El rol de la biblioteca en la inclusión social

Los incluidos, los excluidos...

El rol de la biblioteca en la inclusión social (I-III)


 

Introducción

 

La frenética lucha cotidiana entre colectivos sociales, "clases"” y comunidades por el control y el uso de los recursos disponibles —uno de los principios esenciales de todas las sociedades industrializadas y capitalistas modernas— arroja como resultado una larga ristra de "vencidos"”, amplios sectores de la población que han sido derrotados en la "competencia". Los caídos ven cercenadas sus oportunidades de desarrollo (y sus mismísimos medios de vida) por los "vencedores", que intentan mantenerlos donde están para evitar competidores que amenacen el statu quo. Nace así la exclusión social como fenómeno (pero no como concepto), y al mismo tiempo surge su contrapartida, la inclusión social: el conjunto de medidas que intentan paliar los nocivos efectos de la exclusión.

La biblioteca, como gestora de un valioso recurso público (la información), se halla en una encrucijada. Por un lado, al encontrarse dentro de los objetivos de la lucha entre los grupos sociales, debe asegurarse su neutralidad y garantizar que el bien que salvaguarda y distribuye (vital para el desarrollo y el progreso de la sociedad) llegue a todos por igual. Por el otro, debe lograr que la información que maneja sirva como herramienta a aquellos colectivos excluidos que pretendan minimizar las consecuencias de su estado y los bloqueos a los que se ven sometidos. En ambos casos, los profesionales de la bibliotecología y la documentación deberán apelar a su responsabilidad social, su ética profesional y su compromiso para hacer frente a los retos y dificultades que entrañan tan complejas tareas.

 

"Incluidos" y "excluidos"

 

La inclusión en comunidades, colectivos o cualquier otro tipo de agregado social (y la consiguiente exclusión de ellos) son fenómenos intrínsecos a la construcción y desarrollo de cualquier entramado humano.

Se trata de mecanismos puestos en práctica en el marco de procesos de agrupamiento social, aquellos a través de los cuales los individuos que comparten determinadas características e intereses se interconectan para conformar grupos de distintas magnitudes, objetivos y alcances: colectividades étnicas y lingüísticas, congregaciones religiosas, comunidades de género, "tribus urbanas", sindicatos, asociaciones, partidos políticos, organizaciones, empresas y, en algunos casos, incluso el propio Estado (entendido como patria de un pueblo).

La vinculación a determinados sectores facilita al individuo una interacción social (medida a través del grado de cohesión social) que le abre las puertas a la socialización, el intercambio y el crecimiento. Ello, a su vez, le permite construir su identidad, un rasgo único y personal elaborado a partir de los sentimientos, ideas y experiencias generados por la pertenencia a los distintos colectivos a los que una persona se adscribe o es adscrita (Tajfel, 1984).

Los procesos de formación de grupos sociales se basan indefectiblemente en la aplicación de unos criterios de inclusión: una serie de "reglas" o "normas" (por lo general producidas internamente, de forma consuetudinaria y progresiva) que delimitan la frontera entre "lo propio" y "lo extraño" ("el otro"). Esos criterios son, al mismo tiempo y por defecto, los de "no-inclusión" o exclusión.

Existe una diferencia sutil —quizás no semántica, pero sí práctica— entre "no ser incluido" y "ser excluido". La no-inclusión raramente representa un problema para el rechazado, a pesar de que en ocasiones pueda conducir a crisis, desajustes o desequilibrios a nivel personal. Por su parte, la exclusión —fenómeno tan antiguo como la humanidad [1] y presente en todos los rincones del planeta— implica una postura activa de no aceptación de un individuo (o de un sector, o incluso de uno o varios grupos sociales) por poseer o carecer de ciertas características, y puede ser potencialmente problemática, en especial en los siguientes casos:

 

(a) Cuando, por razones varias, la persona/sector/grupo excluido se ve además demonizado, perseguido, acosado y amenazado por los grupos excluyentes, precisamente por no poseer alguna de las características señaladas por sus criterios de inclusión;

(b) Cuando, sin ser perseguido directamente, ve imposibilitado o bloqueado el acceso a una serie de recursos (económicos, políticos, sociales, legislativos, comunitarios, sanitarios, educativos, culturales, administrativos, informativos) que le son indispensables (o al menos necesarios) para su subsistencia y desarrollo.

