Lectores... de cartas

Lectores... de cartas

De tablillas y papiros (III)


 

Dile al rey de Egipto, mi hermano: así dice el rey de Alashiya, tu hermano. Todas mis cosas van bien. Mis casas, mi esposa, mis hijos, mis soldados, mis caballos, mis carros y en mis tierras, todo está bien. Que todo vaya bien para mi hermano. Que sus casas, sus esposas, sus hijos, sus soldados, sus caballos, sus carros, y en sus tierras, esté todo bien.

Fragmento de la carta del rey de Alashiya (Chipre) al rey de Egipto. Cartas de Amarna (EA 35), Museo Británico (Londres, Reino Unido). Siglo XIV a.C.

 

En líneas muy generales, puede afirmarse que los antiguos escribas eran los notarios públicos de su época, burócratas enfrascados en dejar constancia de todo tipo de información. Pero no eran exclusivamente escritores: también eran lectores. Leían para sus superiores o patrones analfabetos (arquitectos, astrónomos, mercaderes, sacerdotes, príncipes, generales, reyes...) como parte de sus tareas habituales, o bien como un servicio especial para el que quisiera y pudiera pagarlo. Entre las muchas cosas que debían leer y escribir, quizás las más interesantes y abundantes fueran las cartas.

En Egipto y Mesopotamia, la correspondencia fue copiosa. Las cartas no se limitaban únicamente a aquellas oficiales, producidas en palacios [1] o templos: los textos más jugosos que se han desenterrado hasta la actualidad son los que se enviaban entre sí los comerciantes, mercaderes, navieros y transportistas sumerios, babilonios o asirios. Un ejemplo es la carta que escribió el mercader Nanni a su asociado Ea-nasir en Ur, hacia el 1700 a.C. (Claiborne, 1974):

 

No hiciste lo que me prometiste. Colocaste lingotes que no eran buenos ante mi mensajero y dijiste: "¡Si los quieres, tómalos, y si no, déjalos y lárgate de aquí!". ¿Por quién me tomas, que tratas a alguien como yo de esa manera? He enviado, como mensajeros, caballeros como nosotros para reclamar mi dinero, pero tú me has tratado con desprecio, enviándolos de regreso con las manos vacías varias veces... Te informo que desde ahora en más no aceptaré de ti ningún cobre que no sea de la mejor calidad. Por ende, seleccionaré yo mismo los lingotes uno por uno en mi patio, y ejerceré mi derecho a rechazarlos, dado que me has tratado con desprecio.

 

Además de los comunicados oficiales y los acuerdos comerciales, también se redactaban cartas personales, e incluso íntimas (Michel, 2001). Destaca, por ser la más estudiada, la correspondencia entre los mercaderes asirios destinados a la lejana Kaniš, en Anatolia, y sus mujeres, residentes en la capital asiria, Aššur (Michel, 2008). Así le escribía la esposa de uno de ellos:

 

¡Desde que partiste, Šalim-ahum ya ha hecho obras en su casa dos veces! ¿Cuándo podremos hacer nosotros lo mismo?

 

Algunas eran verdaderas cartas de amor:

 

Te lo ruego: una vez que hayas oído mi tablilla, ven, regresa a Aššur, a tu dios y a tu tierra, y deja que pueda volver a ver tus ojos.

 

Las tablillas, en efecto, no eran leídas: eran "oídas" de los labios de un escriba [2]. Y es que "leer", en sumerio, se decía šita (šit, šid, šed), un verbo que significaba también "contar", "calcular", "considerar", "memorizar" y, sobre todo, "recitar", "leer en voz alta". Este rasgo de la lecto-escritura antigua aparecerá en muchísimos textos, especialmente en cartas y mensajes.

Las cartas reales, por su parte, fueron la forma de correspondencia más abundante durante la primera mitad del segundo milenio a.C., o, al menos, de la que tenemos más evidencias arqueológicas. Las más famosas proceden de Akhetaten/Amarna (Egipto), en donde se han hallado misivas enviadas por los reyes de Asia Menor y Mesopotamia al faraón Amenhotep IV/Akhenaton (1351-1334 a.C.); el rey de Biblos, Rib-Hadda, fue el autor más prolífico (con unas 60, de las casi 400 descubiertas hasta el momento). En la capital de los hititas, Hattuša (actual Turquía), también se encontraron muchas cartas intercambiadas con Egipto y Asiria (Mora & Giorgieri, 2004); algo similar sucedió durante las excavaciones en el puerto de Ugarit (actual Siria). Posteriormente, durante el primer milenio a.C., los restos de correspondencia se reducen a los correos oficiales: el hallazgo de misivas particulares se vuelve más raro, probablemente porque ya se escribiría en arameo sobre pieles o pergamino, un material que no habría sobrevivido al paso del tiempo.

