Puntos de partida

Puntos de partida

Reflexiones desde una bibliotecología crítica (I)


 

Históricamente, se atribuye a la bibliotecología socialista la primera y más importante contribución a resaltar la valoración del papel de la biblioteca no sólo como un componente clave en el sistema social de comunicación sino, fundamentalmente, como parte orgánica de la vida social, económica y cultural de un país y como institución formadora de la conciencia social. La biblioteca ocupa un lugar central en la estructura de la circulación y la utilización social de los libros, de la orientación de la lectura y del servicio de información a la población, y como el espacio propicio para la formación de una personalidad armónicamente desarrollada, esto es, la biblioteca como base de la educación en tanto contribuye a la formación del aspecto espiritual y de la conciencia política y social del hombre, y como centro de divulgación de los logros de la ciencia y de la técnica.

Luis Hernando Lopera Lopera. [1]

 

En un momento en que un número nada despreciable de los productores y difusores de conocimiento de/sobre el universo bibliotecológico (ya se trate de docentes, de autores, de conferencistas o de las ambiguas "autoridades" y los inefables "expertos") parecen dedicarse fervientemente a aclamar y recomendar, como solución única, indiscutible e inevitable a todos los problemas del quehacer profesional, las últimas novedades en materia de herramientas tecnológicas: ésas que en cuanto pestañeen se habrán quedado obsoletas y demandarán ser actualizadas y renovadas de manera permanente; ésas de las cuales se afirma que permiten a los profesionales de la información hacer su trabajo más velozmente y, al parecer, "mejor"...[2]

...o bien a la apasionada defensa y promoción de la aplicación del modelo empresarial (en todos sus aspectos, vertientes y variantes) a la mayor cantidad de estructuras bibliotecarias posibles —mercantilizando incluso los programas de estudios— sin medir las consecuencias, ocultando los previsibles (y en algunos casos más que comprobados) resultados negativos, o ignorándolos sin más...[3]

...o a asfaltar sin sonrojo alguno —es más: a asfaltar sistemática y deliberadamente— cualquier atisbo de sentido crítico, afán de investigación, desarrollo teórico, debate ideológico o compromiso social que pueda asomar en las mentes ajenas. O a entorpecer y desalentar dichas actitudes. O a desautorizarlas y condenarlas, en un desvergonzado intento por mantener intacto el pernicioso statu quo actual...

...o a desfavorecer la elaboración teórica, epistemológica y metodológica o la reflexión filosófica sobre el universo bibliotecológico desde una perspectiva integral, aferrándose a un positivismo [4] que pone todos los focos en los datos numéricos, los procesos estadísticos o los resultados cuantificables, acatando servilmente los designios impuestos por la ideología hegemónica del capitalismo post-industrial y su falaz paradigma de la "sociedad de la información"...[5]

Y por ende, en un momento en que tales referentes parecen haber dejado para otro día (o en otras manos, no siempre visibles) el análisis del motivo y la finalidad última del trabajo de los profesionales de la información, o la evaluación de los numerosos procesos internos que se desarrollan dentro de la bibliotecología, o la de sus graves conflictos, o la de sus notorias carencias y falencias...

...o incluso la consideración de cómo esas "nuevas tecnologías" que tan entusiastamente impulsan pueden ser de verdadera utilidad para la mayor cantidad de bibliotecarios posible, sean quienes sean y estén donde estén, en lugar de ser un pingüe negocio para unos pocos...

...por no hablar de un modelo empresarial que alaban y propagan y que está destrozando la biblioteca como institución (sobre todo la pública) y restándole medios para acometer sus objetivos principales...

...o de la pauperización de las currículas educativas, que sirven a intereses ajenos y limitan los horizontes intelectuales de los educandos, atrofiando —cuando no destruyendo— su capacidad de pensar, de opinar, de tomar iniciativas, de ser autónomos e independientes...

...o de la reducción de los canales informativos y divulgativos a través de los cuales los conceptos, ideas, descubrimientos, debates y pensamientos bibliotecológicos son trasladados de los planos abstractos y especializados a la realidad cotidiana de los trabajadores...

...o de la progresiva pérdida de vínculos con la sociedad y con sus necesidades más imperiosas y urgentes, sus valores más amenazados, sus búsquedas más postergadas...

...o de la necesidad imperiosa —solventada de forma fragmentaria o incompleta— de discusiones interdisciplinarias que vinculen de una buena vez a la bibliotecología con campos tan "arriesgados" y "espinosos" como la teoría crítica, la sociología y la política (amén de muchas otras disciplinas sociales) y la ayuden a desmitificar su falsa neutralidad, objetividad e imparcialidad...[6]

...o de la impostergable de-construcción de las nocivas jerarquías bibliotecológicas actuales para promocionar el diálogo diversificado y la participación auténtica de todo el colectivo bibliotecológico...