 

En la primera situación, se estaría hablando de un conjunto de prejuicios (opiniones preconcebidas mantenidas entre grupos) que desembocan en una abierta discriminación; en la segunda, de la denominada "exclusión social" en sentido estricto.

El filósofo y sociólogo alemán Axel Honneth explica que ser socialmente excluido es ser privado de todo reconocimiento y valor social (vid. Honneth, 1996). Se trata, en efecto, de un mecanismo de expulsión o apartamiento tan poderoso que provoca que grupos humanos enteros queden literalmente fuera del tejido de la sociedad.

Los complejos engranajes de ese mecanismo, los elementos que lo ponen en marcha y lo mantienen funcionando, han sido analizados y explicados desde muchos puntos de vista filosóficos y sociológicos. En este artículo se atenderá la perspectiva weberiana para intentar aclarar el origen de semejantes procesos.

 

A la búsqueda de una explicación

 

Basándose sobre todo en los postulados del sociólogo alemán Max Weber [2], Silva (2010: 128) define la exclusión social como el producto final de lo que da en llamar "sistema de desigualdad social".

Este enfoque expone que las sociedades modernas industrializadas —que suelen operar dentro de alguna variante del sistema capitalista— son estructuras piramidales, verticales y altamente jerarquizadas en donde los estratos superiores (las llamadas "clases dominantes"), utilizando los medios a su disposición, someten al resto de la población a diversos grados de autoridad (política, económica, social, cultural, ideológica, religiosa) con un "consentimiento" generalmente forzado por las circunstancias o la coacción lisa y llana.

Esta sociedad desigual, en la que una minoría ejerce una autoridad coercitiva sobre la mayoría, está organizada en grupos cerrados y, en algunos casos, poco permeables. Tales grupos emplean categorías de pertenencia (físicas, sociales, étnicas) para identificar, convocar y amalgamar a sus integrantes, y para mantener fuera a todos los "no aceptados" (vid. supra "criterios de inclusión").

Todos los grupos sociales —no importa su tamaño o categoría— luchan por el poder, el reconocimiento y el control de los recursos (no sólo económicos: informativos, logísticos, culturales...). Los distintos colectivos intentan, por todos los medios, asegurarse tal poder, tal reconocimiento, tal control y tales recursos en una feroz competencia que no suele atender ni a reglas ni a normas éticas; al mismo tiempo, los "competidores" buscan entorpecer el camino de sus oponentes de todas las maneras imaginables. Los dispositivos que las "clases dominantes" ponen en juego para triunfar en esta competición/lucha incluyen, merced a la autoridad de la que disponen, elementos de choque tales como la dominación, la explotación y la injusticia.

El uso de semejantes "instrumentos" no es de extrañar en un modelo de sociedad estructuralmente desigual, que acepta con naturalidad sus propias falencias [3], e incluso las legitima continuamente [4].

Una vez que los competidores obtienen lo que desean (y, como es de esperar, normalmente los vencedores son los grupos "dominantes"), la lucha se convierte en una defensa acérrima del statu quo: proteger lo que ya se posee, limitar o cerrar el acceso a otros y, hasta donde sea posible, tratar de ampliar el dominio en el espacio y de perpetuarlo en el tiempo. La "clase dominante" considera a los individuos externos a su grupo como amenazas en potencia y, para poder mantener el control sobre los poderes, territorios, recompensas y/o privilegios obtenidos, limitan o cierran el acceso a dichos logros y reducen o eliminan las oportunidades de disfrutar de ellos. Para ello se valen de cualquier artimaña: desde la sanción de leyes, decretos y planes económicos que trancan las puertas de la educación, la sanidad o las pensiones para grandes sectores de la población, hasta la creación de estereotipos demonizados que emplean en contra de lo extraño, lo diferente o lo extranjero. De esa forma se deshacen de sus competidores potenciales y reales y se garantizan el disfrute de sus ganancias.

