Desnudos de ideas, mudos de quejas

Desnudos de ideas, mudos de quejas

Reflexiones desde una bibliotecología crítica (III)


 

La conclusión que avanza imparable es el hecho de que la biblioteca es una institución embebida en un conjunto estratificado de instituciones que funcionan en la región de la "alta cultura" (...) y que se dedica a la (...) reproducción de la ideología hegemónica.

Michael H. Harris y Masaru Itoga. [1]

 

La discusión política, filosófica o ideológica dentro de la bibliotecología ha sido sutilmente combatida —o abiertamente rechazada— en muchísimos ámbitos profesionales (en las propias bibliotecas, en las aulas, en los congresos, en las publicaciones), usando para ello todo tipo de medios, con el pretexto de que la disciplina es "neutral" [2]. Quienes esto alegan son los mismos que sostienen que la bibliotecología (y los trabajadores de la información) no debe inmiscuirse en cuestiones que no sean de su campo de interés específico, que en términos prácticos se refiere a todo aquello que exceda los libros (o la información, física o digital) y su ordenamiento y distribución.[3]

Una rápida consulta al diccionario arroja como resultado que "neutral" significa "que no participa de ninguna de las opciones en conflicto". Y salta a la vista que esa bibliotecología que se vanagloria de una "neutralidad" impecable siempre participa de una opción: por defecto, se coloca del lado de quien la financia y apoya, ya sea el Estado o cualquier otro organismo, institución o entidad públicos o privados, en el marco de la ideología capitalista hegemónica.

No, definitivamente ni la bibliotecología ni los bibliotecarios son neutrales; no pueden serlo [4]. Hay mucha mitología que hace falta desmontar, y en ello llevan tiempo trabajando un buen número de autores progresistas [5]. Joseph Good, por ejemplo, en un artículo publicado en Progressive Librarian [6], nos recordaba la creencia generalizada —aunque Dante no lo expresase exactamente así en la Divina Comedia— de que el lugar más ardiente del infierno está reservado a los que se mantienen neutrales en tiempos de crisis.

A partir de aquí surgen esas cuestiones que muchos prefieren evitar condenando la reflexión ideológica y política: ¿por qué la bibliotecología es "no-neutral"? ¿Qué razones existen para que asuma una postura determinada? ¿Cómo se decide ese alineamiento, quién lo hace, por qué? ¿Qué consecuencias éticas y profesionales tiene tal hecho? ¿Cuáles son las sociales? ¿Qué otros posicionamientos puede haber, y qué significaría cada uno para la disciplina en general y para las bibliotecas y los bibliotecarios en particular?

La propia existencia de esas preguntas hace que salten las alarmas de muchos de los defensores de la "neutralidad" bibliotecaria. Responderlas ya va unos cuantos pasos más allá en la escala de "peligrosidad": implica reflexión, crítica, debate, razonamiento... Implica poner en juego conceptos (y pensamientos, y planteamientos, e incluso sentimientos) que tienen que ver con el compromiso, la responsabilidad, la solidaridad, la libertad de elección y acción, la inclusión, la pluralidad... Implica hablar de bibliotecas como motores de cambio social, baluartes de la "democracia del conocimiento", puentes sobre brechas informativas... Implica rechazar la equidistancia entre posiciones contrarias, el falso consenso, el inmovilismo reaccionario... y darse de bruces con la complejidad de la realidad.

En un mundo en el que las clases dominantes se aseguran la hegemonía manteniendo un férreo control sobre todos y todo (especialmente sobre la información y la educación), la audacia intelectual y el pensamiento independiente son el enemigo a batir. De ahí su constante y sistemático descrédito; de ahí la manipulación, la censura y la persecución que sufren las voces críticas; de ahí la prohibición e ilegalización de las ideas que contaminan el "orden" y la "paz social". Quizás por eso la ideología, la formación política y ciudadana, el estudio de las distintas corrientes de pensamiento o la filosofía están tan ausentes de los espacios bibliotecológicos (sobre todo de las escuelas): pensar, además de sospechoso, resulta peligroso, como lo es dudar de la inevitabilidad de ciertas decisiones. Darse cuenta de que las cosas no tienen porqué ser de una única forma amenaza el statu quo, e imaginar otros mundos posibles lo pone patas arriba.