Y sobre todo, en un momento en que la crisis del sistema —económica, social, política, de valores e ideas— arrecia y es más necesario que nunca volver a pronunciar y a poner en práctica viejos conceptos como independencia, autonomía, compromiso, igualdad, cambio, transformación, inclusión, justicia, libertad, colaboración, cooperación, solidaridad, responsabilidad, contestación...[7]

En un momento así se impone un alto en el camino; pararse a entender, detenerse a averiguar y, por qué no, filosofar ajenos al ruido. Se impone la necesidad de apartar la vista de la pantalla para no dejarnos distraer y dirigirla hacia los lugares —reales o imaginados— que han sido nuestra inspiración y nuestro sostén a lo largo del tiempo. Se impone la reapropiación y rehabilitación de ciertos espacios, discursos y canales, así como el restablecimiento de una serie de valores y la recuperación de determinados criterios que nos ayuden a considerar cuáles, de entre todos los senderos que tenemos por delante, conviene explorar antes de transitarlos, cuáles pueden empezar a andarse y cuáles no deben siquiera insinuarse.[8]

El ejercicio es necesario porque, como bien sabe la gran mayoría de los receptores de conocimiento del universo bibliotecológico —sobre todo esos colegas que trabajan diariamente al pie del cañón o en la trinchera pero cuyas voces raramente se escuchan, sus palabras raramente se publican o difunden, sus problemas raramente se consideran o se conocen y sus opiniones raramente se tienen en cuenta—, la bibliotecología es mucho más que noticias y anuncios de plataformas virtuales, libros digitales, nuevas bases de datos, mediciones estadísticas o formas excelsas de manejar las cuentas y la publicidad. Es, antes que nada, un servicio. Uno que va más allá de la anécdota tecnológica o la coyuntura económico-empresarial. Uno brindado por personas capacitadas para ello a otras personas que acuden a la biblioteca con necesidades concretas, urgentes a veces, importantes siempre.

En nuestras manos descansa el poder de la información, y aunque muchos bibliotecarios continúen, a día de hoy, sin percatarse de ello (algo que sí han hecho las esferas políticas y las grandes multinacionales que las financian), es algo que no debe tomarse a la ligera: la información brinda inmensas posibilidades para el cambio y el desarrollo, para el razonamiento y la búsqueda de respuestas, para la resistencia y la rebelión [9]. El manejo de tan preciado bien precisa de una formación muy sólida. Una que supere los estrechos límites de las herramientas de trabajo y proporcione a los profesionales la capacidad y la habilidad para actuar con destreza y buen juicio.

Sin embargo, es cada vez más evidente que los saberes esenciales que requieren tales profesionales para desempeñarse en sus tareas cotidianas se han ido desvaneciendo poco a poco de las aulas, de las revistas, de las conferencias y cursos, sustituidos por contenidos circunstanciales que, en general, alimentan poco las raíces más profundas de la profesión. Y que, mal mirado, podrían incluso estarlas minando, al desproveerlas de sus nutrientes más necesarios.

Esta muda de piel se pone especialmente de manifiesto al comprobar que las materias de las que, hasta no hace tanto, se (pre)ocupaban los bibliotecarios —la historia y la evolución del libro y la biblioteca, su papel en el desarrollo de las sociedades, su importancia en la educación y la formación individual y grupal, la organización de los acervos documentales, la validez de los instrumentos que ayudan a su gestión, la ética de la profesión, y un largo etcétera— han perdido mucho de su antiguo interés y han quedado relegadas al fondo del baúl. Allí continúan latiendo gracias a los cuidados de un puñado de profesionales que, desde una perspectiva "actual", aparecen como varados en un pasado de papeles, estanterías, humedades y plagas de pececillos de plata. Son ellos los que, en los lugares donde desarrollan la teoría y la práctica —bibliotecas, algunas aulas, un par de revistas y centros de investigación comprometidos, varios blogs y unos cuantos sitios web— recolectan, construyen, recuperan, explican y divulgan buena parte de ese saber tan necesario.

Y son ellos, y no otros, los que nos muestran que otra bibliotecología no solo es deseable, sino que es posible. Una que realmente esté al servicio de nuestra comunidad y a no al de alguien o algo más, y que sirva a unos propósitos democráticos, participativos y humanistas. Una que no se deje embaucar por los cantos de sirena ni los fuegos de artificio del sistema injusto, excluyente y desigual en el que está inmersa. Una que no sucumba al mercantilismo y asuma su responsabilidad y compromiso social. Una que nos permita crecer al ritmo al que lo hace el conocimiento y la sociedad que lo produce y lo requiere. Una que eduque a sus profesionales con una visión y una conciencia críticas, reflexivas y transformadoras. Una que no nos niegue, que no nos lastre, que nos impulse y nos impida cruzarnos de brazos.