Las miles de cartas recibidas y enviadas por los reyes Aššur-ahhe-iddina (Esarhaddon, 681-668 a.C.) y Aššur-bāni-apli (Asurbanipal, 668-627 a.C.), encontradas en los palacios asirios de Kalhu/Nimrud y Nínive (Parpola, 1983), son de enorme interés: no solo muestran el panorama político del momento, sino que revelan, entre muchas otras cosas, el proceso de escritura de una carta oficial.

Por lo general, las cartas eran dictadas o compuestas por un escriba, usando sobre todo el acadio como lengua de correspondencia. Eran releídas, corregidas si era necesario, colocadas en un sobre (de arcilla), selladas con el monograma del remitente y enviadas.

Su escritura era un asunto de muy alta responsabilidad, y por ende, era llevado a cabo por profesionales muy confiables, sobre todo en el caso de la correspondencia real. Así relata un escriba, en una carta a su señor, como lo abordó el rey Hammurabi I de Yamkhad (actual Alepo, Siria).

 

Esto es lo que me dijo [Hammurabi]: "Hay un asunto confidencial que quiero discutir contigo. Mañana al amanecer, acércate a las puertas de palacio, de forma que te lo pueda decir, y tú lo puedas escribir en una tableta y enviársela a tu señor" Eso fue lo que me dijo.

 

Al escribir una carta, el límite venía dado por el tamaño de la tablilla. En ciertas ciudades-estado se usaban grandes tablillas "estandarizadas", que podían cubrirse, de ser necesario, por ambos lados. Pero no siempre era así.

 

[Yo, el ministro Habdu-malik] fui a Karana y transmití a Asqur-addu todas las instrucciones que mi señor me había dado. ¿Por qué debería retrasarme más en escribir a mi señor? Para que la información no sea tan copiosa que no entre en una sola tableta, he resumido lo esencial de la materia y se lo he escrito a mi señor.

 

Las cartas mesopotámicas comenzaban con una fórmula que delata la presencia del escriba, el necesario intermediario que recitaría el texto al destinatario de la misiva: Ana X qibi-ma umma Y ("A X, dile esto: así habla Y"; vid. Roux, 1964). A veces, tal presencia es señalada de forma mucho más explícita cuando los textos se refieren a "oír mensajes". Así hablaba Samsi-addu, el entonces rey de Ekallatum, a su vasallo el rey Kuwari de la ciudad-estado de Shusharra (noreste de Irak) en el siglo XVIII a.C.:

 

Dile a Kuwari: Así dice tu señor. He oído las cartas que me enviaste. Todo lo que me has escrito, yo lo haré.

 

En el siguiente párrafo, el rey Zimri-lim de Mari (1775-1761 a.C.) pide a su ministro Sammetar su consejo para responder a una carta recibida del célebre Hammurabi de Babilonia.

 

Me ha llegado una tablilla de Babilonia; ¡ven, escuchémosla juntos, tengamos una discusión, y respondámosla!

 

Y respondía un servidor del propio rey de Mari a su regente:

 

Mi señor envió una carta aquí para Shumshu-liter, en relación al cereal burrum. Él no estaba, de forma que yo abrí la tablilla y la escuché.

 

En las cartas no se consignaban lugar y fecha. Se supone que era el mensajero el que, oralmente, entregaba esa información al destinatario del correo.

Las cartas-tablillas iban embutidas en sobres de arcilla (Avrin, 1991). Básicamente, se buscaba evitar que el contenido de los mensajes fuera visto por terceros. Sobre la superficie del sobre se apuntaba el nombre del destinatario y se colocaba el sello del remitente; cuando, en épocas tardías, el sello ya no llevaba inscrito el nombre, éste se agregaba a mano. De acuerdo a las evidencias documentales, el hecho de no tener un sello personal [3] era un motivo de vergüenza, al menos entre ciertas clases sociales. Así decía la princesa Shimatum a su padre, el rey Zimri-lim de Mari:

 

¡Ojalá que mi señor me traiga un sello de lapislázuli con mi nombre! Cuando mande un mensaje, nadie volverá a mostrar desprecio diciendo "¡No lleva la marca de su sello!".

 

A veces, por distintos motivos, no había escribas de por medio; los resultados entonces solían ser mediocres, o directamente pésimos. Esto afectaba a generales, administradores, príncipes y sacerdotes por igual.

Dentro de la correspondencia oficial, había ciertas estructuras que debían respetarse (aperturas y cierres), así como ciertas normas de "decoro": los subordinados, por ejemplo, debían fingir que sus superiores ya conocían el asunto del cual se les iba a informar (vid. Charpin, 1995). Las cartas privadas, por el contrario, tenían un estilo mucho más libre y, por ende, más vívido.

