El arte de recordar

El arte de recordar

Páginas enraizadas (II)


 

Durante los inviernos de los años 1924 a 1927, el misionero capuchino bávaro Ernesto Willhelm de Moesbach se reunió, en la misión de Puerto Domínguez (cerca del lago Budi, provincia de Cautín, IX Región de la Araucanía, Chile), con un anciano del pueblo Mapuche llamado Pascual Coña. La intención inicial del religioso era mejorar su manejo del mapudungu, la lengua de ese pueblo originario del centro y el sur chileno. Durante las charlas, Moesbach iba grabando en cinta magnetofónica todo lo que le relataba aquel viejo memorioso y hablador, que no escatimaba detalles a la hora de describir antiguas costumbres de su gente y antiguos paisajes de su tierra natal.

A medida que se iban sucediendo los encuentros, el bávaro se dio cuenta de que tenía en sus manos un testimonio único: una narración en primera persona de uno de los actores de un periodo histórico crucial (la ocupación de la Araucanía por parte del Estado chileno) y de uno de los últimos supervivientes de un modo de vida en franco retroceso. De manera que organizó sus notas y propuso a Coña editar un libro con su biografía.

El texto, escrito a dos columnas (una reflejando la narración original en mapudungu y la otra con la traducción aproximada al castellano de la época), fue revisado por Rodolfo Lenz y Félix José de Augusta (verdaderas autoridades en lingüística Mapuche) y, con el auspicio de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, fue publicado en Santiago de Chile en 1930 con el título Vida y costumbres de los indígenas araucanos en la segunda mitad del siglo XIX.

Pronto se convirtió en una verdadera obra de referencia: una de las fuentes más útiles y fidedignas para conocer no solo la lengua de los Mapuche de finales del siglo XIX (y sus giros, modismos y vocabulario especializado), sino también su cultura, sus costumbres, su organización y sus creencias. Asimismo, proporciona un análisis personal de la visión de un indígena Mapuche de la llegada del hombre blanco a sus territorios, y de las decisiones y posicionamientos que los distintos individuos y grupos Mapuche asumieron ante tal presencia extranjera.

Las últimas ediciones del volumen se han titulado Lonco Pascual Coña ñi tuculpazungun / Longko Pascual Koña ñi tukulpan dungun / Testimonio de un cacique Mapuche y su autoría ha sido adjudicada al propio Pascual Coña, aunque en realidad, Coña no fue longko (una de las jerarquías socio-políticas Mapuche) ni escribió el libro en sí.

Cuando narró su historia y sus vivencias, Coña tenía alrededor de 80 años. Había nacido en Auweyeku, pero vivió en Raukenwe, localidad hoy llamada Piedra Alta, a 20 km al sur del actual Puerto Saavedra (zona costera de la IX Región de Chile). Basándose en los datos que proveyó en sus relatos, investigaciones posteriores han desvelado que los descendientes de ese abuelo narrador viven hoy en la localidad de Kalbuleo, cerca de Puerto Domínguez, en unas tierras que les cedió el Estado chileno cuando su pueblo fue derrotado y "reducido".

La lucidez que demostró Coña al contar sus experiencias es asombrosa. Lo es, también, el nivel de detalle al que llegaron sus descripciones. Véase, sino, el relato sobre su genealogía, que todo Mapuche sabe hacer ascendiendo al menos cuatro generaciones (el meli folil küpan):

 

Cuando ya tenía conocimiento de las cosas, llegué a ver a una anciana de edad muy avanzada; tendría más de cien años. Por tanta vejez sus ojos se habían secado, dentadura ya no tenía: las puras encías le quedaban. Tampoco oía, era bien sorda; sin embargo, si se le hablaba al oído, conversaba lo más bien. Esa anciana se llamaba Picholl y era mi bisabuela paterna. El marido de ella, por consiguiente mi bisabuelo, se llamaba Wechuñpang.
Dicho Wechuñpang tuvo un hijo de nombre Aillapang, mi abuelo paterno. Este estaba casado, pero a su mujer, mi abuela, no la alcancé a conocer. El hijo de Aillapang se llamaba Tomás Coña y ése era mi padre. Nació cerca del mar, en el lugar denominado Raukenwe.
Mi finada madre nació en Wapi, en el lugar donde está actualmente la capilla, Kolwe se llama esa región. Su padre era Paillau. Ese anciano era, pues, el padre de mi mamá; luego mi abuelo materno. La madre de mi mamá, o mi abuela materna, se llamaba Wenter; vivía en Maiai, donde está ahora la viuda Marta, mujer del finado Pichipainemill. Tenía un hermano, el finado Painekeu. Al padre de ella, a mi bisabuelo materno, no lo alcancé a conocer.
A la hija de Paillau, madre mía e hija de Wenter, la había robado mi padre para mujer; pues solía decir: "deuma niefilu mafün (después de tenerla hice el pago tradicional)". De tal modo casados vivían ellos en Rankelwe.

 

Con la misma minuciosidad Coña describe uno de los juegos más tradicionales de los Mapuche, el llamado "juego de las habas" o awarkude.

