Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecario

Bibliotecario. Y anarquista

Otras miradas


 

Un congreso bibliotecológico, en algún sitio, algún año de este milenio aún joven. Pasillo y coffee break, ridículo anglicismo para la "pausa para el café" de toda la vida. La gente, harta de escuchar presentaciones que les dicen más bien poco tirando a nada, entabla animada charla con el vecino más a mano. Se habla sobre cualquier cosa que no sea la temática del congreso, la cual, por cierto, ya ha sido olvidada por la mitad más uno de los asistentes. Cosas que pasan.

―Sin jerarquías y estructuras de poder, nuestra sociedad se vendría abajo― me descerraja así, sin previo aviso, uno al que no había visto en mi vida y que, al parecer, ha leído alguno de mis viejos textos sobre anarquismo y bibliotecas. Me habla como si nos conociéramos de siempre y, sobre todo, como si mi vida y mi bienestar futuro dependieran de que comprendiese bien ese concepto: la organización vertical es esencial para nuestra supervivencia como especie.

El caso es que, cuanto más camino, más vivo, más conozco y más aprendo, más ganas tengo de que este modelo social en el que vivimos se derrumbe, y más granos de arena aporto para hacer que eso suceda (como persona, como ciudadano y, especialmente, como bibliotecario...). Imagino levantarme una mañana de estas y enterarme de que finalmente la condenada estructura de clases, de niveles, de estatus y de diferencias se desplomó estruendosamente para no volver a levantarse jamás. Esa sería una buena mañana.

Una mañana estupenda.

Pero no digo nada de esto a mi interlocutor porque intuyo que son palabras que no tiene ningún interés en escuchar. A veces los problemas de comunicación entre personas no se deben a que no sabemos expresarnos correctamente o a que no utilizamos los sustantivos y los verbos adecuados, sino a que vivimos en universos distintos con categorías diferentes e ideas diametralmente opuestas sobre un mismo asunto. Y cuando no hay posibilidad o ganas de tender puentes entre esos universos, más vale que no hay quien se entienda.

―Pero...― empiezo a decir.

―No-no-no-no-nooo... No hay "pero" que valga, amigo... ¿Se imagina usted una sociedad en la que todos tengamos el mismo poder?

"No solo la imagino. Lucho por esa sociedad", pienso, pero no abro la boca, sobre todo porque escuchar más de dos "noes" seguidos me produce urticaria y estoy a punto de ladrar.

―¿Se imagina usted una sociedad sin líderes, sin dirigentes, sin autoridades, sin jefes, sin personas de prestigio?― continúa. ―No-no-no-no-nooo... Esa gente es el sostén del entramado social. Son los que abren el camino hacia el mañana, hacia el futuro... ¡Una sociedad sin jerarquías sería algo anti-natural!

Me ha dejado mudo. ¿Qué decir ante semejantes afirmaciones?

―Verá usted, caballero― respondo finalmente, tras tragar saliva, respirar profundo varias veces y, ya de paso, ordenar un poco mis ideas. ―Lo que yo me imagino es que un día los obreros de una fábrica desaparecen porque se dieron cuenta de que no necesitan un "superior" que los amenac... digo, que los "estimule", o que los controle. Se dieron cuenta de que pueden trabajar mucho mejor y más a gusto si se ponen de acuerdo entre ellos y se organizan en una de esas "rarezas" llamadas "cooperativas".

―¡Eso es una utopía!― me grita.

Supongo que mi mirada le informa de que si me vuelve a levantar la voz vamos a tener un problema, porque inmediatamente repite la frase, pero en un murmullo.

―Y al darse cuenta de esa maravillosa idea― continúo ―ya puesta en práctica con éxito en muchísimos sitios a lo largo de la historia, los obreros deciden convertirse en ex-obreros y dejan de ir a la fábrica en donde los explotaban a diario según un modelo capitalista de manual. Y lo que yo me imagino, con el mayor detalle posible, en alta definición y con sonido Dolby, es la cara del jefe llegando a la fábrica vacía y dándose cuenta de que ya no es jefe de nada; entendiendo de sopetón que para ser "jefe" hacía falta que otro le diese lugar, que otro se lo permitiese y se pusiese debajo de su bota. Los peldaños de esa escalera social que usted tanto alaba, caballero, están hechos de personas. Si hay jefes en la abrillantada cima de esa escalera es porque hay subordinados que han sido pisados en el camino: personas lo suficientemente necesitadas como para verse forzadas a ponerse bajo las órdenes o los caprichos de alguien. O lo bastante estúpidas como para creer que ese es el camino hacia el éxito, y que aunque hoy sean pateados, mañana patearán ellos. Honestamente, no me parece que esa estructura sea algo positivo. Quizás sea del gusto de esos infelices que, para sentirse "alguien", necesitan aplastar a un congénere. Pero positivo no es, no.

El otro está rojo, aunque no logro distinguir si es un "rojo-me-muero-de-vergüenza" Pantone 18-1652 Rococco Red, o un "rojo-te-quiero-cortar-en-pedacitos-chiquitos" Pantone 19-1557 Chili Pepper. Puede que la apreciación gráfica no sea importante, pero es que quien esto escribe es un viejo trabajador de imprenta, y hay mañas que no se pierden nunca.

―Me imagino un supermercado en el que los empleados se borren del mapa― prosigo. ―¿Se imagina usted al todopoderoso jefe reponiendo pechuguitas de pollo talla XL en los refrigeradores? ¿O al accionista Mengano cobrando a los clientes, pasando los yogures con super-bifidus-activus por el lector de código de barras? Me imagino a las grandes empresas de teléfonos, de electricidad, de agua, sin empleados, sin oficinistas, sin mensajeros... ¿Se imagina usted a los mandamases atendiendo llamadas en el call center o caminando casa por casa para medir los consumos?