Para reivindicar esa bibliotecología es preciso comenzar a discutir y a actuar. Sin pretensiones, pero sin medias tintas. Porque ya sabemos adónde llevan los disimulos, las equidistancias y las tibiezas.

 

Notas

[1] Luis Hernando Lopera Lopera. "Una ética bibliotecológica para afrontar los retos de nuestro tiempo". Tesis (http://eprints.rclis.org/handle/10760/5839).

[2] "En nuestro afán por adoptar desarrollos nuevos y costosos en tecnología de la información, los bibliotecarios estamos permitiendo que los intereses corporativos redefinan la información como un bien de consumo mientras nosotros nos ocupamos de asuntos de eficiencia técnica. Corremos el peligro de sucumbir a una mentalidad puramente instrumental a través de la cual los medios (...) anulen los fines a los que deberían servir". Henry T. Blanke. "Libraries and the commercialization of information: towards a critical discourse of librarianship". Progressive Librarian, 2 (1990), pp. 9-14.

[3] "Podemos elegir convertirnos en entidades comerciales basadas en productos y clientes, o intentar ser instituciones socialmente significativas, con un rol y una vocación más elevados". James K. Elmborg. "Libraries as the Spaces Between Us". Reference & User Services Quarterly, 50 (4), pp. 338-350. Vid. además el programa de diez puntos presentado por Mark Rosenzweig en la Conferencia de Viena organizada por KRIBIBIE en 2000, especialmente los puntos 2 y 10 (http://libr.org/plg/10-point.php), y el artículo de Zapopan Muela Meza "The age of the corporate State versus the informational and cognitive public domain". Information for Social Change, 23 (2006), pp. 75-98.

[4] Herbert Marcuse (Escuela de Frankfurt) definió el pensamiento positivista social como uni-dimensional: se reduce a una observación contemplativa y a una comprobación matemática, y deja de lado los juicios, las visiones críticas o los intentos de cambio. En general, el positivismo "cosifica" los procesos sociales, sin tener en cuenta la complejidad del entramado social humano. Max Horkheimer (de la misma Escuela) señaló que la sumisión al formalismo lógico que provee el positivismo puede parecer un triunfo de la racionalidad objetiva, cuando en realidad es la sumisión a la razón de los datos inmediatos, en donde se carece de todo tipo de reflexión crítica. El positivismo en la bibliotecología ha sido duramente criticado por autores como Michael H. Harris.

[5] "[La sociedad de la información] representa la globalización de incontables corporaciones transnacionales; una esfera cultural internacional cada vez más dominada por intereses corporativos manipuladores; un sistema de valores que afirma ser universal, basado en la apoteosis del consumismo; la cabalgante 'privatización' de todos los aspectos de la esfera pública y, al mismo tiempo, la invasión tecnológica de la esfera privada de los ciudadanos; un sector de la información cada vez más controlado por un reducido puñado de firmas monopolistas; la agudización de las diferencias entre 'los que tienen' y 'los que no tienen'...". Mark Rosenzweig. "Libraries at the end of history?". Progressive Librarian, 2 (1990), pp. 2-8.

[6] "Hace mucho tiempo, muchos [bibliotecarios] adoptaron la idea del 'fin de la ideología', sosteniendo que las bibliotecas no solo deberían ser (lo cual es discutible) sino que, de hecho, son instituciones 'neutrales', ajenas a la ideología, y que la política, en el sentido clásico e 'ideológico', es irrelevante para nuestra profesión. Esto preparó el camino para que la 'mano invisible' del mercado se ocupara de encontrar soluciones óptimas y eficientes para cada problema". Mark Rosenzweig. "Libraries at the end of history?". Progressive Librarian, 2 (1990), pp. 2-8.

[7] Vid. la "Declaración de Murcia sobre acción social y educativa de las bibliotecas públicas en tiempo de crisis" (Murcia, España, febrero de 2010).

[8] Vid. p.e. las categorías y líneas temáticas propuestas en "The Atlas of New Librarianship" de R. David Lankes (The MIT Press/ACRL, 2011).

[9] "A medida que nuestra sociedad global se basa cada vez más en la información como mercancía, el poder lo acaparan y gestionan quienes tienen acceso a ella. El resto permanecen marginados". Sandy Iverson. "Librarian and resistance". Progressive Librarian, 18 (2001), pp. 14-20.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 31.03.2015.

Foto: "White books", de Erin L. Shafkind (enlace).

El texto corresponde a la primera parte del artículo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica y en Issuu. Las seis partes que componen la serie pueden consultarse juntas aquí.

 


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