Los neoweberianos (p.e. Frank Parkin) utilizan, para definir este bloqueo, el concepto de cierre social (social closure): "el proceso por el cual colectividades sociales buscan maximizar recompensas por el acceso restringido a recursos y oportunidades a un círculo limitado de elegidos" (Parkin, 1979: 44, cit. en Silva, 2010: 120). Las pautas para demarcar tal cierre social se basan en los criterios de inclusión: posesión de propiedad/riqueza, diferencias de status, origen étnico (lengua, raza, religión, costumbres, aspecto), etc.

De esta forma surge la denominada desigualdad social: las clases dominadas se ven limitadas, rodeadas de barreras y cubiertas de ataduras en todos los ámbitos (el ideológico, el religioso, el político, el económico, el cultural, el social...) y descubren que, bloqueados como están, su capacidad de progreso y desarrollo social es significativamente inferior a la de las "clases dominantes".

Y, según la perspectiva weberiana, como corolario de este sistema que propicia la desigualdad social se encontraría la exclusión social: el conjunto de estrategias de demarcación, separación y/o alejamiento de extraños al acceso a determinados recursos.

 

Notas

[1] Considérense como ejemplos los sistemas de castas y jerarquías en la India, Sri Lanka, Nepal, China Japón, Corea, Hawai, Yemen, los pueblos Mandé, Wolof y Tuareg de África occidental, o los sistemas de castas impuestos por los españoles en sus colonias de América y Filipinas. En general, las sociedades estratificadas han empleado la exclusión como un modo de delimitar los espacios de cada clase (vid. Sección 3).

[2] Junto a Émile Durkheim y Karl Marx (a los que Silva también incluye en su análisis), Karl Emil Maximiliam Weber es uno de los pilares de la sociología moderna.

[3] Algunas teorías de innegable sabor darwinista remarcan la "naturalidad" de la estratificación social, y, por ende, la dan como positiva y legítima; "excluidos son solo una minoría de pobres, de marginalizados, de minorías étnicas, de beneficiarios de la renta mínima". Esta concepción está inserta en el imaginario común de muchos ciudadanos, y es el soporte teórico del statu quo.

[4] La teoría de la meritocracia, además de no cuestionar los méritos y las recompensas obtenidas tras la "competencia", quita de la discusión la propia "competencia" en sí. Esta teoría vuelve repetidamente, sobre todo cuando las crisis económicas se agudizan. Se traduce en retóricas de "modernización" y "competitividad", y termina avalada por el discurso político e incluso por ciertas leyes. Se asume que la desigualdad es un prerrequisito de funcionamiento de las sociedades modernas cuyas consecuencias negativas se podrán atemperar pero nunca eliminar. Pero, como indica el propio Silva (2010: 126), "las teorías son inseparables de los intereses". Santos (1993, cit. por Silva, 2010: 127) refiere que el Estado debe, por un lado, "salvar la cara" y legitimarse ante los ciudadanos asumiendo un discurso "políticamente correcto" de lucha contra la exclusión, pero por otro no puede dejar de mantener las condiciones necesarias para la acumulación de capital y por ende, perpetúa y hasta reproduce y multiplica las desiguales estructuras sociales, viejas o nuevas.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 16.06.2015.

Foto: "The Prague Library's tunnel of books", de Pragueist (enlace).

El texto corresponde a las tres primeras secciones del artículo "El rol de la biblioteca en la inclusión social", de Edgardo Civallero, publicado en Acta Académica y en Issuu. Presentado como ponencia en las XIII Jornadas de Gestión de la Información "De la responsabilidad al compromiso social" organizada por SEDIC (Asociación Española de Documentación e Información) en Madrid (España), 17-18.nov.2011.

 


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