No nos engañemos: afirmar que la disciplina es "neutral" pone de manifiesto sus filias y sus fobias y no oculta sus servidumbres. Contribuye además a que los profesionales de la información sean parte de ese rebaño obediente e industrioso que sigue las directrices de su pastor [7] y se limita a realizar una serie de tareas prácticas.

 


 

Inmersa como lo está en una sociedad determinada, es innegable que la bibliotecología tiene mucho que decir y que hacer en términos políticos, sociales e ideológicos. Trabaja en el seno de su comunidad, en contacto con la población que la rodea, sus problemas, sus opiniones y sus intereses. Su camino se cruza inevitablemente con las corrientes de pensamiento que fluyen a su alrededor. Su trayectoria está sembrada de encuentros y desencuentros con otros actores sociales y culturales, y su devenir, íntimamente relacionado con los avances y retrocesos de esa sociedad.[8]

La reflexión y la acción política no significan la adhesión a una formación, corriente o partido político. Requieren, eso sí, un pensamiento libre y un espíritu crítico e independiente. Atendiendo a la definición de "política" como la "actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo", la biblioteca tiene un doble papel que desempeñar. Por un lado, tomando parte en las deliberaciones que la afecten a ella o a su objeto de estudio y trabajo. Y por el otro, proporcionando el material (y/o el espacio) pertinente que permita a su comunidad el debate necesario para tomar decisiones informadas y promover iniciativas participativas.

La reflexión y la acción social tienen que ver con el punto anterior, y no implican necesariamente la alianza con o la participación en movimientos sociales determinados. Conllevan el análisis de la situación en que se encuentra la sociedad en la que se trabaja, el conocimiento de sus problemas y carencias, la discusión y búsqueda de soluciones, la toma de decisiones, el diseño de las acciones que se llevarán a cabo y la evaluación de sus resultados. Y ponen en juego la ética y la responsabilidad social de los profesionales de la información, tan presentes en discursos y papeles como ausentes de las aulas y las bibliotecas.

A su vez, están estrechamente vinculadas con la reflexión teórica y filosófica. Es ésta la que permite esclarecer la misión de la bibliotecología y las bibliotecas; las funciones del bibliotecario; la relación con su entorno; los resultados esperados (y obtenidos) del trabajo bibliotecario; y los vínculos entre la disciplina y conceptos como los derechos humanos, la justicia, la libertad y la igualdad.

 


 

La reflexión y la acción política, social y filosófica están inexorablemente inscritas en un marco ideológico. Emanan de él y lo construyen, en un proceso de retroalimentación permanente.

La ideología puede definirse como el "conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona o colectividad". En breve, puede decirse que se trata de la forma en que un individuo o grupo se representan el universo en el que viven, lo entienden, lo explican, lo manejan o lo transitan. Atraviesa desde las estructuras y relaciones sociales más generales hasta las creencias más particulares, desde las convenciones culturales hasta las decisiones, anhelos y esperanzas propias. La ideología nos permite reconocer en dónde estamos parados, porqué actuamos como actuamos y hacemos lo que hacemos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

¿Qué es lo que ha pasado en algo menos de un siglo para que el trabajo bibliotecario, tanto práctico como teórico, que llevó a cabo sobre todo la escuela socialista soviética [9] —uno de cuyos autores señaló que "[l]a biblioteca es una institución ideológica y de información científica" [10]— haya sido arrinconado y hoy prevalezca una visión técnica y pragmática del quehacer bibliotecológico? [11]

Lo que ha ocurrido es que se han dado grandes pasos en la mercantilización de la cultura y el conocimiento, y que se ha pervertido y manipulado hasta tal punto el lenguaje que numerosos discursos y declaraciones ya no significan ni cambian nada. Lo que ha ocurrido es, ni más ni menos, que ha triunfado la ideología capitalista y la propaganda.[12] Paradójicamente, su condición hegemónica —y su monopolio del relato— ha venido acompañada del anuncio del fin de la ideología, sumado al del fin de la historia y al de la lucha de clases [13]. Y por eso se tacha de dogmático y desfasado a cualquier intento por poner de manifiesto que sí existen otras ideologías, otras opciones, otros caminos, otras formas de pensar y actuar. En definitiva, que sí hay alternativas fuera del capitalismo.

