah, khurtum), y rebajaba ésta hasta darle el ancho que quería para su caligrafía. A continuación hendía la punta para facilitar la circulación de la tinta. Y finalmente seccionaba el extremo de esa punta (qatt o qattah) dándole la forma deseada: horizontal o jazm (al-qatt al-mustawi), oblicua o tahrif (al-qatt al-muharraf), o redondeada (al-qatt al-musawwab y al-qatt al-qa'im). Los dos últimos pasos generalmente se realizaban sobre una plaqueta de corte llamada miqatt o miqattah (turco makta), hecha de marfil, nácar, cuerno (almikt) o madera dura, que estaba provista de un hueco en el cual el cálamo quedaba sujeto.

Todas las etapas del proceso, llamado ta'nif, eran importantes, pero el último paso, el de cortar la punta de la pluma, era fundamental; tanto, que a veces era usado como nasib, prueba iniciática para entrar a algunas órdenes místicas. Pues se creía que para cortar la punta de forma correcta había que ser una persona recta y honesta.

"Un cálamo bien tallado ya es la mitad de la caligrafía" anotó el escritor egipcio Ahmad al-Qalqashandi en el s. XV. "Si das una buena forma a tu pluma, tu caligrafía será buena. Pero si eres negligente con tu pluma, lo serás con tu caligrafía", había dejado escrito Yāqūt al-Musta'simi dos siglos antes. Cada calígrafo, pues, creaba su propio cálamo de acuerdo a sus gustos y características físicas y personales. Y lo volvía a tallar periódicamente, para ajustarlo y enmendar los efectos del natural desgaste del material.

Cuando el cálamo se arruinaba era preciso preparar otro, pero había que hacerlo cuidadosamente, sobre todo si la sustitución ocurría durante la escritura de un manuscrito: dado que en toda la obra debía mantenerse el mismo grosor de línea y de letra, la anchura del nuevo cálamo tenía que ser la misma que la del que había quedado inservible. Para comprobar esa anchura, los calígrafos habían ideado un sistema de medición muy particular: en pelos de asno. Cada uno de los principales estilos caligráficos del mundo islámico tenía una medida determinada en esa curiosa unidad: una de los más importante, el tomar, se escribía con cálamos cuyas puntas tenían una anchura equivalente a 24 pelos de asno. El thoulthaine tenía una anchura de 16, el nisf una de 12 y el thoulth, una de ocho (nótese que los nombres de estos últimos estilos significan "dos tercios" de la anchura del tomar, "la mitad" de la anchura del tomar y "un tercio" de la anchura del tomar).

Los calígrafos diferenciaban entre lados y caras de la pluma. Así, por ejemplo, hablaban de sadr al-qalam (cara externa de la pluma) y wajh al-qalam (cara interna). Usando uno u otro lograban distintos tipos de trazos y adornos en las letras.

 

Bibliografía citada

Gacek, Adam (2008). The Arabic Manuscript Tradition: A Glossary of Technical Terms and Bibliography. Leiden: Koninklijke Brill.

Khân, Gabriele Mandel (2001). L'écriture arabe: Alphabet, syles & calligraphie. París: Flammarion.

Massoudy, Hassan; Massoudy, Isabelle (2003). L'ABCdaire de la Calligraphie arabe. París: Flammarion.

Roxburgh, David; McWilliams, Mary (2008). Traces of the Calligrapher. Islamic Calligraphy in Practice, c. 1600-1900. Houston: Museum of Fine arts, Yale University.

Zakariya, Mohamed (2013). Tools and techniques. Mohamed Zakariya, Calligrapher. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 22.10.2015.

Foto: Cálamos de caña, de Arabic Calligraphy Suppliers (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "Los curvilíneos trazos del calígrafo", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las tres partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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