Neutralidad bibliotecaria

Neutrales: mito y realidad

Neutralidad bibliotecaria (I-II)


 

Introducción

 

Para la teoría crítica, una metanarrativa es un gran relato que busca dar una explicación general a un conjunto de experiencias determinadas. Los teóricos críticos —sobre todo los llamados "postmodernos", con Jean-François Lyotard a la cabeza— desconfían de semejantes discursos: los consideran constructos sociales con los que se pretende "rellenar" vacíos interpretativos y ocultar una apabullante diversidad de historias o relatos particulares, y que suelen ser elaborados y promocionados por los poderes dominantes precisamente para homogeneizar la opinión pública, imponer sus ideas y silenciar voces diferentes a la suya.

La neutralidad bibliotecaria (o "el mito de la neutralidad", como ha sido designado por algunos autores [1]) puede considerarse una metanarrativa dentro de las disciplinas del libro y la información. Una que intenta explicar algunos rasgos del quehacer profesional y termina convirtiéndose en una verdadera directriz. Una de la que hay que desconfiar —por todas las connotaciones e implicaciones negativas que lleva aparejadas— y que, en última instancia, necesita ser desmontada críticamente.

Se trata de uno de los discursos más repetidos dentro de la bibliotecología: subyace persistentemente a lo largo y ancho de la disciplina, en todas sus facetas y a todos sus niveles. Se hace hincapié en la neutralidad bibliotecaria en la adquisición y formación de colecciones, en la catalogación y clasificación de documentos, en los servicios de referencia, en la producción de resúmenes documentales, en el establecimiento de vínculos entre la biblioteca y su comunidad, en la investigación de las funciones de los centros de documentación, en la educación a los futuros profesionales... Resulta, en definitiva, omnipresente, aunque en ocasiones pase desapercibida o no sea distinguida con la suficiente claridad.

El concepto de neutralidad bibliotecaria ha sido a menudo confundido con o utilizado indistintamente en lugar de otros (p.e. independencia o autonomía) que raramente tienen el mismo significado. Un ejemplo más del empleo encubridor y manipulador del lenguaje [2] que ha creado numerosos malentendidos, generado encendidas discusiones a lo largo de la historia de la disciplina, y ocupado cientos de páginas de literatura académica —sobre todo en medios críticos— desde la década de 1960.

 

Historia de un debate

 

Desde los inicios de la bibliotecología como campo disciplinario se hizo especial hincapié en que cuestiones como la neutralidad y la objetividad ocupasen un lugar prominente en el ideario profesional: el bibliotecario debía servir al público de forma equitativa, desprendiéndose de cualquier juicio ético, evaluación moral, compromiso social y posición política o ideológica. Como motivo de ese énfasis, Archie Dick [3] apuntó a las tempranas pretensiones cientificistas de la bibliotecología: para convertirse en una ciencia (y el modelo a seguir eran las ciencias puras o exactas) debía basar su trabajo en criterios "objetivos" y "neutrales".

 

"Cuando se institucionalizó la educación bibliotecaria en las universidades estadounidenses, en las décadas de 1920 y 1930, se perseguía un camino de crecimiento disciplinario guiado principalmente por las perspectivas de la filosofía de la ciencia. De esa forma, la objetividad y la neutralidad se convirtieron en destacados ideales profesionales".

 

En la década de los 60, Douglas J. Foskett [4] colocó la neutralidad bibliotecaria en primer plano: en un texto alabado y criticado por igual ("El credo de un bibliotecario: ni política, ni religión, ni moral"), afirmó que "[d]urante el servicio de referencia, el bibliotecario debe desvanecerse como individuo, excepto en aquellos casos en los que su personalidad arroje alguna luz sobre el trabajo de la biblioteca. Debe ser el alter ego del lector, inmerso en su política, su religión, su moral". Foskett no creía que el bibliotecario debiera deshacerse de sus propios valores (de hecho, opinaba que eran necesarios para crear un vínculo de empatía con sus usuarios). Pero sí pensaba que el profesional debía dejarlos a un lado en el acto de proporcionar el servicio, para ahondar en las preocupaciones y necesidades inmediatas del lector sin ver sus capacidades "impedidas" por ningún filtro personal. Muchos autores han visto en esos planteamientos la base teórica para la posterior preconización de un profesional artificialmente aséptico, "cosificado", despersonalizado y virtualmente convertido en una "máquina". Ese rol bibliotecario se ajustaría a la perfección al paradigma bibliotecológico tecnológico [5] que apareció en los 60 y se desarrollaría en la década siguiente, el cual da mayor importancia a los procesos que a las personas.

En 1972, David Berninghausen avivó la discusión al publicar uno de los artículos más controvertidos sobre neutralidad bibliotecaria [6]. En él afirmó que el pretendido objetivo bibliotecario de garantizar la libertad intelectual sólo podía lograrse a través de una estricta neutralidad por parte de los profesionales de la información. El debate que siguió fue intenso, y la respuesta al artículo llegó dos meses después, en un texto escrito por varios autores [7]. Uno de ellos, E. J. Josey, manifestó que Berninghausen abogaba por "una especie de capitalismo laissez-faire en bibliotecología, en el que se prestase atención a los ricos, poderosos, inteligentes y acomodados, y se dejase a las opiniones contrarias a merced de un mercado dominado por los primeros". Este razonamiento sería utilizado desde entonces como principal ariete contra la idea de neutralidad bibliotecaria.

