Libros en tiempos de guerra

Libros en tiempos de guerra

Historias de libros con historias (I)


 

Estaba echándole un vistazo a un tomito de autor desconocido, titulado Hundreds of Things a Boy Can Make: A Hobby Book for Boys of All Ages [1], asombrándome de la cantidad de cosas que un chico de 12 años era capaz de hacer hace medio siglo, cuando me topé con un curioso sello, situado en la contraportada del volumen en cuestión. La leyenda rezaba:

 

Book production war economy standard
This book is produced in complete conformity with
the authorized economy standard

[Norma para la publicación de libros en economía de guerra
Este libro ha sido publicado conforme a
las disposiciones económicas vigentes]

 

Durante la primera mitad del siglo XX, el papel empleado en Gran Bretaña se elaboraba utilizando esparto importado del norte de África, de los territorios coloniales franceses [2]. El bloqueo que sufrieron las islas británicas durante la II Guerra Mundial (sumado al hecho de que París –y las colonias que controlaba– cayó bajo las fuerzas alemanas en 1940) y la propia economía de guerra (el papel de buena calidad usado en las imprentas británicas debía ser importado) llevó a que, desde marzo de 1940, en Gran Bretaña se racionara el papel (Flanders, 2005).

Inicialmente los editores vieron sus suministros reducidos a un 60% de lo que empleaban durante el periodo 1938-39. Ese porcentaje se reajustaba cada tres meses, de acuerdo a la disponibilidad y las necesidades del momento. Lamentablemente, los recortes fueron cada vez mayores, y a mediados de 1941, las editoriales operaban al 42,5% de los niveles previos a la guerra [3].

Con el fin de evitar mayores restricciones gubernamentales, un comité de la Publishers' Association (Asociación de Editores, entonces bajo la dirección de W. G. Taylor, de J. M. Dent & Sons) se propuso diseñar, en diciembre de 1941, el Book Production War Economy Agreement (Acuerdo para la Publicación de Libros en el contexto de una Economía de Guerra). Buena parte de la tarea recayó sobre Stanley Morison y Guy Bickers, de George Bell & Sons. El acuerdo fue firmado en enero de 1942 entre Francis Meynell, a la cabeza del Ministry of Supply (Ministerio de Abastecimiento) y los editores, y fue puesto en marcha por la oficina de Paper Control (Control del Papel) del mencionado ministerio (McKitterick, 2004).

Aunque se trataba de un acuerdo "voluntario", los editores que no lo firmaron vieron reducidos sus suministros de papel mucho más que los que sí lo hicieron: recibían un 25% de las cantidades anteriores al conflicto, en contraposición al 37,5% que estaban obteniendo los demás. Fue la primera vez en la historia británica que la "libertad" de los ingleses, fieramente defendida, se vio "condicionada".

Las intenciones del acuerdo eran claras: terminar con las prácticas de producir libros muy gruesos con pocas páginas, prevenir un alza de precios y usar las raciones de papel tan escrupulosa y efectivamente como fuera posible. Para ello se elaboraron unas directrices bastante estrictas que regulaban el proceso de impresión: desde el grosor del material hasta la cantidad de palabras por página.

El papel era fino (tanto que el texto solía transparentarse) y las tapas, endebles. Se eliminaron las sobrecubiertas y la encuadernación cosida (se usaban grapas). Se hizo mucho hincapié en un correcto diseño de página: el texto tenía que ocupar no menos del 50% de la superficie de la misma. Así que se suprimieron espacios innecesarios, márgenes amplios y cualquier tipo de ornamentación o elemento "secundario". Se establecieron estándares para número de palabras por página, además de recomendarse el uso de letras de la firma Monotype (las preferidas eran Bembo, Caslon y Fournier). Las páginas en blanco entre capítulos no estaban permitidas y los preliminares (introducción, tabla de contenidos, etc.) no debían superar las cuatro carillas; en la práctica, prefacio, introducción y capítulos iban todos seguidos. Los tamaños de la letra estaban claramente estipulados, dependían de las dimensiones del libro y solían ser diminutos (el máximo permitido era 12 puntos, u 11 para libros en crown octave); de esta norma se salvaban algunos volúmenes infantiles y educativos, así como aquellos que tenían menos de 64 páginas (BBC, s.f.; Forster, 2013).

Como le dijo Morison a Meynell, el resultado serían "thinner books and handier books" (libros más finos y prácticos). Y lo lograron, en efecto; al menos lo primero. Eran libros muchísimo más finos, con hojas de un papel de baja calidad completamente cubiertas de letra pequeña y apretada, y con márgenes y espacios intermedios escasos o inexistentes. En cuanto a lo de prácticos, no todos estuvieron de acuerdo. Semejante "producción editorial de guerra" era, al parecer, tan espantosa que un miembro del Publisher's War Emergency Committe (Comité de Emergencia de Guerra de los Editores) señaló: "Debemos, a toda costa, pensar en la vista de los lectores. Ya he recibido quejas ... de que la letra usada en muchos de nuestros libros es demasiado pequeña".