―No le veo la gracia.

―Claro que no, porque no la tiene. No le estoy contando un chiste. No se trata de un simpático ejercicio de "¿qué pasaría si...?", o de "el mundo al revés". Lo que yo planteo es darle un soberbio mazazo en los mismísimos cimientos a nuestra sociedad de clases, y poner a todo el mundo al mismo nivel. Con las mismas oportunidades. Con las mismas responsabilidades. Con los mismos problemas. Con el mismo aprecio, admiración y respeto por el trabajo que haga cada cual o por su forma de pararse en este mundo, sea cual sea. Con el mismo poder sobre su vida y su destino.

―No todos tienen las mismas capacidades― rezonga el otro, agriado.

―Note que yo no he mencionado capacidades. En este mundo nuestro cada cual se ha dedicado a lo que más le ha gustado, o a lo que se ha sentido capaz de hacer, o a lo que ha podido. El caso es que casi todas esas piezas son necesarias y respetables: tan valioso es el arquitecto como el pastor, y la limpiadora como el médico... Las diferencias de estatus las puso luego esta sociedad enferma que espero ver en el piso pronto. Ya ve, caballero― termino mi perorata. ―Me imagino todo eso y más, una enorme rebelión contra los que nos ponen collares, yugos y cepos todos los días. Y al imaginarlo soy feliz.

―¡Eso es una utopía!― vuelve a insistir aquel fulano, aunque en el corrillo que se ha formado en torno a nosotros veo algunas caras felices al imaginar lo que a mí me hace feliz imaginar. De modo que se da media vuelta y se marcha. Y ya era tiempo, porque la "pausa para el café" se acaba.

Durante toda la charla he estado diciendo "me imagino que ocurre esto y lo otro" cuando en realidad debería haber dicho "hago por que suceda esto y lo otro". Y lo hago, sobre todo, desde la biblioteca en la que trabajo. O desde aquellas con las que colaboro. O desde aquellas en las que influyo de alguna forma. O desde las páginas que escribo, o las ideas que enseño...

¿Desde la biblioteca? Por supuesto. Aún hoy, veinte años después de haber empezado mis andanzas como bibliotecario, armo barricadas entre los estantes cada mañana. Porque conozco el poder transformador que tiene la información que gestionamos en nuestras bibliotecas. Porque sé de los pequeños cambios que podemos poner en práctica cada día con nuestro trabajo (los he visto ocurrir, una y mil veces, delante de mis ojos). Y, sobre todo, porque soy consciente de que otros —los que están más arriba en la pirámide— saben de ese poder de cambio, y van a venir a joderme, a recortarme presupuesto, a amenazarme, a criticarme, a presionarme, a ponerme palos en las ruedas, a cavarme la fosa...

De ahí que cada mañana levante barricadas. Las necesito para resistir. Y para que otros resistan conmigo.

Desde entre esos estantes de la biblioteca en la que esté trabajando lucho por la equidad y por erosionar las diferencias de estatus y esas pirámides sociales de "los más" y "los menos" que solo generan exclusión, competitividad y una cultura enferma de ambición y valores podridos. Hago por que el capitalismo se desmorone y dejemos de exprimir el sudor de nuestra frente para que alguien, más arriba que nosotros en la escala vertical de importancias y títulos, amase una fortuna (haciéndonos harina a nosotros en el camino). Y hago por que saquemos a los capataces, los jefes y las autoridades de nuestras vidas, y los sustituyamos por equipos horizontales en donde podamos mirarnos a la cara, sin tener que torcer la nuca hacia arriba o hacia abajo...

A la espera de que esos logros vayan llegando, los espíritus anarquistas e inconformistas seguimos mostrándoles los dientes a las jerarquías. Como hacen los perros callejeros a los que se les intenta poner un collar y que, en esa promesa de mordisco, dejan claro que ellos ni tienen dueño ni lo necesitan.

 

Notas

Exploré el vínculo entre mi pensamiento anarquista y la bibliotecología en una conferencia que dicté en las VI Jornadas Regionales y IV Provinciales de Bibliotecarios en Rosario (Argentina) en 2004; en un artículo que titulé "Barricadas entre los estantes" y que publiqué en 2005 en Astrolabio, la revista del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina); y en algunas entradas de mi viejo weblog "Bitácora de un bibliotecario" (ver) (p.ej. las tres partes de "Anarquismo bibliotecario", en febrero de 2005, o "Anarquista", en mayo de 2006).

Considerar la biblioteca como un espacio de resistencia me llevó a escribir otra serie de textos, como "La biblioteca como trinchera", que publiqué en la revista boliviana Fuentes en 2016 (y cuya traducción al inglés apareció el mismo año en la revista canadiense Partnership). Y exploré muchos otros aspectos críticos de la profesión desde mi posición como bibliotecario "progresista", escribiendo textos como "¿Qué es la bibliotecología progresista? Una aproximación básica" (que apareció publicado como "Aproximación a la bibliotecología progresista" en 2013 en El Profesional de la Información), "Neutralidad bibliotecaria" o "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: Reflexiones desde una bibliotecología crítica" (ambos de 2012).

Todos los textos (y el resto de mi producción escrita, ya sea publicada o distribuida como pre-prints) pueden accederse a través de mi espacio en el archivo argentino de acceso abierto Acta Académica (ver).

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 19.02.2019.

Foto: "Organize!", de Philosophers for change (enlace).

 


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