Los dueños de los signos

Los dueños de los signos

De tablillas y papiros (II)


 

He visto [vasallos recibiendo] palizas brutales,
así que dirige tu corazón a la escritura.
He visto al hombre que ha sido llevado como mano de obra.
Mira, no hay nada que sobrepase la escritura (...).
[La escritura] es la más grandiosa de todas las profesiones,
no hay nada comparable en toda la tierra.

Fragmento del texto conocido como "La sátira de los oficios". Papiro Sallier II, Museo Británico (Londres, Reino Unido). Dinastía XIX. En Erman (1927).

 

En todo el mundo antiguo, desde América Central al valle del Indo y desde Nubia a Escandinavia, los primitivos sistemas de escritura eran conocidos y manejados únicamente por un pequeño grupo de personas. Esos eran los virtuales amos de la escritura y, por ende, los de la memoria que había de resistir el paso del tiempo.

Los beneficios económicos y sociales derivados del hecho de ser un escriba, un dueño de los signos, estaban lejos de cualquier duda.

En un célebre texto del 1300 a.C. conocido como "La sátira de los oficios", que contiene una serie de "instrucciones" escritas por un hombre llamado Dua-khety para su hijo Pepi mientras viajaban para internar al último en la escuela de escribas, se desglosan todas las bondades de ser un escriba... y lo "lamentable" de dedicarse a cualquier otra cosa. Las críticas sarcásticas que se realizan a otros oficios (de ahí el título que recibe en la actualidad el texto) han sido tomadas como una ironía por algunos, aunque otros las consideran un reflejo de la actitud general de los escribas de la época hacia los demás trabajadores.

 

Veo el esfuerzo del herrero del cobre
trabajando en la boca del horno
con los dedos como piel de cocodrilo
y un hedor peor que huevas de pescado.

El alfarero siempre está bajo su tierra,
aún cuando esté caminando entre la gente.
Está más sucio de arcilla que un cerdo (...)
Sus ropas son un bloque sólido.

 

Nebmare-nakht, escriba real durante el reinado de Senusret (Sesostris III, 1878-1839 a.C.), anotó una serie de consejos para su aprendiz Wenemdiamun, que quedaron recogidos en el Papiro Lansing (BM 9994, Museo Británico, Londres):

 

Aplícate a esta noble profesión... Hazte amigo del rollo de papiro, de la paleta de escriba. Dan más placer que el vino. Para el que la conoce, la escritura es mejor que cualquier otra profesión. Da más placer que el pan y la cerveza (En Lichtheim, 1973).

 

En Mesopotamia, fueron muy pocos los que pudieron adquirir las destrezas de la lecto-escritura. Se calcula que hacia el 2000 a.C. había en Ur (la metrópoli más grande de la región, con unos 12.000 habitantes) alrededor de 120 dubsar, personas capaces de leer y escribir; eso hace un 1% de la población total. Por su parte, entre 1850 y 1550 a.C., la ciudad-estado babilonia de Sippar (con 10.000 habitantes) alojaba 185 escribas registrados, 10 de los cuales eran mujeres (Claiborne, 1974).

En Egipto, el puesto de escriba (sesh) solía heredarse. Los hijos de los escribas más poderosos se educaban en la misma escuela que sus padres, y en la misma tradición. Todos los miembros de la profesión estaban exentos de impuestos o de cumplir el servicio militar, amén de librarse de cualquier tipo de trabajo manual, especialmente los más pesados (Shaw & Nicholson, 1997).

La formación de un escriba era larga y costosa, y, por ende, no estaba al alcance de cualquiera. Para convertirse en un profesional en la Babilonia del 1700 a.C., los muchachos tenían que ir a la escuela (la cual, en ocasiones, quedaba muy lejos de su hogar) entre los 6 y los 18 años. Durante 24 días al mes, estaban en clases desde temprano por la mañana hasta bien entrada la tarde (Claiborne, 1974). Como primer paso, debían aprender los signos cuneiformes, una tarea básicamente repetitiva en la cual se ejercitaba la memoria visual. El maestro cubría con un mismo signo todo un lado de las tablillas de arcilla usadas en Mesopotamia como soporte físico del texto, y el alumno debía hacer lo propio y repetir el signo hasta cubrir toda la otra cara. El siguiente paso era agrupar dos signos para formar palabras cortas. Más adelante se practicaban listados de cosas, palabras unidas en oraciones breves, proverbios cortos...