De ahí que la reflexión (en todos los sentidos de la palabra) y la exploración de otros entramados ideológicos pueden resultar muy beneficiosas para la bibliotecología. Permitiría una mirada crítica hacia nuestro trabajo; hacia la forma en que lo desempeñamos; hacia las misiones, funciones y objetivos que nos planteamos; hacia la utilidad de los resultados que esperamos y a veces obtenemos; hacia la relación con nuestra comunidad; hacia el conocimiento que tenemos de nuestros usuarios; hacia la importancia que le damos a los instrumentos que usamos o la información que manejamos; hacia lo que deseamos como profesionales y como personas...

Esa reflexión nos llenará de dudas y preguntas, las cuales, a su vez, nos llevarán a la búsqueda de soluciones que no tienen que pasar por lo que dicta el sistema. Esas soluciones pueden inspirar cambios, torcer trayectorias, impulsar la búsqueda de nuevas vías y horizontes distintos... Horizontes que, evidentemente, los estamentos dominantes no desean que sean encontrados. Porque tal cosa significa rebelión, protesta, inconformismo, contestación, resistencia, palabras todas que han sido pintadas con matices negativos en nuestra sociedad moderna.

La exploración de otras ideas —algunas muy viejas—, la revisión de los vínculos que nos unen a la comunidad, el estudio desprejuiciado de los principios que rigen nuestro trabajo, el posicionamiento respecto a las problemáticas sociales que nos rodean, la participación en los asuntos públicos, así como el examen cuidadoso de las políticas y los mecanismos que se están poniendo en marcha para controlar la información y el conocimiento o impedir el acceso a la cultura por parte de los ciudadanos, son cuestiones que deben estar presentes en la labor bibliotecológica y bibliotecaria. Sin eso, la disciplina y la profesión perderían una parte importante de su razón de ser y se convertiría en un terreno artificialmente aséptico. Tan aséptico como inútil.

 


 

La herramienta más común para impedir que se expresen y visibilicen ideas diferentes, que se discuta sobre temas candentes o que se manifiesten compromisos sociales, posicionamientos políticos o vínculos ideológicos, es la censura.

La censura [14] ("la supresión del discurso u otras formas de comunicación pública que puedan considerarse objetables, dañinas, sensibles o inconvenientes para la sociedad, según lo determine el gobierno, los medios u otros organismos de control") puede asumir diferentes formas, y se da a varios niveles.

En primer lugar, la autocensura [15]: el profesional evita expresar abiertamente opiniones por temor a la condena (y las consecuencias que pueda tener) de su entorno profesional (laboral, académico) y personal.

En segundo lugar, la censura por los pares y el entorno más próximo: el profesional, amparándose en el principio de libertad de expresión, supera la autocensura y manifiesta sus puntos de vista, solo para encontrarse con desaprobación y todo tipo de formas de coacción (abierta u oculta).

Y en tercer lugar, la censura de la sociedad en general, que dicta cuáles son los discursos "correctos y aceptables" y condena a aquellos individuos que no acaten sus directrices.[16]

La censura forma parte de un conjunto de represalias (que incluye además persecuciones, denuncias, amenazas y/o daño físico) con las que el sistema combate aquellas ideas y creencias contrarias o simplemente diferentes que desafíen sus reglas. Es un muro de contención que intenta impedir el desarrollo de ciertas líneas de pensamiento y que, al mismo tiempo, limita toda posibilidad de libertad intelectual. Eliminar tales barreras es una tarea prioritaria para las bibliotecas y la bibliotecología. Pues, como escribió el Nobel de Literatura Bernard Shaw, "las censuras existen para prevenir que se desafíe las concepciones actuales y las instituciones existentes. Todo progreso, sin embargo, se inicia al desafiar las concepciones existentes, y se ejecuta al cambiar las instituciones existentes. Por lo tanto, la primera condición para el progreso es la supresión de la censura".[17]

 


 

La bibliotecología no puede ser neutral. Si es obligada a mantener semejante posición, perderá una de las que podrían considerarse como sus principales fortalezas: su conexión con la sociedad para la cual trabaja.

