Un rey, una estatua-libro y un escriba torpe

Un rey, una estatua-libro y un escriba torpe

Historias de libros con historias (III)


 

Leonard Woolley —el arqueólogo británico que desenterró el famoso Cementerio Real de Ur— dio con ella en 1939, mientras excavaba las ruinas de un templo en el sitio de Tell Atchana, cerca de la actual ciudad de Antakya (provincia de Hatay, Turquía). Se trata de una estatua de un metro de alto, de dolomita blanco-parduzca, que representa muy esquemáticamente a un individuo de grandes ojos de vidrio blanco, sentado en un trono de basalto y con las manos sobre el pecho.

Supongo que a Woolley le habrá llamado la atención la misma característica que me la llamó a mí —y a muchísimos otros— apenas la vi en la sala 57 del Museo Británico: la espalda, los hombros, los brazos y parte de la cara y el pecho de la estatua están cubiertos de pequeños signos cuneiformes. La tosca efigie es, en la práctica, un verdadero libro abierto.

El centenar de líneas de texto que cubren la escultura contaron a los investigadores diestros en descifrar las lenguas muertas de la antigua Mesopotamia que aquella era una representación de Idrimi, soberano de la ciudad-estado de Alalakh durante la Edad de Bronce Tardía, unos 1.600 años antes de Cristo [1].

La historia narrada a través de pequeñas cuñas grabadas en la piedra resultó apasionante; tanto, que dio pie a un buen número de análisis lingüísticos y literarios y a muchos artículos históricos y arqueológicos. Idrimi relata, en primera persona, su propia biografía, una trayectoria personal jalonada de avatares que hoy en día casi suenan a leyenda o a película épica (Greenstein y Marcus, 1976).

Explica que fue el hijo menor de Ili-ilimma, señor de la dinastía de Yamkhad y soberano del reino amorrita de Halab (actual Alepo, Siria). Debido a serios problemas cuyos motivos no aclara, cuando Idrimi era todavía un niño, su familia se vio forzada a abandonar su ciudad natal, Halab, y a refugiarse en Emar (hoy Tell Meskene, Siria), una ciudad-estado situada a orillas del Éufrates y gobernada por los descendientes de sus tías maternas. Las crónicas históricas coinciden en señalar que la huida pudo haber sido provocada por la caída de Halab en manos de los ejércitos del reino hurrita de Mittani, al este, los cuales habrían ocupado toda la región.

Idrimi narra las diferencias que tenía con sus hermanos mayores y cómo, un buen día, resolvió alejarse de los suyos y dejar Emar. Provisto de un patrimonio mísero para alguien de su estatus (un caballo, un carro y un escudero), se dirigió hacia el sur. Allí, en tierras de Ammija, en Canaan (en el Cercano Oriente) se asentó entre los Hapiru, un pueblo nómada de asaltantes, ladrones y forajidos que fueron llamados, en los textos de la época, sa-kaz: "los destroza-tendones". Entre ellos había refugiados del antiguo reino de Halab: habitantes de poblaciones como Niya, Amae, Mukish y Alalakh que habían escapado tras las invasiones de los hurritas de Mittani. Estos reconocieron a Idrimi como el hijo de su legítimo señor y, junto a él, comenzaron a planear la reconquista de sus tierras originarias (Collins, 2008 : 33).

Después de siete años de espera, y mientras "soltaba aves y sacrificaba corderos" como ofrendas a Teshub, dios del cielo y de la tierra, Idrimi decidió construir una flota y, acompañado por un ejército numeroso, tomó las ciudades antedichas. Tras ello envió un mensaje al señor del reino de Mittani, Parattarna o Paršatar, recordándole viejos pactos y juramentos, y éste lo aceptó como vasallo y le permitió establecer su capital en Alalakh (Podany, 2010 : 137). La villa estaba estratégicamente situada en el valle del río Amuq, en un cruce de las rutas que llevaban de Alepo al mar y de Anatolia a la costa palestina.