Tras dominar tanto el acadio, la lengua viva utilizada por igual por babilonios y asirios, como el sumerio, lengua muerta de enorme prestigio, y todas las normas y convenciones para la escritura y la numeración (que seguía el sistema sexagesimal), los escribas aprendían también historia, matemáticas, literatura religiosa y contratos legales (Gadd, 1956). Una vez completada su formación, el escriba se enfrentaba a una vida básicamente notarial: años y años de documentar transacciones e intercambios financieros. Por lo general, los buenos escribas solían desempeñar cargos contables en las casas de grandes mercaderes y navieros, en los archivos reales o en los templos [1]. Los peores podían dedicarse a escribir y/o leer de cartas, ofreciendo sus servicios en plazas, mercados y otros espacios públicos.

Cualquiera fuera su ocupación, eran personajes muy respetados por su pericia, y su estatus social era elevado (aunque generalmente ya pertenecían a una clase social alta antes de convertirse en escribas). El largo esfuerzo requerido para adquirir las destrezas de la lecto-escritura se veía ampliamente recompensado.

Aunque el cargo de escriba era ocupado mayoritariamente por hombres, también había mujeres entre sus filas. Curiosamente, la primera "escritora" de la historia en firmar un trabajo fue una mujer: la princesa Enheduanna de la ciudad-estado sumeria de Ur (hacia el 2300 a.C.), Alta Sacerdotisa de la diosa-luna Nanna, hija de Sharru-ken (Sargón I de Akkad) y tía del rey acadio Narām-sîn. Compuso una canción de alabanza a la diosa sumeria del amor y la guerra, Inanna ("La Exaltación de Inanna", Nin-me-sar-ra), y una colección de 42 himnos conocidos como "Himnos Sumerios del Templo" (Hallo & Van Dijk, 1968; Sjöberg & Bergmann, 1969). Enheduanna incluyó su nombre como autora al final de sus textos, algo que en aquella época no era demasiado habitual [2]. Más tarde, sin embargo, esas precoces "menciones de autoría" se convirtieron en una especie de norma para los escribas, y aparecían en los célebres colofones.

Al final de las tablillas, en una inscripción final que proporcionaba información "periférica" no relacionada directamente con la temática del texto y que los expertos han dado en llamar colofón, los escribas mesopotámicos consignaban, entre otros datos, su nombre, el lugar y la fecha [3]. En aquel temprano periodo de la historia de la escritura y la lectura, el escriba no solía ser el creador de los contenidos que codificaba: su función era la de "escribiente" y "recitador de datos". Cuando un escriba leía un texto que él no había escrito, en realidad estaba recitando, reviviendo y oyendo la voz de otro colega, que había representado mediante signos un determinado contenido. La identificación del colofón era necesaria para saber a quién se estaba escuchando, quién estaba del otro lado de la línea de comunicación. La "declaración de autoría" mesopotámica no era, como en la actualidad, una "reserva" de derechos intelectuales, o un modo de destacarse, obtener fama o beneficios económicos. Se trataba de una simple identificación.

La mayoría de los colofones mesopotámicos terminaban diciendo: "Que los sabios instruyan a los ignorantes, pues los que no saben no pueden ver", señalando no solo la importancia de estos profesionales en el entramado social de la época (Manguel, 1998), sino también la tremenda responsabilidad que tenían y asumían los que sabían escribir y leer [4]. Los primeros escribas poseían un enorme sentido de la responsabilidad asociada al poder que manejaban, y exacerbada por las leyes que los condenaban a grandes castigos si fallaban en cumplir su deber honestamente. Pues la destreza de un escriba y su interpretación fiel de los textos podían resolver (o provocar) desde disputas cotidianas y pequeños actos delictivos hasta conflictos diplomáticos y crímenes. Al final de una de las cartas enviadas por Nabu-ser-ketti-lešir al rey asirio Aššur-bāni-apli (Asurbanipal, 668-627 a.C.) se encuentra la siguiente fórmula:

 

Quienquiera que seas, oh escriba, que estás leyendo [esta carta], ¡no escondas nada al rey, tu señor! Habla por mi ante el rey, para que los dioses Bel [y] Nabû te bendigan (En Oppenheim, 1965).