Puede, sí, ser independiente y, hasta cierto punto, autónoma.

Debe fomentar el pensamiento crítico y la reflexión en el seno de su comunidad, pues la biblioteca es el reducto social en el cual se almacenan las herramientas para ello y es un excelente espacio para que la ciudadanía se haga con el poder que le corresponde por derecho propio.

Pero, para lograr tal objetivo, debe ponerlos en práctica primero y predicar con el ejemplo.

Debe tener ideas propias, juicios de valor acerca de su tarea y su desempeño, opiniones formadas, de manera tal que ninguna entidad externa le imponga nada: ni censuras ni directrices.

Para lo cual antes debe deshacerse de los cepos, las cadenas y las mordazas; debe despojarse de la montaña de visiones y misiones que otros le han forzado a asumir y aprender a pensar por sí misma.

Debe dejar de tener miedo y comprometerse, posicionarse, actuar, pues eso se espera de ella: que sea un motor para el cambio, la transformación, la innovación.

Y para eso necesita saber en dónde está parada, cuáles son sus virtudes y sus defectos, y actuar en consecuencia, utilizando los primeros a su favor y corrigiendo los segundos.

Debe dar más oportunidades a la colaboración y menos a la competencia. Pues, a pesar de lo que la ideología dominante pretenda hacernos creer, no solo los más fuertes son los que triunfan; también lo hacen los que cooperan para lograr un objetivo común.[18]

La doctrina capitalista nos ha inculcado, a través de la educación, los medios masivos y tantos otros canales, que no hay caminos fuera de ella: todo lo que se salga de su trayectoria predefinida no son sino "sueños", "utopías", "delirios" o "esperanzas vanas". También nos ha habituado —tanto que lo repetimos motu proprio— a creer que sus ideales, sus proyectos y sus planes son lo mejor para nosotros, o son el futuro para todos...

Sin embargo, es del presente del que no podemos olvidarnos y es en él en el que, día a día, paso a paso, acción tras acción, tenemos que anclar nuestro trabajo. Como dijo Karl Marx, no basta con pensar el mundo, interpretarlo o filosofar sobre él: la verdadera cuestión es usar todo lo pensado, lo creído y lo imaginado para transformarlo [19]. He ahí el fin último de toda disciplina que se considere verdaderamente social.

 

Notas

[1] Michael H. Harris, Masaru Itoga. "Becoming Critical: For a Theory of Purpose and Necessity in American Librarianship". En Library and Information Science Research: Perspectives and Strategies for Improvement. Norwood: Ablex, 1991, pp. 347-357.

[2] "[Los bibliotecarios] se enorgullecen de su posición no política, de su 'neutralidad' en las luchas sociales que ocurren a su alrededor. Aseguran que están fuera de las luchas que tienen lugar en su sociedad". Shiraz Durrani, Elizabeth Smallwood. "The Professional is Political: Redefining the Social Role of Public Libraries". Progressive Librarian, 27 (2006), pp. 3-22.

[3] Pese a tener todo en su contra, sabemos de muchas acciones solidarias desarrolladas por bibliotecarios y bibliotecas, que entran de lleno y sin matices en el terreno de lo social, tantas veces exorcizado por docentes y "autoridades" bibliotecarias. Tales acciones tienen poco que ver con todo lo que sea "beneficencia", "caridad" y "solidaridad mediática" (lo cual sí está bien visto por el establishment) y a veces son el preludio del verdadero compromiso, el debate, la discusión o la protesta (profundamente denostados por quienes se apropian de verdades prefabricadas).