Allí, en Alalakh, reinó Idrimi, y desde allí lideró la conquista de un puñado de ciudades del reino Hatti (Hitita) de Kizzuwatna, al norte, en la actual Anatolia turca. De esas campañas militares volvió con riquezas que le permitieron elevar y fortalecer las murallas de su ciudad, crear templos y construir casas para que los antiguos refugiados pudieran volver a vivir en sus tierras natales. Y allí murió, tras treinta años de reinado, dejando como heredero a su hijo Niqmepa.

Luego de dar cuenta de su historia, Idrimi agregó una serie de maldiciones que buscaban impedir que su figura fuese deshonrada:

 

¡A aquel que remueva mi estatua [le deseo] que su semilla se termine, que el cielo lo maldiga, que su semilla quede encerrada en el Inframundo, que los dioses del cielo y de la tierra dividan su reino y su país! ¡Al que la cambie, de cualquier forma que sea, [le deseo] que Teshub, el Señor del Cielo y de la Tierra, y los grandes dioses de su tierra, destruyan su nombre y a sus descendientes!

 

Pero ahí no acaba el texto. Las penúltimas líneas están (auto-)dedicadas al escriba, a aquel que grabó los signos en la piedra:

 

Dado que Sharruwa, el escriba, fue el que inscribió esta estatua, que los Dioses del Universo lo mantengan vivo, lo protejan y lo favorezcan. Que Shamash, Señor de los Vivos y de los Muertos, Señor de los Espíritus, lo cuide.

 

Lo curioso del caso es que, a decir de los expertos, el trabajo que realizó el tal Sharruwa no fue precisamente bueno: el acadio en el que está redactada la historia es defectuoso (fruto de una traducción mal hecha de la lengua amorrita al acadio, prestigioso idioma "internacional" de la época) y la escritura cuneiforme es lo suficientemente confusa como para que todavía haya algunas secciones del texto que generen dudas y debates entre los académicos. Aún así, y a pesar de su torpe y descuidado desempeño (algunos autores hablan de "ignorancia irritante" en la escritura y de un "uso horripilante" de la lengua; vid. Sasson, 1981), el escribiente se tomó la libertad de firmar el texto y pedir las correspondientes bendiciones. Tal osadía, algo bastante inusual, ha llevado a algunos estudiosos a preguntarse si la historia no habría sido escrita una vez que Idrimi hubiese muerto. En tal caso, la estatua sería una ofrenda a la memoria del rey y el texto, una "pseudo-autobiografía" con tintes heroicos.

A pesar de haber sido solo un pequeño gobernante en un escenario histórico con actores de mayor talla, la historia de Idrimi (cuya tumba fue hallada por Woolley en la misma serie de excavaciones que permitieron desenterrar la efigie) ha sido recogida en numerosos libros. Parece cumplirse así lo que pedía el soberano —o su fiel escriba— en la última línea de la inscripción, como colofón a sus aventuras:

 

Yo fui rey durante 30 años. Escribí mis logros sobre mi estatua. Dejad a la gente leerla y bendecidme.

 

Notas

[1] The British Museum (s.f.). Statue of Idrimi. Explore. Highlights. [En línea].

 

Bibliografía citada

Collins, Paul (2008). From Egypt to Babylon. The International Age 1150-500 BC. Londres: The British Museum Press.

Greenstein, Edward L.; Marcus, David (1976). The Akkadian Inscription of Idrimi. JANES, 8, pp. 59-96.

Podany, Amanda H. (2010). Brotherhood of kings: how international relations shaped the ancient Near East. Nueva York: Oxford University Press.

Sasson, Jack M. (1981). On Idrimi and Šarruwa, the Scribe. En Morrison, Martha; Owen, David I. (eds.). Studies on the Civilization and Culture of Nuzi and the Hurrians. [S,l.]: Eisenbrauns, pp. 309-324.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 18.08.2015.

Foto: "Estatua de Idrimi en el Britih Museum", de Edgardo Civallero.

El texto corresponde a la tercera parte de la colección de ensayos "Márgenes y renglones: Historias de libros con historias", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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