 

Los dueños de los signos no solo eran los amos de la "memoria a largo plazo" de su sociedad, sino también los que se encargaban de las comunicaciones y los que posibilitaban la existencia de un "relato oficial". Sin embargo, el poder que tenían entre sus manos siempre fue controlado por las autoridades de turno. O, al menos, casi siempre. De vez en cuando, los escribas burlaban momentáneamente ese cerco y apuntaban un pequeño guiño en sus textos, que hiciera saber a los lectores quién era el que en realidad empuñaba el cálamo [5].

 

Notas

[1] El rol del "jefe de escribas" (rab tupšarri) y el de los "escribas de palacio" (tupšar ēkalli) en Babilonia y Asiria era importantísimo: eran los encargados de la cancillería (escribían cartas, diseñaban documentos oficiales, consultaban fuentes), de desarrollar el idioma y las fórmulas lingüísticas oficiales, de coordinar la burocracia palaciega y de investigar los documentos antiguos que sirvieran de apoyo y referencia a las decisiones (Luukko, 2007).

[2] Gracias a que apuntó su nombre, Enheduanna es una de las primeras mujeres de la que se tiene registro histórico-documental. De hecho, es considerada la primera poeta/autora conocida.

[3] El estudio de los contenidos de los colofones mesopotámicos se ha convertido en una verdadera sub-disciplina. Además de incluir autor, lugar y fecha, el escriba anotaba el título del texto, el número de líneas de cada tablilla, la línea con la que comenzaba la tablilla siguiente, el nombre del patrón del escriba, el nombre del dios bajo cuya protección se colocaba, una bendición para el que conservase la tablilla en buenas condiciones y una maldición para el que la destruyese o pretendiese dañarla.

[4] El Código de Hammurabi (1772 a.C.) demandaba la muerte para los que levantaran falso testimonio, algo que incluía a los escribas, testigos de buena parte de las transacciones de una sociedad.

[5] Los textos de corte satírico (e n los cuales los escribas se permitían, a guisa de broma, exponer ciertas realidades) son bastante conocidos tanto en Egipto como en Mesopotamia. Un ejemplo es el papiro Anastasi I (BM 10247, Museo Británico, Londres), redactado durante el Imperio Nuevo, dinastías XIX-XX.

 

Bibliografía citada

Claiborne, Robert (1974). The birth of writing. Nueva York: Time-Life Books.

Erman, Adolf (1927). The literature of the ancient Egyptians; poems, narratives, and manuals of instruction, from the third and second millennia BC. Londres: Methuen & Co. Ltd.

Gadd, Cyril John (1956). Teachers and students in the oldest schools. Londres: University of London, School of Oriental and African Studies.

Hallo, William W.; Van Dijk, J. J. A. (1968). The Exaltation of Inanna. New Haven: Yale University Press.

Lichtheim, Miriam (1973). Ancient Egyptian literature. Volume I: The Old and Middle Kingdoms. Berkeley: University of California Press.

Luukko, Mikko (2007). The administrative roles of the "chief scribe" and the "palace scribe" in the Neo-Assyrian period. State Archives of Assyria Bulletin, xvi, pp. 227-256.

Manguel, Alberto (1998). Una historia de la lectura. Buenos Aires: Alianza Editorial.

Oppenheim, A. L. (1965). A note on the scribes in Mesopotamia. En Güterbock, H. G.; Jacobsen, T. (eds.). Studies in honor of Benno Landsberger on his 75th birthday. Chicago: [s.d.], pp. 253-256.

Shaw, Ian; Nicholson, Paul (1997). The British Museum Dictionary of Ancient Egypt. Londres: British Museum Press.

Sjöberg, Ake W.; Bergmann, Eugen (1969). The Collection of the Sumerian Temple Hymns. Locust Valley: J. J. Augustin.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 30.06.2015.

Foto: "Tablet with Cuneiform Inscription", de Wikimedia Commons (enlace).

El texto corresponde a la segunda parte del artículo "De tablillas y papiros. Ensayos sobre la lectura y la escritura en la Antigüedad", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Académica y en Issuu. Las cinco partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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