[4] "El mito del bibliotecario 'neutral' necesita ser destruido. No hay forma de que los bibliotecarios sean o puedan ser neutrales con respecto a las luchas de sus sociedades". Shiraz Durrani, Elizabeth Smallwood, "The Professional is Political: Redefining the Social Role of Public Libraries". Progressive Librarian, 27 (2006), pp. 3-22. Vid. también Robert Jensen. "The Myth of the Neutral Professional". Progressive Librarian, 24 (2004), pp. 28-34. "[La ideología de la información] sirve para posicionar a la bibliotecología como una profesión neutral en dos sentidos: (1) los bibliotecarios minimizan su participación en las disputas internas de otras comunidades; y (2) la bibliotecología no se define a sí misma en relación a la ideología de una comunidad determinada de usuarios". P. E. Agre. "Institutional Circuitry: Thinking About the Forms and Uses of Information". Information Technology and Libraries, 14 (4) (1995), pp. 225-230.

[5] Alison Lewis (ed.). Questioning Library Neutrality: essays from Progressive librarian. Library Juice Press, 2008.

[6] Joseph Good. "The Hottest Place in Hell: the crisis of neutrality in contemporary librarianship". Progressive Librarian, 28 (2006), pp. 25-29.

[7] Refiriéndose al despotismo, Alexis de Tocqueville señaló: "no destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y las dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en fin, a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante". De la démocratie en Amérique, vol. I, cap. 6 (1835).

[8] En ocasiones la biblioteca se fuerza a sí misma a aislarse para mantener fuera de sus muros y sus estantes toda posible "contaminación" que la distraiga de sus "verdaderos objetivos" y la lleve por "senderos que no desea transitar". Es entonces cuando la institución (y con ella la disciplina que la respalda) detiene su pulso, se reseca y muere: se convierte en una cápsula desconectada de la realidad, deja de cambiar, adaptarse y evolucionar al ritmo al que lo hace la comunidad a la que sirve y con la que interactúa (o debería interactuar) y su misión principal, proveer un servicio, se convierte en una sombra de lo que debería ser.

[9] "(...) entre cuyas figuras [el historiador Miguel Viciedo Valdés] menciona a Vladimir I. Lenin, N. Krupskaya, A. I. Abramov y O. S. Chubarian". Citado por Felipe Meneses Tello en su reseña de Viciedo Valdés, Miguel. "Biblioteca pública y revolución: su desarrollo de 1959 a 1989" (La Habana: Ediciones Extramuros, 2009). Investigación bibliotecológica, 25 (53) (2011).

[10] O. S. Chubarian. Bibliotecología general. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1981. Citado por Luis Hernando Lopera Lopera en "Otra bibliotecología es posible" (http://otrabibliotecologiaesposible.blogspot.com/2005_11_01_archive.html).

[11] "(...) el conocimiento histórico se emprende accesoriamente, en aras de privilegiar la temporalidad del presente, a partir del desarrollo de conocimientos de lo inmediato y novedoso, bajo lo cual subyace el dictum de una visión técnica y pragmática del quehacer bibliotecológico". Filiberto Felipe Martínez Arellano, Juan José Calva González (comps.). Tópicos de investigación en bibliotecología y sobre la información. Volumen II. México: UNAM, 2007, p. 405.

[12] "[L]a propaganda triunfa y se vuelve innecesaria: esa sobresaturación semántica en virtud de la cual, a fuerza de significar demasiado, las palabras ya no significan nada y su sólo uso contagia y difunde, como una peste, la incomunicación. Baste pensar en los términos 'democracia', 'fascismo', 'genocidio' o 'libertad', de tal modo generalizados, en indiscriminada proliferación, que se han vuelto inútiles como instrumentos de definición y como herramientas de combate. Cuando los medios de destrucción presionan excesivamente sobre la autonomía del lenguaje (lo que implica la responsabilidad individual de todos aquellos, políticos, periodistas e intelectuales, que lo gestionan en el espacio público), las palabras se vuelven, como decía Steiner, 'inservibles para la verdad y para la poesía'. El lenguaje mismo, como transporte ingenuo de consensos básicos e instrumento de conocimiento, colapsa, desapareciendo junto a él la posibilidad misma de un espacio público compartido. […] Mientras el lenguaje resiste, ninguna catástrofe obliga a empezar de cero; sin él, la verdadera catástrofe es la de tener que comenzar —¿y cómo hacerlo sin lenguaje?— desde la Edad de Piedra". Santiago Alba Rico. "Episemia o pansemia: la contagiosa destrucción del lenguaje". Rebelión, julio 2005 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=17232).