No responder a una carta (sobre todo cuando se solicitaba una respuesta, y mucho más cuando tal solicitud era de carácter urgente) era visto como un acto de desprecio y una tremenda falta de educación. Así reprendía Samsi-addu, rey de la Alta Mesopotamia (siglo XVIII a.C.), a su hijo:

 

¿Por qué no me has enviado una respuesta a mi tablilla? El no enviar una respuesta a mi tablilla ¿no es una forma de desprecio y una negación del otro? ¿Es esa tú ética?

 

Para otros, tratar determinados temas en las cartas era considerado de escaso gusto o interés. Así escribía Hammurabi de Babilonia (siglo XVIII a.C.) a una de sus hermanas (nótese que el rey "leía" las tablillas, no las "oía"):

 

He leído la tablilla que me enviaste. En ella me escribiste: "¿Por qué no me escribiste sobre tu enfermedad?" Hay personas para las cuales las enfermedades son tema de correspondencia con sus hermanos. En cuanto a mí, yo solo escribo noticias alegres: "Estuve enfermo, ahora ya estoy bien".

 

Las cartas eran llevadas por mensajeros, aunque en tiempos de guerra o conflicto eran confiadas a mercaderes, que gozaban de cierta inmunidad. Al entregarse la carta se esperaba una propina, y aún quedan registros de lo ofensivo que podía resultar una propina demasiado pequeña. Esto comentaba el empobrecido Shadum-adal, rey de Ashlakka, a Zimri-lim de Mari:

 

De modo que pedí prestado dos shekels de plata y quise dárselos a los mensajeros de mi señor, pero ellos no los aceptaron, diciendo "¡Eso es muy poco!".

 

De todos los documentos recuperados a través de las excavaciones arqueológicas en las antiguas ciudades de Mesopotamia, las cartas son los que recrean el lado más humano de aquellas sociedades antiguas; los que traen a la vida nuevamente los latidos de aquella gente, tan lejana en el tiempo pero, a la vez, tan cercana:

 

Que mi padre y los dioses te mantengan bien. Las ropas de hombre mejoran año tras año. El hijo de Adadiddinam, cuyo padre es un mero subordinado de mi padre, ha recibido dos vestidos nuevos, pero tú sigues enojándote cuando yo te pido al menos uno. Tú me trajiste al mundo, su madre lo adoptó; su madre lo ama, tú a mí no (Claiborne, 1974).

 

Notas

[1] El conjunto más importante de cartas reales, compuesto por varios miles de ejemplares, ha sido descubierto en el palacio de Mari (actual Tell Hariri, Siria). Los textos cubren el periodo de 25 años que abarca los reinados de Yasmah-Adad y Zimri-Lim; vid. Charpin & Ziegler, 2003.

[2] En Egipto y Mesopotamia no se leía silenciosamente: se leía en voz alta, se declamaba, se recitaba. Las tablillas "hablaban", eran las voces por aquellos cuyos sellos estaban plasmados en ellas. De hecho, los jueces de babilonia afirmaban que los contenidos de las tablillas eran sus "bocas", o que habían "oído" a la tablilla. No había nada que contradijera a la palabra escrita y sellada. La voz escrita era la voz real.

[3] Estos sellos personales (tan necesarios para la identificación personal como un DNI actual) solían ser pequeños, cilíndricos y estar elaborados en piedras semi-preciosas (serpentina, cuarzo, jaspe, calcedonia, ágata, hematites, magnetita, cristal de roca, lapislázuli, mármol). Se cuentan entre los primeros ejemplos de impresión conocidos.

 

Bibliografía citada

Avrin, Leila (1991). Scribes, scripts and books: the book arts from antiquity to the Renaissance. Chicago: American Library Association.

Claiborne, Robert (1974). The birth of writing. Nueva York: Time-Life Books.

Charpin, Dominique (1995). Centre et périphérie. NABU, 4, p. 77.

Charpin, Dominique (2010). Reading and writing in Babylon. Cambridge (MA): Harvard University Press.

Charpin, Dominique; Ziegler, Nele (2003). Mari et le Proche-Orient à l'époque amorrite. Essai d'histoire politique. Florilegium marianum V. Mémoires de NABU, 6. París.

Michel, Cédile (2001). Correspondance des marchands de Kanich. Paris: [s.d.].

Michel, Cécile (2008). La correspondance des marchands assyriens du XIXe s. av. J.-C. De l'archivage des lettres commerciales et privées. Topoi - Supplément 9 – La lettre d'archive, pp. 117-140.

Mora, Clélia; Giorgieri, Mauro (2004). Le lettere tra i re ittiti e i re assiri ritrovate a Hattuša. Padua: SARGON.

Parpola, Simo (1983). Assyrian Library Records. Journal of Near Eastern Studies, 42 (1), pp. 1-29.

Roux, Georges (1964). Ancient Iraq. Londres: George Allen & Unwin.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 07.07.2015.

Foto: "Clay tablet and envelope", de The Oriental Institute/The University of Chicago (enlace).

El texto corresponde a la tercera parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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