Los debates continuaron en los 80. Se veía a la neutralidad como una actitud totalmente pasiva y, por ende, peligrosa para la independencia de la biblioteca como institución, para el pensamiento crítico y para la libertad de expresión y opinión. Henry Blanke [8] señaló que se trataba de una clara posición partidaria a favor del mainstream, "un consentimiento incondicional a los imperativos de los elementos más poderosos e influyentes de la sociedad".

A pesar de haber sido cuestionado, contestado y desafiado por las corrientes más críticas y progresistas de la bibliotecología [9] (que son, al mismo tiempo, las minoritarias y "alternativas"), el concepto de neutralidad ha llegado hasta nuestros días prácticamente intacto. Pese a todos los argumentos esgrimidos en su contra, es defendido y apoyado firmemente por los estratos dominantes afines al poder hegemónico (y aparece en directrices académicas, recomendaciones de grandes asociaciones y artículos o libros). El bibliotecario actual, aún cuando llegue a reconocer en su actividad cierto papel democratizador o ciertas implicaciones sociales, no suele considerar su labor como algo político o en lo que haya (o debiera haber) un posicionamiento ideológico o personal: un porcentaje significativo de la comunidad profesional adhiere a la idea de que su trabajo es (o debe ser) totalmente neutral [10]. Esta insistencia en la objetividad y en la neutralidad consiguen arrebatar a la disciplina algunas de sus características más valiosas, como la responsabilidad social y el compromiso con la justicia y los derechos humanos.

El relato de la neutralidad en el campo de la bibliotecología puede encontrarse, en distintos grados y a varios niveles, en la práctica totalidad de sus escenarios. Para abordar el "problema de la neutralidad" con propiedad y contrarrestarlo con toda la efectividad que sería deseable, tales niveles deben ser identificados y diferenciados correctamente.

En una aproximación superficial a la biblioteca como institución, puede hablarse de neutralidad a nivel de misión y de funciones, a nivel de servicios (sobre todo el de referencia) y a nivel de políticas internas (p.e. las de adquisición y formación de colecciones, las de clasificación y catalogación, las de préstamo y las de contratación de personal). Un acercamiento paralelo a la bibliotecología como disciplina proporciona indicios de neutralidad en las áreas de investigación y docencia (aspectos que no serán tratados en este artículo). En la siguiente sección se presenta un análisis —extremadamente somero, considerando la complejidad de la temática y los muchos intereses en juego— de la presencia del término "neutralidad" en los ámbitos arriba señalados.

 

Notas

[1] Vid. p.e. Jensen, Robert (2008). "The Myth of the Neutral Professional". En: Questioning Library Neutrality. Duluth, MN: Library Juice Press; Branum, Candise (s.f.). "The Myth of Library Neutrality" (enlace); o López López, Pedro (2008). "El mito de la neutralidad en Biblioteconomía y Documentación". Educación y Biblioteca, 166, pp. 62-68.

[2] Romano, Vicente (2007). La intoxicación lingüística. El uso perverso de la lengua<. Mataró: El viejo topo.

[3] Dick, Archie (1995). "Library and information science as a social science: Neutral and normative conceptions". Library Quarterly, 65 (2), pp. 216-235.

[4] Foskett, Douglas John (1962). The Creed of a Librarian: No Politics, No Religion, No Morals. London: The Library Association.

[5] Para una descripción de los paradigmas bibliotecológicos, vid. Gironelly Pérez, Sonia (1997). "Paradigmas y no paradigmas: una conceptuación necesaria". Ciencias de la Información, 28 (2), pp. 75-90.

[6] Berninghausen, David K. (1972). "Antithesis in Librarianship: Social Responsibility vs. The Library Bill of Rights". Library Journal, 97, pp. 3675-3681.

[7] Wedgeworth, Robert et al. (1973). "Social Responsibility and the Library Bill of Rights: The Berninghausen Debate". Library Journal, 98, pp. 25-41.

[8] Blanke, Henry (1989). "Librarianship & Political Values: Neutrality or Commitment?". Library Journal, 114 (12), pp. 39-43.

[9] Vid. p.e. Lewis, Alison (ed.) (2008). Questioning Library Neutrality: Essays from Progressive Librarian. Duluth, MN: Library Juice Press. Se trata de una colección de ensayos (de autores como Mark Rosenzweig, Sandy Iverson, Robert Jensen y John Doherty) tomados de la revista Progressive Librarian.

[10] "Desafortunadamente, demasiado a menudo los bibliotecarios han rechazado la naturaleza política del trabajo que realizan. En estos tiempos de intensa mercantilización de la información, los bibliotecarios han buscado jugar roles destacados en la nueva 'sociedad de la información'. Para ello, han aceptado acríticamente los ideales de profesionalización y han adoptado los principios de objetividad y neutralidad". Iverson, Sandy (1998/1999). "Librarianship and Resistance". Progressive Librarian, 15, pp. 14-19.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 28.07.2015.

Foto: "Perfection is pure nothingness" (enlace).

El texto corresponde a las dos primeras partes del artículo "Neutralidad bibliotecaria", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu.

 


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