[13] Vid. p.e. Mark Rosenzweig. "Libraries at the end of history?". Progressive Librarian, 2 (1990), pp. 2-8.

[14] "Conviene distinguir de entrada entre libertad de expresión y libertad de información. La libertad de expresión pertenece al ámbito privado y puede ser más o menos desbocada, pero nunca objeto de planificación institucional. (...) Al contrario que la libertad de expresión, la libertad de información pertenece al espacio público, al que sólo se puede acceder a través de ciertos medios de producción y ciertas mediaciones tecnológicas. Por eso, de la misma manera que la libertad de expresión es en realidad libertad de autocensura, la libertad de información es en realidad libertad de censura. Creo que, expuestas de esta manera, se entienden mejor las cosas. Ciertos órganos, ciertas instituciones, ciertos colectivos, reciben del Estado el derecho soberano a censurar públicamente un número casi ilimitado de voces. La teoría nos dice que la multiplicación de los órganos de censura es precisamente la que garantiza la comparecencia de una pluralidad completa. Eso será bajo el socialismo. Porque bajo el capitalismo, el Estado delega el derecho de censura, no en manos de ciudadanos libres o, en el extremo, de partidos y colectivos civiles, sino de grandes multinacionales que son las que, directa o indirectamente, redactan los periódicos y programan las cadenas de televisión. Los mismos que deciden quién come y qué comemos, quién puede beber y qué bebemos, quiénes van a matarse y con qué armas, quién puede ir al colegio y qué estudiamos, quién puede tener una casa y dónde vivimos, quién puede llevar zapatos y cómo nos vestimos, son los que deciden quién puede hablar y qué escuchamos". Santiago Alba Rico. "En favor de la censura". Rebelión, mayo de 2008 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=66875).

[15] Vid. p.e. la Resolution on Workplace Speech del ALA (2005); Kathleen de la Peña McCook "Workplace Speech in Libraries". Progressive Librarian, 31, 2008, pp. 7-17.

[16] Vid. p.e. Peter McDonald. "Corporate inroads & librarianship: The Fight for the Soul of the Profession in the New Millenium". Progressive Librarian, 12/13 (1997), pp. 32-44. La censura también se da dentro de la propia biblioteca, hacia su comunidad de usuarios. Vid. K. Moody. "Covert censorship in libraries: a discussion paper". The Australian Library Journal, 54 (2) (2005); Charles Oppenheim, Victoria Smith. "Censorship in Libraries". Information Services & Use, 24 (2004), pp. 159-170; Alex Byrne. "The end of history: censorship and libraries". Beacon for Freedom of Expression Conf., Egipto, 2003.

[17] George Bernard Shaw. Mrs. Warren's Profession. Prefacio (1893).

[18] Las derivaciones sociales de la teoría evolutiva de Charles Darwin (el llamado "darwinismo social" que estipulaba el principio de la supervivencia del más apto) fueron contestadas por el zoólogo y geógrafo (anarquista) Piotr Kropotkin en su libro "El apoyo mutuo: un factor en la evolución" (1902).

[19]"Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kommt aber darauf an, sie zu verändern" (Los filósofos solamente han interpretado el mundo de maneras diversas; de lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo). Karl Marx. Tesis sobre Feuerbach (1845). Tesis 11 (y epitafio en la tumba de su autor).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 14.04.2015.

Foto: "The nature of nothingness" (enlace).

El texto corresponde a la tercera parte del artículo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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