Algunas firmas se aprovecharon de la situación para vender ejemplares directamente mal hechos y peor encuadernados. En ocasiones los revisores protestaban. En la célebre revista Punch apareció en 1942 una revisión de The Saturday Book (una popular antología anual) que sentenciaba: "No hay escasez de papel que puede excusar el malvado diseño del libro. La impresión luce como la de un anuncio de medicinas baratas". Un crítico literario, por su parte, observó que "los libros utilitarios son una monstruosidad". Para atajar las más que justificadas quejas, los editores agregaban notas en sus ediciones. En 1944 apareció la siguiente:

 

Esta novela contiene aproximadamente 130.000 palabras que, para ahorrar papel, han sido comprimidas en 291 páginas. Hay muchas más palabras por página de lo que sería deseable en tiempos normales: los márgenes han sido reducidos y no se ha desperdiciado espacio entre capítulos. La cantidad de palabras de una novela media oscila entre 70.000 y 90.000, las cuales, por lo común, conforman un libro de entre 281 y 352 páginas. Esta novela normalmente constaría de alrededor de 444 páginas.

 

Aunque a veces no se daban tantas explicaciones y se "echaba la culpa" al Gobierno y a la guerra:

 

Este libro ha sido elaborado en este formato de acuerdo a las órdenes del Consejo de Producción de Guerra para la conservación del papel y otros materiales necesarios para la continuación de la guerra.

 

A pesar de las restricciones y penurias que el conflicto bélico provocó en las islas británicas (incluyendo la pésima calidad de la producción editorial), la demanda de libros creció, y muchos editores supieron producir libros legibles, e incluso bonitos. Los estudiosos de ese periodo histórico señalan que la lectura era una forma de distraerse de las durezas del momento o de pasar el tiempo durante los habituales apagones, o incluso de enterarse de la situación más allá de las fronteras insulares. Sin embargo, la mayor demanda no se vio acompañada de un aumento de la oferta: las cifras de producción cayeron de 15.000 volúmenes en 1939 a 6.700 en 1943 (Longmate, 2002 : 448-9).

Es necesario señalar que, amén de los problemas de suministro, muchos editores (p.e. Unwin, Ward, Lock, & Co., Hodder & Stoughton, o Macmillan) y proveedores (p.e. Simpkin, Marshall) recibieron impactos directos durante los bombardeos de la aviación alemana sobre Londres (Squires, 2013 : 313), lo cual no facilitó las cosas precisamente. Como tampoco lo hizo el que numerosos maquinistas, impresores y otros trabajadores del sector, por mucho que se intentaba evitarlo, fueran llamados a filas (Hench, 2010 : 25).

El racionamiento de papel continuó en el Reino Unido hasta 1949. En la actualidad, los libros que poseen el sello de "Book production war economy standard" son una rareza en cuya búsqueda se afanan historiadores y profesionales del libro. Esos mismos historiadores y profesionales que generalmente coinciden en señalar que tales libros son, en efecto, "una monstruosidad".

 

Notas

[1] "Cientos de cosas que un muchacho puede hacer: Un libro de hobbies para muchachos de todas las edades". Publicado en Londres por W. Foulsham. [En línea].

[2] El esparto fue introducido desde España y el norte de África en la industria papelera británica hacia 1860, sustituyendo a los trapos. El proceso (que incluía una digestión del material con sosa caústica, un lavado con cloro y varios calentamientos y enjuagues) dejaba un producto de estructura bastante débil (sobre todo si no se eliminaban correctamente los restos de los potentes productos químicos empleados). Aún así, las exportaciones de esparto se elevaron a 200.000 toneladas anuales en 1880 y hasta 300.000 justo antes de la guerra. Este material daba mucho mejores resultados que la pulpa de madera de la época (especialmente si se le agregaba un poco de trapo), de modo que la producción de papel de mediana calidad para arriba dependía de las exportaciones de esparto. Vid. McKitterick (2004), pp. 3-4.

[3] Algunas fuentes citan un 30% y señalan que, si bien durante el periodo de guerra una parte del papel británico se elaboraba con paja nacional, de la cual había buena cantidad, el papel seguía siendo escaso; tarde averiguaron los editores que esa escasez (que entregó el mercado internacional del libro británico en bandeja a la competencia estadounidense) se debía a los particulares puntos de vista de un miembro del Comité Económico del Gabinete. Vid. McKitterick (2004), p. 286.

 

Bibliografía citada

BBC (s.f.). A history of the world. Book: 1943 – War Economy Standard. [En línea].

Flanders, Amy E. (2005). A Necessary Evil: British Publishers and the Book Production War Economy Agreement. En Third International Conference on New Directions in Humanities, Cambridge (Reino Unido), 2-5 de agosto. [En línea].

Forster, Chris (2013).Typography versus Hitler – The Book Production War Economy Agreement (Resumen del libro de Valerie Holman "Print for Victory"). [En línea].

Hench, John B. (2010). Books as weapons. Propaganda, publishing, and the battle for global markets in the era of World War II. Nueva York: Cornell University Press.

Longmate, Norman (2002). How we lived then: History of everyday life during the Second World War. Londres: Pimlico.

McKitterick, David (2004). A History of Cambridge University Press. Volume three. New Worlds for Learning (1873-1972). Cambridge (Reino Unido): Press Syndicate of the University of Cambridge.

Squires, Claire (2013). History of the book in Britain from 1914. En Suarez, Michael F.; Wooudhuysen, H. R. (eds.). The Book – A Global History. Oxford (Gran Bretaña): Oxford University Press.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 04.08.2015.

Foto: Escaneo de sello de Book production war economy standard.

El texto corresponde a la primera parte de la colección de ensayos "Márgenes y renglones: Historias de libros con historias", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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