 

También jugábamos a las habas. Para este fin se buscaban ocho habas que se pelaban en una cara, tiñéndolas enseguida de negro en la misma cara pelada con carbón. Ya arreglado eso, se reunían veinte fichas: servían de tales unos porotos o arvejas o habas o palitos: cualquiera de estas cosas.
Antes de empezar el juego se ponía en el suelo una frazada por tablero. Luego se sentaban frente a frente los dos muchachos que querían jugar a las habas; cada cual tenía sus veinte fichas a un lado. Listos, se invitan uno al otro diciendo "kudeaiyu mai (juguemos, pues)".
- "Chem pilelaen? (¿Qué cosa dirás que tienes para mí? [¿Qué quieres apostar?])" pregunta el uno a su adversario.
- "Este lazo te pondré de premio. Y tú, ¿qué cosa apuestas?".
- "Esta lama [paño tejido para la silla de montar] o este cuchillo, cualquiera de las dos cosas que prefieras, te destinaré de premio" contesta el otro.
- "La lama me gusta".
- "Bueno".
Entonces empiezan el juego. Las ocho habas preparadas son las piezas con que se juega. Un jugador las toma, las empuña con la derecha y las desparrama enseguida sobre el tablero. Si cuatro habas caen de espalda [la cara negra arriba] y otras cuatro de barriga hay lo que se llama "paro"; vale una ficha.
Pero si todas caen de espalda o todas de barriga, hay lo que se llama "negro" o "blanco" respectivamente; vale dos fichas.
El que ha alcanzado paro pasa una ficha al otro lado de su cuerpo; mas cuando hace todo negro o todo blanco, pasa dos fichas a ese mismo lado.
El que ha hecho paro o todo negro (o blanco) continúa sus tiradas hasta que ya no hace negro ni paro.; entonces toca al adversario, que juega de la misma manera.
Mientras que los jugadores tiran sus piezas, cantan así: "¡Vamos, juego! ¡Favoréceme, juego! ¡Al negro, juego!".
De esta manera siguen los dos adversarios con su juego. Quien en primer lugar acaba con sus fichas, habiéndolas pasado al otro lado, ese es el vencedor. Sin embargo, todavía no recibe el premio; el juego sólo está medio hecho; exige dos tantos.
Por eso empiezan de nuevo, procediendo completamente de la misma manera. Si ahora el mismo que acabó en primer lugar con sus fichas acaba con ellas otra vez el primero, entonces el juego está terminado; pero no si el otro le hace empate; en este caso tienen que continuar el juego.
Aquel que dos veces continuas acabe el primero con sus fichas gana definitivamente y es acreedor del premio.

 

A las instrucciones de los juegos se suman las del cultivo del maíz, la preparación de la chicha de manzana chisko, la elaboración de alfarería, platería y tejidos de telar, las técnicas de caza y pesca, los casamientos y las guerras. Evidentemente, su historia refleja también las sombras que se cernieron sobre los Mapuche:

 

Muchas injusticias me hacían en este terreno los vecinos [colonos chilenos]: me ponían cercos por medio de mi fundo, continuamente me violaron la línea de demarcación. Un cerco bueno no erigían; por mi suelo no más pasaron sus cercos esos huincas.
Muchas veces me fui donde el Protector de Indígenas en Temuco. "Se te hará justicia", me dijo ... pero mi terreno no se me ha devuelto nunca.
Además los mismos parientes me causaban daño en el terreno. Por eso me afligía mucho yo, pobre hombre, me cansaba por los eternos disgustos. Me dije a mí mismo: "Ojalá pudiera morir ahora, para no ver nada más de toda esta miseria, yo pobre desgraciado".

 

Como bien señala José Ancán Jara (Centro de Estudios y Documentación Mapuche Liwen de Temuco), prologuista de una de las última ediciones del libro (Santiago: Pehuén, 2002), "la entregada complacencia de los [Mapuche actuales] que ofrecen al mejor postor partículas de tradición convertida en tarjeta postal sigue reproduciendo el rostro más amargo de la derrota experimentada en vivo y en directo por Coña".

El libro comienza con unas palabras que resultan casi proféticas...

 

Kiñe dengu pian (Una cosa diré):
Estoy viejo ya, creo que tengo más de ochenta años. Durante esta larga vida llegué a conocer bien los modos de la gente de antaño; todas las diversas fases de su vida tengo presentes; tenían buenas costumbres, pero también malas.
De todo esto voy a hablar ahora: contaré el desarrollo de mi propia existencia y también el modo de vivir de los antepasados.
En nuestros días la vida ha cambiado; la generación nueva se ha chilenizado mucho; poco a poco ha ido olvidándose del designio y de la índole de nuestra raza; que pasen unos cuantos años y casi ni sabrán hablar ya su lengua nativa.
Entonces, ¡que lean algunas veces siquiera este libro!
Piken mai ta tüfa (He dicho).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 15.09.2015.

Foto: Cementerio Mapuche (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte de la colección de ensayos "Páginas enraizadas: Tradiciones, memorias y libros", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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